Son las 8.15 del jueves en el Parque Viera. El plantel de Wanderers está citado a las 8.30 para partir a las 9 rumbo al Complejo Devoto. Llega Jonathan Sandoval. No hay nadie en la puerta, que está abierta. El periodista pregunta por Antonio Pacheco. Sandoval revisa los pocos coches estacionados: “Ya está adentro”.

El silencio matinal está alterado por los altoparlantes del Prado, que oficia como concentración de los primeros Juegos Nacionales de la Juventud. La puerta de entrada y salida de los jóvenes deportistas está a 50 metros de la cancha de Wanderers.

“No sabés lo que fue esto ayer”, contó Sandoval. “A cada rato venían a sacarse una foto con el Tony; es lógico, son gurises jóvenes y... es el Tony”, cuenta el zaguero tomándose una pausa que es como una reverencia para un ídolo que se viste de compañero.

Pacheco, 35 años, aparece en la puerta del vestuario vestido de Wanderers, algo a lo que ningún ojo se termina de acostumbrar.

Saluda y atiende una llamada de una radio. Luego a un movilero. Y finalmente se presta a una charla. Fiel a su estilo. Profundo para bucear en cada palabra de agradecimiento. Medido ante cada consulta de esas donde se buscan frases que hagan ruido.

“Habitualmente se arrima gente, pero cuando nos vamos para Pajas Blancas hay menos movimiento”, dice.

Pero ahora en el Prado se corre la bola: “Está el Tony al lado”. Después de la charla, llega un grupito de chicos con camperas de Dolores. Se van arrimando de a poco como con timidez.

Justo cuando van a dar el paso decisivo, el entrenador Daniel Carreño se para frente al grupo y grita: “Nos vamos para Devoto, el que quiera que venga y el que no se queda. Vamos Pacheco, vamos Hurtado”.

Pacheco, uno más, se ofrece para cargar la bolsa con las pelotas pero al final se lleva sus zapatos. Los botijas se mandan. Unos paran a Carreño; el más fanático va por el Tony, la sellada. Y lo consigue. Es un logro que vale más que un título en los Juegos de la Juventud.

“Estas cosas son lindas; el sentimiento que uno tiene es muy difícil de expresar con palabras. Sentí un respeto, un cariño de parte de la gente que me hace tener un agradecimiento eterno. Jamás voy a olvidar el momento que tuve que pasar a nivel profesional, que fue uno de los más difíciles de mi carrera y de cómo la gente estuvo al lado mío, con demostraciones de todo tipo que nunca imaginé. Recibir tanto respeto, tanto cariño de la gente de Peñarol y de la gente en general, a mí me llenó el alma. Eso determinó que siguiera jugando”, dice.

Son palabras del corazón. Sinceras, pensadas para intentar hacer símbolo al sentimiento, esa “aventura indefinida, insensata y antigua” como dijo Borges en su poema El otro tigre.

“No tengo forma de agradecer porque es tanto lo que recibo, que es poco lo que puedo dar. Es muy fuerte lo que me pasa”, confiesa.

Pacheco no mira atrás. Ni su salida de Peñarol ni que Diego Aguirre –quien decidió prescindir de sus servicios– después emigró a Qatar: “Cada uno en la vida sabe cómo se maneja, lo que hace y cuáles son sus actos. Es algo que pasó y hoy estoy en una situación bien distinta: jugando en Wanderers, finalizando un torneo y eso es lo que realmente importa ahora”.

Pero el Tony tampoco mira mucho más allá del futuro inmediato. Porque desde el retorno de Gregorio Pérez al aurinegro se habla de la vuelta a casa: “Tengo un contrato porque es algo formal, pero desde el momento en que decidí volver a jugar, con el gerenciador Víctor Hugo Mesa y el entrenador Daniel Carreño, me debo a la oportunidad que me brindaron. Lo otro es para más adelante; ahora hay que ser respetuoso por el lugar donde uno está”.

La vuelta
“Tengo un respeto grandísimo por Gregorio, lo quiero muchísimo, pero no es momento de hablar ahora (de volver a Peñarol); si se habla, se hará luego del torneo”

Se va Pacheco del Viera rumbo al ómnibus. Afuera una barra de 20 chicos, con algún grande entreverado, le sale al pique. Llegan a tiempo para una foto grupal. En el medio hay una sonrisa que brilla más que la de todos. La del Tony. Rodeado de lo que él llama “cariño”, donde los demás sienten amor incondicional.