Hace dos semanas, el 20 de octubre, los hinchas disfrutaban como siempre de la magia de Álvaro Recoba y de ese fútbol que parecía sostenido por una estructura que se presentaba sólida. La victoria 3-1 ante Liverpool y la consolidación como líder del Torneo Apertura le brindaban buena señales. La tribuna era una fiesta, el Parque Central el reino de la más pura expresión de fútbol y el hincha estaba orgulloso. Se veía en los rostros. No había razones para imaginar otro escenario. Sin embargo, una lesión muscular de Recoba, la obsesión que genera el clásico –el Chino podía haber jugado el sábado, pero se guardó para Peñarol; y Alexander Medina se hizo sacar innecesariamente la quinta amarilla–, que el fútbol de los tricolores era un espejismo que solo sostenía el mejor futbolista tricolor y la lucha electoral –que también alteró la paz que vivía el club–, promovieron una catarata de situaciones que derivaron que en tres fechas, por la descontrolada pasión del hincha, el estadio tricolor cambiara su mueca y se transformara en una olla a presión.
El Parque fue un polvorín
El tricolor no juega bien, sumó su segunda derrota consecutiva, el hincha perdió la paciencia, Bueno se fue expulsado, Píriz y Taborda lesionados y el equipo tuvo un mal apronte para el clásico