En el nombre del hijo
Pal Sarkozy se convirtió en una de las primeras grandes celebridades del verano en el este, desde su arribo a José Ignacio. Habló de las obras que presentó, de su vida y de cómo es veranear en un “paraíso fiscal”
La vida de Pal Sarkozy podría ser un buen argumento de una película sobre un sobreviviente. El hombre, hoy con 83 años, nació en Hungría en un ambiente de nobleza perdida, creció en un castillo, debió huir del comunismo cuando los rusos invadieron su país, escapó del colonialismo cuando la Legión Extranjera pretendió mandarlo a Vietnam, pasó hambre en París, dibujó retratos en la calle para subsistir, entró en un estudio de publicidad, ganó fama y dinero allí y le dio un hijo a Francia que cincuenta años después se transformaría en presidente.
Incluso cuando el tema de sus cuadros toca a miembros de su famosa familia, el tono roza la cursilería. En Portrait CBS, de 2007, se ve a Carla Bruni tocando una guitarra que se parte en unos rayos de luz, sentada encima de un piano. Dentro del piano hay un reflejo de Nicolás Sarkozy con las manos como en plegaria, y a sus espaldas un plasma con los ojos de la Bruni. Sobre las teclas del piano alguien (¿quién más?) ha dejado una rosa roja. Parece la cruza entre un póster de Guns n’ Roses y Gilda.
Donde sí gana en calidad y en factura “père Sarko” es cuando suelta su mano, tanto para la acuarela y el crayón, como en La chasse, de 1974, como cuando boceta en trazo fino tinta sobre papel, en un estilo que se acerca mucho a la caricatura, como en Globalisation, de 2010.
Pero estas obras son clara minoría: la impresión general es mala.
Hombre de su tiempo
Volvamos a la vida de Pal Sarkozy, que tiene algunos sucesos dignos de conocerse. Sentado detrás de una mesa, y en un correcto español surcado cada tanto por algún término en francés (además habla inglés, alemán y, por supuesto, húngaro), Pal Sarkozy habla con El Observador y recuerda.
En 1944, ante el peligro de la invasión soviética, la familia de Sarkozy huye de Hungría hacia Alemania. Al término de la guerra vuelven a su país, pero descubren que sus tierras han sido expropiadas. Su padre fallece y la madre, ante el peligro de que el ejército comunista lo reclute para cumplir servicios en Siberia, manda a Pal a Viena. De allí, el joven húngaro, pasa a la Alemania ocupada por los aliados y, sin pasaporte, se enrola en la Legión Extranjera, para tener un lugar donde comer y dormir. Lo trasladan a Marsella. Cuando se estaba preparando una misión a Vietnam (entonces colonia francesa) el joven Sarkozy le pide a un médico húngaro con el que había trabado amistad que lo ayude a salir de la Legión.
El médico le inventa una afección cardíaca que no tenía así le dan de baja y queda libre en Francia.
“Aunque después sí me vino una afección cardíaca… porque me casé cuatro veces”, dice con picardía Sarkozy, que sonríe con un gesto arqueando un poco las cejas que recuerda mucho a su hijo.
Como no tenía trabajo, comenzó a dibujar “chicas que pasaban por la calle en París”, y así consiguió algún dinero. Así conoció en 1949 a Andrée Mallah, la joven de origen judío griego que en 1955 tendría un hijo de Pal llamado Nicolás.
Luego el hombre comenzó a trabajar en una agencia de publicidad, donde ganó rápida relevancia, consiguiendo como clientes a marcas como Dior y L’Oréal. “Nunca hice publicidad política. Solo empresarial”, explica. Muchas de estas anécdotas también las escribió en su autobiografía Tanta vida.
Esta es su primera visita a Uruguay, donde dice que no se cansa “de ver mujeres lindas”, acompañando las palabras con el gesto de la forma de los glúteos femeninos. Y vuelve a reír como su hijo, de quien dice que heredó “su capacidad de trabajo”.
“¿Le gusta veranear en “paraísos fiscales”? “Sí, claro, hay muchos en el mundo y me gustan casi todos”, responde el publicista, quien no tiene pelos en la lengua para confirmar las declaraciones de Nicolás sobre el estatus económico de Uruguay ante la OCDE. Y vuelve a sonreír.