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Esta semana se cumplen 100 años del inicio de la primera guerra mundial. Y lo primero que viene a guisa es aquella frase de Hegel que decía que la única lección de la historia es que nunca nadie aprende las lecciones de la historia.

Vivimos hoy tiempos convulsos, que mucho se asemejan a la inestabilidad de aquel mundo de 1914 en los prolegómenos del magnicidio del heredero al trono de Austria-Hungría, que desató aquel primer gran conflicto a escala global, cuyos diferendos no se terminaron de zanjar hasta después de la segunda guerra.

Atrás han quedado los días de relativa calma de la década de 1990, la llamada Pax Americana, cuando Estados Unidos –como la única superpotencia del planeta– llevaba la batuta de la economía internacional y controlaba los conflictos regionales. O la era de los conflictos acotados al poder bipolar de una guerra fría consciente de su “destrucción mutua asegurada”.

Hoy día a las crisis económicas en los países centrales se ha sumado una andanada de conflictos y disputas que se extienden desde Europa del Este y Medio Oriente hasta las costas del mar de China. Muchos de ellos, desbordados ya en el alboroto de un mundo multipolar que hace camino a los tumbos entre poderes resurgidos y otros de nuevo cuño, que no atinan a reforzar las bases del derecho internacional y los principios de no agresión establecidos después de la paz de Yalta.

Así pues, en Medio Oriente, el vacío de poder y el embrollo político-religioso dejado atrás por los conflictos pos 11-S, han configurado un gran caldo de cultivo para el extremismo islámico y las guerras sectarias que ya se han desbordado del conflicto sirio con los yahadistas del Estado Islámico, que hoy ocupan el norte de Irak y que han borrado la frontera con Siria para instalar su califato sunita en las zonas que controlan en ambos países. Los enfrentamientos del mes pasado en Irak dejaron un saldo de 1.700 muertos; y los tres años de guerra civil en Siria ya se han cobrado la vida de al menos 150 mil personas.

Esta situación regional rayana en el caos produce una gran intranquilidad en Israel, cuyo gobierno mantiene un feroz asedio militar sobre la franja de Gaza para desmantelar la capacidad armada de Hamas con misiles, obuses e incursiones terrestres sobre zonas densamente pobladas, que en menos de un mes han dejado más de 1.800 muertos, la mayoría civiles.

Por otro lado, la crisis de Ucrania parece poner de manifiesto que los desafíos del nuevo mundo multipolar no se reducen a la llamada guerra económica y al contrapeso a Estados Unidos que puede ejercer el soft power (poder blando) de las potencias emergentes. La anexión de Crimea por parte de Rusia y el apoyo de Moscú a los rebeldes separatistas del este de Ucrania hablan a las claras de la intención de Vladimir Putin de extender su zona de influencia por todos los medios a su alcance, en una pulseada donde Occidente ha perdido mucho fuelle. Amén de que en el conflicto de Siria el líder ruso logró detener una intervención militar de Estados Unidos que parecía inminente, un episodio del que la imagen de Barack Obama salió bastante maltrecha.

Si a todo ello se suma el pronto retiro de Estados Unidos de Afganistán –con todos los presagios de que allí sucederá algo parecido a lo que está ocurriendo ahora mismo en Irak y la presencia de los talibanes en el país–, las tensiones entre China y sus vecinos –en una región donde Pekín ya le ha marcado la cancha a los aliados de Washington– y la violencia en el norte de África –donde la Primavera Árabe convertida en crudo invierno ha reabierto las heridas de viejos enfrentamientos–, todo configura un mapa de gran volatilidad geopolítica como el mundo no vivía desde hace casi 70 años. Y la paz y la resolución pacífica de los conflictos parecen guardadas bajo siete candados en algún cajón de la historia de la diplomacia.

La idea del eterno retorno de Nietzsche parece finalmente descansar en las lecciones no aprendidas de la historia de las que hablaba Hegel.
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