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Il fiume Rubicone, en italiano, o río Rubicón, en español, es una pequeña corriente de agua de la zona media de la península itálica. Pasa cerca de la ciudad de Cesena y desemboca en el mar Adriático. Hoy parece un arroyo, o más una zanja canalizada, un vertedero casi, donde van a parar los residuos de las fábricas, la basura o los efluentes del saneamiento.

Ese es el aspecto que presenta de acuerdo a las imágenes a nivel de calle que se pueden ver a través, por ejemplo, de Google Maps. Según algunos informes ambientales, su cauce está muy contaminado por la actividad industrial.

Pero este río no fue siempre así. En la época romana, dicen los historiadores que era un río bastante ingobernable, que se salía de su cauce e inundaba la región que atravesaba. Además, tenía un sentido geográfico y político fundamental: el Rubicón marcaba la frontera norte de Roma con la llamada Galia Cisalpina (lo que a grandes rasgos sería hoy el norte de Italia). Significa estar adentro o afuera de un territorio que, dependiendo las circunstancias, podía ser el hogar o podía ser el más temible enemigo.

En el año 49 antes de Cristo, el gobierno de Roma residía en tres manos, el Triunvirato, compuesto por Pompeyo, Marco Craso y Julio César.

Mientras César guerreaba en las Galias y aumentaba de manera considerable su poder directo ante el ejército y simbólico como líder carismático ante la plebe, en Roma las conspiraciones eran moneda corriente de todos días.

Pompeyo desafió su poder y César debió retornar a suelo romano para defender su causa. Se aproximó con una legión hacia la ribera del Rubicón y meditó bien lo que iba a hacer. Si cruzaba el río, significaba virtualmente una declaración de guerra civil, ya que un general penetraba su propio territorio al frente de una columna armada. Si no lo cruzaba, su poder quedaría muy debilitado y en manos de quienes hasta ese momento se declaraban como sus aliados.

Según la narración del historiador romano Suetonio, que es una de las versiones que se conocen del hecho, Julio César se dirigió a uno de sus trompetas y le dijo que tocara la nota más fuerte. Con este sonido, sus tropas avanzaron por el puente sobre el Rubicón.

Entonces, César pronunció la frase: “Alea jacta est”, la suerte está echada. Había llegado a un punto sin retorno posible, que todo lo que hiciera de allí en adelante cambiaría el rumbo de su vida. Luego penetró en territorio romano, ante el peligro Pompeyo huyó, César lo persiguió y por unos años reinó la guerra en las provincias.

Desde entonces y después reforzada por los textos de los historiadores, la expresión “cruzar el Rubicón” y su consecuente “la suerte está echada” quedaron como máximas de situaciones en las que alguien debe tomar una decisión un tanto extrema.

Pero llevada a su elemento primordial, la máxima de César en el Rubicón se puede aplicar a la vida de cada uno, en cada día.

¿O acaso en cada minuto no estamos tomando decisiones que pueden condicionar nuestra existencia, incluso sin darnos cuenta de que lo estamos haciendo?

Tampoco pretendo hacer un elogio del cortoplacismo, pero como decía el gran economista inglés John Maynard Keynes “en el largo plazo vamos a estar todos muertos”.

Cruzamos Rubicones (y no por bastardear la expresión) todo el tiempo, ad infinitum. Nuestra existencia es una serie de puentes invisibles. ¿Quién es Pompeyo? ¿Quién es Julio César? Pero sobre todo, ¿cuál es el río que nos determina?

Por supuesto, la respuesta dependerá de cada caso. Lo cierto es que hay que mantener el espíritu original de aquel paso, que culminó afectando a todo el mundo conocido en aquel entonces. ¿Quién nos dice que no podamos hacer lo mismo?