El reloj perdido
Mi casa no es de fiar. Hace que las cosas desaparezcan y pretende atribuir su manía cleptómana a descuidos de mi parte. Pero esta vez se le fue la mano
A veces las casas se tragan las cosas. Hay cosas que solo desaparecen en la casa de uno y no en otro lado. Las medias, por ejemplo. Cada tanto nos damos cuenta de que de las dos medias que conformaban el par, queda una sola. Y por más que busquemos y busquemos, la otra no aparece por ningún lado. Entonces uno guarda la media guacha, la pone en el cajoncito junto a las que permanecen en pareja, sin tener en cuenta la espantosa humillación a la que está sometida, aun para una cosa que va en los pies.
El tiempo pasa y tarde o temprano hacemos limpieza, generalmente tarde. Y tiramos las medias nones. Indefectiblemente, unos días después aparece la que faltaba. Pero no estamos seguros, porque no podemos recordar exactamente si la que habíamos tirado era la pareja de la encontrada u otra cualquiera. Así que por las dudas, guardamos la que apareció, no sea cosa que la casa se haya tragado la que hace par, y decida escupirla en el futuro.
Eso pasa todo el tiempo con las medias. Por lo menos me pasa a mí, aunque el problema creo que es la casa, que tiene la desagradable manía de tragarse cosas. Pero esta vez se pasó de la raya.
Hace ocho días que no encuentro el reloj. Me lo saqué para lavar los platos y no lo vi más. Al principio su ausencia sirvió de excusa para llegar tarde a ciertas citas, y para que el señor editor disculpara el atraso en la entrega de la columna. Pero luego el asunto se volvió preocupante.
Si bien Cortázar aseguraba que los relojes son un problema, un pequeño infierno florido, los humanos tenemos una indescriptible capacidad para acostumbrarnos a los problemas, para volverlos parte de nosotros mismos, y sufrir como quinceañeras al ver que desaparecen. Igual que con el amor.
Revisé cada lugar de la casa, que no es demasiado grande, por cierto. Es más fácil encontrar algo en mi hogar que en la mansión Playboy, por ejemplo, sobre todo porque en esta última seguramente uno se distraería mirando vaya uno a saber qué cosas.
Busqué en los lugares donde solía dejarlo, sobre la heladera, en la mesita de luz, en la pileta del baño, en el frutero que nunca tuvo fruta y solo sirve para acumular moneditas, llaves viejas, blísteres de remedios con una sola pastilla, encendedores sin gas y cosas por el estilo. No estaba en ninguno de esos lugares.
Revisé bajo la cama, dentro del lavarropas, entre los almohadones del sillón y en el cajoncito de la ropa interior, donde una media guacha me miró con la esperanza de que le acercara su par. Evidentemente, mi casa está de viva, una cosa es tragarse una media, y otra muy distinta es hacer desaparecer un reloj, que no será caro ni exacto, pero si uno más o menos aprende a calcularle el atraso, lo puede usar con todo gusto.
Tampoco estaba debajo de la heladera, donde solo había pelusa y una perinola que había dado por perdida en la adolescencia. Detrás del ropero encontré las llaves de un candado que ya no tengo, y sobre el mismo, un candado cuyas llaves perdí hace años. Pero del reloj, ni la hora.
Algunos amigos intentaron consolarme asegurando que podía ver la hora en el celular, y que incluso había mucha gente que no usaba reloj y era feliz. Pero yo no quiero ser feliz, simplemente quiero mi reloj, y me ofende terriblemente que mi propia casa se lo haya tragado.
Convengamos que un reloj es la representación física del paso del tiempo, y no tenerlo es, literalmente, estar perdiendo el tiempo. El amable lector podrá suponer que esto de perder el tiempo es algo que he hecho toda la vida, ya sea perdido en el ocio o en los pliegues de algunas amantes, pero una cosa es perder el tiempo porque a uno le da la gana, y otra es que su casa agarre y se lo quite.
La situación es ya desesperante. No solo por no poder ver la hora sino por el hecho de saber que mi propia casa conspira en mi contra. Intenté llevar una media guacha en la muñeca para no extrañar, pero no sirvió de nada.
Así que solo puedo apelar a la amabilidad de los lectores. Si tuvieran a bien enviarme un mail a la dirección que figura en la leyenda de foto, diciéndome qué hora es cada más o menos 15 minutos, lo agradecería enormemente. No tienen por qué hacerlo todos a la vez, si se organizan para turnarse no será un problema para ustedes, y me será la mar de útil. Desde ya, muchas gracias.