El sistema estatal de enseñanza de Uruguay, que fue vanguardia en América Latina, se quedó muy atrás, fuera de tiempo y lugar. Y, si se lo somete a esfuerzos, cruje y se rompe. Ocurrió otra vez en los últimos días, cuando se marcharon el subsecretario del Ministerio de Educación y Cultura, Fernando Filgueira, y el director nacional de Educación, Juan Pedro Mir, dos de los líderes de los cambios radicales (“en el ADN”) que propone el presidente Tabaré Vázquez.

Dos semanas atrás, Mir asumió lo que muchos sospechan: no hay voluntad política coherente para rehacer el sistema. “Más que cambio de ADN, y lo digo bajito, si las cosas siguen así vamos a hacer una transfusión. No creo que hagamos un cambio de ADN porque no están dadas las condiciones políticas en el gobierno de la educación”, admitió en un Plenario del Frente Líber Seregni, sector que encabeza Danilo Astori. Mir también dio algunas pistas sobre las causas de la altísima deserción estudiantil: “Los chiquilines piden no aburrirse en clase, que los profesores no falten, que el liceo se parezca a su casa”.

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Mir fue destituido por Vázquez y su ministra de Educación y Cultura, María Julia Muñoz, quienes consideraron que su actitud fue desleal. Entonces quien pegó el portazo fue el subsecretario de Educación y Cultura, el socialista Fernando Filgueira, frustrado con Muñoz, su jefa inmediata, y por la imposibilidad de remover a Wilson Netto, presidente del Codicen, quien tiene el respaldo de José Mujica.

Filgueira, sociólogo especializado en enseñanza, estaba en línea con Mir. “No creo que la educación se pueda reformar desde adentro”, dijo en 2013 al diario El País. “El sistema educativo público puede hacer algunas reformas puntuales, pero la reforma integral la tiene que hacer el sistema político”.

Muchos creen que la actitud entre autoritaria y condescendiente de María Julia Muñoz, quien parece una cruza de maestra Ciruela con Susanita, está en la base de los últimos desastres gubernamentales en el frente de la enseñanza.

Muñoz, una médica de larga trayectoria en Salud Pública, quien de muy joven militó en la izquierda radical, tiene fama de ejecutiva y sangrienta. Entre 1995 y 2004 fue secretaria general de la Intendencia de Montevideo, durante los dos períodos de Mariano Arana. En 2005 asumió como ministra de Salud Pública del primer gobierno de Vázquez. En ese período se realizaron grandes cambios, como la creación del Sistema Nacional Integrado de Salud.

Tal vez la revitalización de la enseñanza dependa del sistema político, como creen Filgueira, Mir y muchos más; pero el sistema político no sabe lo que quiere con la enseñanza. En Uruguay casi nadie desea ejercer la autoridad y entonces las propuestas se diluyen en vaguedades, líos de alcoba, demagogia o peleas por dinero que, siendo importantes, no son lo principal. Un sistema erróneo con mucho dinero solo acrecentará el error.

La radical reforma educativa que José Pedro Varela inició en 1876 fue más bien obvia. La voluntad política la proporcionó Lorenzo Latorre, un dictador astuto, y Uruguay, ya entonces un país rico aunque caótico, podría proporcionar los recursos. Varela, como antes Sarmiento en Argentina, tomó el sistema de enseñanza primaria de Estados Unidos y lo adaptó a las circunstancias locales. La educación formal dejó de ser patrimonio exclusivo de los ricos.

Ahora no hay consenso sobre qué modelo adoptar. José Mujica se fue al mazo durante su gobierno. Y la voluntad política de Vázquez y su elenco, legítimamente limitada por los contrapesos de un sistema democrático, parece titubear.

Los sindicatos de la enseñanza tienen una participación menor pero su capacidad de veto es muy alta. Cuentan con la complicidad implícita de los partidos políticos, básicamente atontados, y de padres demasiado confundidos, agobiados y dispersos como para obligar al sistema a ser eficiente.

Muñoz no será la única responsable si el desastre se perpetúa. Pero los militantes y los pequeñoburgueses con culpa necesitan cabezas de turco. María Julia, con sus modales, viene como anillo al dedo.

La burocracia, incluida la docente, se crea con un fin. Andado el tiempo, el fin se olvida o se difumina y la burocracia permanece. La caída de Mir y Filgueira alentará la frivolidad de la burocracia, pues los jerarcas con ganas de cambiar cosas pasan rápido.

La enseñanza formal es la gran generadora de futuros ricos y pobres. El 15% de los jóvenes concurre al sistema privado, no necesariamente mejor pero seguramente más ordenado, en tanto el sistema público va a la deriva y sus alumnos desertan en masa. La perpetuación del fraccionamiento de la sociedad uruguaya está asegurada.

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