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Esta semana previa a las fiestas, el ballet navideño por excelencia volvió al cartel del Sodre.

El cascanueces, una de las obras más reconocidas de Pyotr Ilich Tchaikovsky, está basada en una adaptación de la historia de Alejandro Dumas, padre del original El cascanueces y el rey de los ratones del escritor ruso E. T. A. Hoffmann.

Desde su estreno en diciembre de 1892, la obra se interpreta tradicionalmente antes de Navidad. Y este año no fue la excepción.

La versión de El cascanueces a cargo del Ballet Nacional del Sodre volvió al cartel el viernes 14. La serie de funciones se extenderá hasta el viernes 28.

Sin embargo, ya no quedan entradas para el resto de las funciones. Lo confirmó ayer a El Observador Diego García, responsable de Relaciones Públicas del Sodre.

Un sueño navideño en dos actos
Ante un Auditorio Adela Reta lleno, la excelente puesta de la obra cautivó tanto a adultos como a niños.

Los ratones sin dudas fueron los que se llevaron la simpatía de varios, así como también los títeres a cargo de Martín López Romanelli, de Pampinak, que conformaron la porción original de esta versión dirigida por Julio Bocca.

Por su parte, los protagonistas, la niña Clara y el cascanueces, así como también el Hada de Azúcar, se ganaron varias ovaciones.

Si bien la historia de El cascanueces no es conocida por absolutamente todo el mundo, su música apela a la memoria auditiva de muchos que ni siquiera conocen su guión: Clara recibe de su padrino un cascanueces que, en sus sueños, cobra vida.

Ya sean las danzas rusas y chinas, o los archiconocidos Vals de las Flores o la Danza del Hada de Azúcar, en cada acto es posible familiarizarse incluso para aquel público menos conocedor del ballet.

La obra actual mantiene las características de su versión anterior. La argentina Silvia Bazilis se encarga de la coreografía.

La atractiva escenografía de Gastón Joubert se transforma acto a acto con fluidez, desde la casa de la familia Stahlbaum, al bosque de pinos y, finalmente, el reino del Hada de Azúcar.

El vestuario, coordinado por Mariela Gotuzzo y diseñado por Nelson Mancebo, terminó de conformar este universo ambientado en el siglo XIX.

Sin embargo fue el detalle de la nieve que cayó en cada fin de acto –y sobre los asistentes durante el final– lo que contribuyó finalmente a transportar al público a la ensoñación navideña.

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