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Norah Jones transformó el inmenso predio del Teatro de Verano en el más íntimo de los bares. Un respetuoso silencio fue el denominador común en el público, e incluso las ocasionales charlas susurradas no hicieron más que agregar a ese aparente ambiente nocturno y cerrado.

Para lograr esto solo fue necesario su música, un jazz con intenciones pop y la irresistiblemente dulce voz de Jones. Cada una de sus canciones estuvo acompañada de una puesta en escena delicada, armada en el borde del escenario y sin extenderse demasiado. Sobre esta pendían grullas desde cables con luces de LED, haciendo que todo el ambiente cambiase de color acorde a los temas.

El su set –que duró una hora cuarenta- fue dedicado a sus mayores éxitos y los mejores temas de su último disco, Little Broken Hearts, además de un puñado de covers.

Fue con uno de estos, Cold Cold Heart de Hank Williams, que sirvió de apertura. Y en unas breves palabras en español Jones se abrió al público montevideano. “Esta canción se llama ‘Frío frío corazón”, dijo con una simpatía que se mantuvo a lo largo del show, para luego continuar con What I Am To You?, seguida de la canción que da nombre a su nuevo álbum. “Estoy casi llegando al fin de mi español”, se disculpó. “Igual no me vinieron a verme hablar”.

El cambio entre sus canciones viejas a las nuevas le otorgó a la brillante escena un aire sombrío. La tonalidad de sus temas contrarresta con la cautivadora imagen de Jones. Y esa es una discordancia que no le sienta mal. Canciones como All a Dream, Say Goodbye, Take it Back, o Miriam, esa suerte de “murder ballad” –un subgénero que, como su nombre en inglés indica, relata un asesinato-, todas ellas interpretadas sobre una luz magenta, le dieron al show su toque maliciosamente bello.

El Teatro colmado se mantuvo en extremo silencio, pero uno de los asistentes que se aventuró a mirar el show por fuera del vallado fue el más dedicado. Tema tras tema le dedicaba un “I love you” –te amo- o incluso “marry me” –cásate conmigo-, ante lo cual Jones contestaba animada “yo también te quiero, aunque no te conozco”.

Grateful Dead y Tom Waits fueron los elegidos a la hora de realizar los covers, con It Must Have Been the Roses y Long Way Home, respectivamente.

La voz de Jones atrapó e hizo que el espacio se cierre en ese bar imaginario. El silencio se sintió necesario para captar cada nota suspirada. Y esa necesidad fue aún mayor cuando Jones interpretó sola en su piano Painter Song y una versión despojada de uno de sus mayores éxitos, Don't Know Why. El silencio era tal que hasta daban ganas de callar a ese ringtone insidioso que sonó en el momento menos indicado. Ni el tráfico se escuchaba. La ciudad le rindió ese respeto a Norah Jones.


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