Tres tragedias aéreas han marcado los últimos tiempos. La primera fue la desaparición de un vuelo de la aerolínea Malaysian Airlines, supuestamente en el océano Índico, aunque hasta el momento muy poco se sabe de su destino fatídico.
Tres tragedias aéreas han marcado los últimos tiempos. La primera fue la desaparición de un vuelo de la aerolínea Malaysian Airlines, supuestamente en el océano Índico, aunque hasta el momento muy poco se sabe de su destino fatídico.
La segunda tragedia también envolvió a una aeronave de Malaysian Airlines, esta vez en el este de Ucrania. Según las investigaciones, la causa de la caída fue que el avión fue impactado por un misil tierra-aire, disparado en una región en guerra.
La amarga cereza de la torta (y que motivó, por acumulación ternaria, esta columna) fue la caída de un avión, hace unos días, de la compañía española Swiftair en el desierto del sur de Argelia.
Es cierto que, además, ha habido en la zona del Río de la Plata varios accidentes de aeronaves más pequeñas, muchos de ellos con consecuencias de pérdidas de vidas.
Pero fue el gran porte de los aviones de líneas comerciales el que me recordó la famosa película Aeropuerto, una de las primeras que supo explotar (sin humor negro ni juego de palabras) una narrativa de la desesperación de las horas extremas en un vuelo complicado, junto con las ventajas económicas de una taquilla que todavía hoy se recuerda como un éxito total.
Aeropuerto, filmada en 1970, se basó en la novela homónima del escritor inglés Arthur Hailey. Este hombre fue definido por Stephen King como un escritor que describe el funcionamiento de determinados conglomerados sociales. Lo hizo con su novela Hotel, un retrato extenso y milimétrico del pequeño universo dentro de un hotel en la ciudad de Nueva Orleans; lo hizo con El diagnóstico final, ambientada dentro de un hospital y el submundo de las enfermeras; lo hizo con Ruedas, sobre el funcionamiento de la industria del automovilismo; o sobre las causas y las consecuencias de un gigantesco corte de energía, en Apagón. En esos contextos, Hailey le superponía un complejo entramado de personajes, algunos principales, otros menores, cuyas vidas se entremezclan con resultados diversos, algunos previsibles y otros bastante sorpresivos.
Vista desde el hoy, la película Aeropuerto presenta escenas interesantes que salvan el tiempo, pero a la luz de otros ejemplos (como los que rondaron el cine que surgió luego de los atentados a las torres gemelas en Nueva York), también posee situaciones cuasi jocosas. No olvidemos que la saga de parodias ¿Y dónde está el piloto? ya había reflexionado sobre esto.
La secuencia inicial, donde se describe una terrible tormenta de nieve a lo largo de todo un día sobre el aeropuerto en cuestión tiene algunos planos memorables, como los limpianieves trabajando para despejar las pistas. Pero también es cierto que ver al piloto Dean Martin besando a la jovencita azafata Jacqueline Bisset y luego gritándole a Van Heflin que detone la bomba que lleva en su maletín (ante el lógico pavor de los pasajeros), con la intención de que su (próximamente futura) viuda cobre su seguro de vida genera, por lo menos, una risotada.
De todos modos, Aeropuerto marcó un hito, incluso con su vuelta de tuerca bromística. Llevó a las audiencias de cine de nuevo al cielo y las puso en situaciones que perfectamente podían experimentar. El morbo de estar de manera ficticia en el avión amenazado hizo el resto. Así como una década antes las mujeres no querían bañarse en una ducha luego de ver Psicosis, o unos años después los turistas no querían meterse al agua en la playa luego de haber visto Tiburón, Aeropuerto tocó la fibra del público con una historia tan ocurrente como volada.