ver más

Cuando hace 17 años llegué a Nir Yiztjak, el kibutz (granja colectiva) donde vivo, me sentía muy segura en mi casa, mi comunidad, y muy cómoda con los palestinos que trabajaban en mi kibutz y formaban parte de mi vida cotidiana.

En los últimos 14 años muchas cosas cambiaron, tuve que aprender a convivir con morteros que caen sin aviso como lluvia, aprendí que 15 segundos pueden ser el tiempo para salvar mi vida y la de mis hijos si logramos correr y encontrar un refugio cuando suena la alarma que avisa que un misil ha sido lanzado contra la zona donde vivo.

Aprendí que no es cierto que al sacar a los colonos de Gush Katif en 2005 íbamos a poder lograr un acuerdo político y vivir en paz.

Aprendí que para poder tener un interlocutor válido, primero los palestinos deberán poner en orden la casa y definir sus autoridades respetándose entre ellos.

Aprendí que no se puede vivir si no se posee en la casa y lugar de trabajo un “cuarto seguro” donde refugiarse. Aprendí que los 14.000 civiles que vivimos en el Consejo Regional de Eshkol y otros consejos regionales linderos somos el blanco civil diario.

Aprendí que sirenas y ruidos fuertes hacen que el cuerpo se tense por el recuerdo de las alarmas, incluso si uno está paseando en otra zona o hasta en otro país.

Muchos años le llevó al resto del país entender lo que se vivía en esta zona: morteros, misiles de diverso alcance, incursión de terroristas en la región... ahora que los misiles llegan a casi todo el país, a todos les queda claro que el día a día es una lotería y que no hay lugar seguro.

Mis hijos fueron a jardines de infantes que a lo largo de los años tuvieron que ser protegidos por estructuras de cemento. Se educaron en una escuela protegida y ahora van a un colegio secundario especialmente construido para que los cohetes no los maten mientras van a clases. Quién hubiera dicho que algo así pasaría, pero esa protección que ha costado tanto conseguir por parte del gobierno es la prueba de que Israel defiende a sus ciudadanos.

Me resulta muy angustiante ver imágenes de niños y civiles muertos o heridos en la franja de Gaza porque nadie los protege, porque los usan para defender sótanos repletos de armamento (no lo digo yo sola), porque no hay democracia, porque no se puede entender que un movimiento terrorista se haya adueñado de un territorio.

Hace unos días, luego de una muy mala noche de alarmas y explosiones, cuando estaba por entrar en la ducha para tratar de despejar el cansancio y llegar a mi lugar de trabajo sonó la alarma y tuve que salir corriendo al cuarto de seguridad de mi casa. ¿A quién le parece normal? A mí no, pero es la rutina que me acompaña en estos días más que nunca y que se hace muy difícil. ¿Quién duda de que nada me gustaría más que empezar el día tranquila y en paz? ¿Quién duda de que prefiero el sonido de los grillos en las noches de verano y no el de bombardeos?

Bañarse sin pánico, ir a hacer las compras, ir a trabajar, cocinar algo que lleve un poco más que “un ratito”, sentarse afuera en el porche de la casa a tomar un café o unos mates, dejar que los hijos vayan solos a juntarse con sus amigos en el barrio, que se suban al ómnibus para viajar al liceo, estudiar en silencio, salir de la casa sin tener miedo de que una alarma te sorprenda, prender la televisión y no ver imágenes de muertos y guerras, esas son cosas simples que hace la gente normal y que dejaron de formar parte de mi vida y de la de mi familia, en especial en este último mes.

Estos días fuimos testigos de una poderosa arma que puede ser tan mortal como un misil: varias decenas de túneles que se esconden bajo tierra, como una telaraña subterránea, y salen en las inmediaciones de poblaciones civiles.

Yo, a pesar de todo, sigo apostando por criar a mis hijos sin odio y con esperanzas de paz y de que ningún terrorista aparezca en mi jardín proveniente de ningún túnel para matarnos.

Sigo esperando que se levanten esos palestinos que quieren vivir con tranquilidad y en buenas condiciones, que se rebelen ante tanto terrorismo interno. Que reclamen sus derechos a la vivienda, salubridad, educación, fuentes de trabajo dignas. Porque apuesto a que del otro lado de la frontera hay miles de personas que, como yo, quieren vivir en paz y prosperidad ¿Cuánto tiempo más habrá que esperar?
Seguí leyendo