El paraíso perdido
Los desterrados del archipiélago de Chagos no pierden la esperanza de recobrar su patria, en contra de Gran Bretaña, Estados Unidos y los defensores de la tortuga verde
Una de las brevedades más escalofriantes de Kafka, publicada en un volumen titulado Cuadernos en octava, es la de un pelotón de soldados que entra en una ciudad ya destrozada y avanza por callejones derrumbados buscando a quien rematar, hasta que después de derribar una puerta dan con un anciano. “Viejo extraño, tenía alas”, narra el autor. El hombre les dice a los soldados que todos ellos tienen alas, y cuando le preguntan por qué no volaron, dice: “¿Huir volando de nuestra ciudad? ¿Abandonar la patria? ¿Nuestros muertos, nuestros dioses?”
Una variación de ese apego al pago aparece en Crónicas marcianas, de Bradbury, cuando los colonos en Marte asisten a simple vista a la explosión nuclear en la Tierra y ante la inminencia de la extinción del planeta natal, vuelven en masa a morir entre los suyos.
Yo conocí primero el texto de Bradbury y al principio no entendí esa urgencia por volver al lugar del horror, del que se habían escapado para emprender una nueva vida en Marte. Yo me hubiera quedado, pensé. Cuando leí el de Kafka me di cuenta de que estaba equivocado, de que hubiera vuelto. Me di cuenta de que el exilio se convierte en la muerte del alma, si el lugar de origen es aniquilado.
Ahora me entero por The Guardian de la desesperación de una comunidad entera desterrada por los ingleses para permitirle a Estados Unidos crear una base militar.
Se trata del archipiélago de Chagos, en las Islas Mauricio, en el océano Índico, cercanas al continente africano. Sucedió en 1970. Las Mauricio eran colonia británica y en 1965, poco antes de que obtuvieran la independencia, el imperio separó una sección, las islas de Chagos, que mantuvo bajo su control. Un lustro después, comenzó el exilio forzoso de toda la comunidad, unas 1.500 personas, para que la isla principal, Diego García, albergara una base aérea estadounidense.
El hecho vuelve a ser noticia porque la última maniobra para que el asunto fuera definitivo fue declarar una zona de protección marítima en todo el archipiélago, una superficie marina del tamaño de Uruguay.
El Reino Unido tomó esa decisión en 2010, con el objetivo de que no se pudiera pescar en toda la zona y por consiguiente fuera imposible que se cumpliera el sueño de retorno, nunca abandonado por los chagosianos en el exilio. El gobierno de las Islas Mauricio llevó el asunto a la corte de La Haya, de las Naciones Unidas, y la semana pasada el organismo falló en contra de la autoridad colonial.
La zona de protección marítima no corre y eso les da esperanzas a los isleños desterrados, que militan por el derecho a volver a la patria de sus muertos y sus dioses desde hace 45 años.
Ellos cuentan con el apoyo de buena parte de la comunidad internacional, que vería con buenos ojos que se terminara este vestigio infame de crueldad colonial, pero tienen un curioso enemigo en algunas organizaciones ecologistas, como el Pew Environment Group, con sede en Washington, Estados Unidos.
Con esa lógica tan peculiar que tienen algunos militantes del ecosistema, el grupo entiende que la zona de protección marítima es vital para algunas especies, como la tortuga verde, y dicen que el asunto no tiene nada que ver con los chagosianos.
Es un razonamiento muy de nuestro tiempo. No hay nada que tenga que ver con los chagosianos. Son un puñado de gente de piel más o menos morena que se las ingenia para sobrevivir en las Islas Británicas o donde quiera que hayan ido a parar. No existen como comunidad. Son incomparables a la tortuga verde.
Lo que el Pew Environment Group no cuestiona es la base naval estadounidense, la cual es acusada, entre otras lindezas, de ser cárcel para “combatientes enemigos”. La idea está clara: la base protege al mundo libre y la zona de conservación marina protege a la tortuga verde.
Las Naciones Unidas representan, en este caso, a la cordura, un bando muy débil en los tiempos que corren.