El estilo no va a revolucionar la literatura en castellano ni se va a estudiar en la universidad como ejemplo de elegancia retórica. Las revelaciones tampoco van a dejar mudos de espanto a los seguidores de la diva.
El estilo no va a revolucionar la literatura en castellano ni se va a estudiar en la universidad como ejemplo de elegancia retórica. Las revelaciones tampoco van a dejar mudos de espanto a los seguidores de la diva.
Y en cuanto a la filosofía de vida de la autora, que recorre las 214 páginas del libro hasta el catálogo de consejos del epílogo, no está destinada a cambiar el destino de las generaciones venideras. Sin embargo, el libro es bastante divertido.
El desenfado de la autora va más allá de lo esperable. Cuando habla de sus “experiencias lésbicas” aclara que siempre fue por dinero: “Es un clásico, ¿o no? En algún que otro momento siempre aparece un señor a poner su dinero para ver a dos chicas tortear un poco”.
Casán cuenta que tuvo muchas propuestas sexuales de parte de mujeres, pero nunca le interesaron “salvo, por supuesto, que hubiera un buen dinero y un hombre de por medio”.
La idea que sobrevuela el texto es que la autora se ama apasionadamente y que bien harían los lectores si siguieran su ejemplo.
Su novedad es inexistente, pero la convicción es tan intensa y el entorno y el lenguaje son tan prosaicos, que conmueven: “No bien puse un pie en el departamento, Mike me recibió con una piña y me dejó su mano marcada en el medio de la cara. Afortunadamente pude reaccionar a tiempo y conseguí surtirlo rápido, como para dejar en claro con quién estaba metiéndose”.
En su momento, Moria Casán siguió la tradición de las celebridades argentinas de involucrarse en política. La diva reflexiona de forma melancólica acerca de la campaña: “Era como una gira del teatro, pero sin la alegría”.
Por lo demás, sus ideas sobre la sociedad y el servicio público no estaban en sintonía con la usanza del lugar: “Ni siquiera en mis épocas de la facultad tuve ideales progresistas, y jamás me avergoncé de haber elegido la comodidad y el confort frente a otras cuestiones más políticamente correctas y moralmente aceptadas. No cuestiono ciertos ideales, pero si los tenés no me critiques ni apoyes el culo en mi Mercedes”.
El libro no habla de religión, salvo la del ego de la autora, pero cuando dice que no tiene ídolos, (“en realidad, jamás admiré a nadie”) hace un par de excepciones que están por encima de lo meramente terrenal: la madre Teresa y Jesucristo. Son enseñanzas que recibió durante su niñez, junto con las lecciones de piano y de ballet.
Moria Casán se siente emparentada con esos dos personajes en cuanto a su generosidad. Dice, por ejemplo: “Mis tetas no son mías. Son de todo el público que hace tantos años me las mira. Las sacralizo en mi cuerpo y las dejo en constante violación a los flashes, a la imaginación, a la memoria, a la idealización”.
El libro es un viaje a través de un ego monumental y por momentos, encantador. l