ver más

Fue un buen discurso. En la alocución más importante de su vida, mientras la lluvia apenas espoleaba la templada noche de Tampa, el jueves al cierre de la Convención Republicana, Mitt Romney optó por un mensaje emotivo, personal, apelando al desencanto de los votantes con el gobierno de Barack Obama y presentándose como el hombre capaz de reconstruir a la alicaída economía de Estados Unidos.

Si ese era el cometido de su discurso —que el propio Romney escribió y reescribió varias veces en consulta con sus redactores de campaña—, lo logró. Las encuestas levantadas después de su intervención indican que le dio un buen impulso a su imagen. Incluso algunas lo sitúan, por primera vez, por encima de Obama en la intención de voto. Sin embargo, como la delgada lluvia de esa noche en Tampa, no fue un discurso electrizante, de esos con giros removedores al calce de cada página, como la imagen de “la ciudad que brilla en la cima de colina” que usó Ronald Reagan en su memorable discurso de la Convención Republicana de 1984.

Las frases estaban allí; los remates no faltaban en el texto. Pero Romney no es el “gran comunicador” que era Reagan; y no logró darle ese punch a sus líneas hasta el final del discurso, cuando cerró con potentes bríos y su llamado a: “Reconstruir Estados Unidos, a levantar nuestras miradas hacia un futuro mejor; ese futuro que es nuestro destino y que está ahí para tomarlo”. Y remató: “Empecemos a construir ese futuro juntos esta misma noche”. Mientras, su esposa Ann y su compañero de fórmula, Paul Ryan, subían a la tarima para unírsele y centenares de globos multicolores empezaban a caer.

Tal vez Romney haya sido un tanto opacado por la calidad actoral de Clint Eastwood, quien pronunció su discurso minutos antes. Allí el actor le hablaba a una silla vacía, donde un imaginario Obama contestaba –merced al talento histriónico de Eastwood– con algunos improperios. El número hizo las delicias de los presentes, que estallaban en carcajadas con cada ocurrencia del hollywoodense. Pero puede que haya hecho notar más de la cuenta ese histrionismo, a veces tan necesario en política, del que Romney tanto carece (ver O2).

El discurso del candidato republicano tuvo, empero, algunos pasajes de gran lucidez y fue efectivo a la hora de apelar a los votantes desilusionados con Obama, quien en 2008 logró inspirar y despertar las esperanzas de millones de estadounidenses. “Usted nota que algo anda mal con el desempeño de Obama como presidente cuando el mejor sentimiento que usted ha tenido hacia él es el del día que lo votó”, dijo Romney, ante de decenas de millones de televidentes y un auditorio que lo ovacionaba.

El republicano puso el acento en la debilidad de la economía y el alto índice del desempleo, que llega a 23 millones de desocupados. “Lo que Estados Unidos necesita son empleos, muchos empleos”, dijo; y prometió crear 12 millones de nuevos puestos de trabajo.

Luego volvió a ahondar en las diferencias filosóficas que lo separan de Obama, en una campaña fuertemente ideologizada. Apeló al individualismo y al carácter emprendedor de los estadounidenses, señalando el error de esperarlo todo del Estado, del desmedido gasto público y destacando al sistema norteamericano de libre empresa como el gran generador de prosperidad. Todo ello dentro de su imagen de reparador financiero de la Casa Blanca que ha cultivado durante toda la campaña.

Romney trató asimismo de sacudirse un poco la estampa de hombre frío y acartonado que lo ha acompañado, a sabiendas de que enfrenta a un presidente que, si bien su gestión no ha estado a la altura de las expectativas, conserva un gran carisma. Habló de sus padres y de los sacrificios en su propio entorno familiar, en algunos pasajes muy emotivos. Por un instante se llegó a conmover al borde de humedecer sus pupilas, mostrando su lado más humano. Y se vio como algo realmente sincero.

Por el momento parece haberle alcanzado a Romney para igualar –incluso superar– a Obama en algunos sondeos. Pero la próxima semana se celebra la Convención Demócrata en Charlotte, Carolina del Norte. Y allí será el turno de Obama, nada menos que en su mejor salsa: el discurso.
Seguí leyendo