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Durante treinta años, en Mercedes existió una banda de pop-rock muy famosa en la región llamada Fantasía, que arrancaba gritos de admiración a las jóvenes, lagrimones a las señoras y daba de comer a sus músicos.

La integraban Mario Fernández, Marco Antonio Martins, Miguel Mateu y Horacio Macoco Acosta, quien hoy declara que ese fue un período musical que le gustaría olvidar.

En 2002, la crisis lo encontró mal parado y tuvo que irse a trabajar a Montevideo. Allí conoció a músicos como Santiago Gutiérrez, los hermanos Porcile o José Reinoso, y dice que se sintió por fuera, no solo musicalmente sino intelectual y espiritualmente. “Cuando uno aprende a tocar un poco, se da cuenta de que levantar a una multitud y lograr que haga lo que a vos se te antoje es cuestión de conocer unas técnicas muy básicas y no tiene ningún mérito. Si es cumbia, rock o música clásica, los elementos son más o menos los mismos. El mérito está en encontrar el viaje de la música hacia adentro”, asegura.

Con una jam session, continúa: “la cosa es que a mí me pareció que todo estaba al revés, porque no puede ser que los que no saben tocar nada, que no tienen un ápice de espiritualidad o de conciencia de lo que se puede lograr con la música, sean los que se escuchan más, y los que se están rompiendo el alma por hacer algo serio tengan que estar tocando por cien pesos o una cerveza. Y se me ocurrió que esa reversión, en una ciudad de 40 mil habitantes como Mercedes, era más posible”.

Pero no podían forzar a la gente a que quisiera saber de música, y menos a que le gustara el jazz. Así que durante 2006, Macoco, Giselle Graside y otros melómanos de la región se dedicaron a presentar el género a los aledaños y formar oídos sensibles y críticos a través de las clínicas, eventos en los que músicos nacionales e internacionales explican por qué tocan lo que tocan y qué hay detrás de esa mezcla de sonidos. “Las primeras veces llevé mucha gente a la fuerza. A mis compañeros del banco les decía que si no iban, nos enemistábamos. Después terminaron yendo por cuenta propia”.

Once meses más tarde, Mercedes recibió a treinta bandas de Uruguay, Argentina, Brasil, Paraguay y Estados Unidos, que tocaron en colectivo durante nueve días y fueron escuchadas por una comunidad que sabía disfrutarlos. Para el último día del encuentro del año pasado, los espectadores llegaron a 5.000.

Esta edición

Al contrario de la imagen chata que Montevideo tiene del interior del país, Mercedes es una ciudad activa, con una rambla envidiable, llena de verde sobre el Río Negro (con el agua a 26 grados a las cuatro de la tarde), unas casas inmensas que miran al mar y una avenida cuyo ancho se parece más a la 9 de Julio de Buenos Aires, que a 18.

Hoy, el equipo de Jazz a la Calle está conformado por decenas de mercedarios que trabajan sin pausa durante la semana y pico del evento (del 12 al 20 de enero).

Cerca de 80 casas de familia hospedan artistas, organizan comidas y paseos “y se pasa tiempo juntos. La idea es que los músicos que vengan no estén un rato y desaparezcan, sino que compartan unos días. Por eso es un encuentro, no un festival”, dice Lucía Chilibroste, una de las organizadoras. Casi la mitad de los músicos invitados pidió que se les postergara la fecha de sus pasajes de vuelta.

A las 20 horas empiezan los toques callejeros en la peatonal del centro y duran una hora. La música va subiendo a medida que se pone el sol y se prenden las luces de la calle.

Frente a una casa –donde durante el año funciona la Escuela de Jazz a la Calle, que tiene 80 alumnos becados– una banda está tocando swing.

Sentados en el piso, un grupo de niños mira con atención, otros bailan y unas señoras, que una hora antes pusieron sus reposeras en puntos estratégicos, aplauden cada solo.

A dos cuadras, Macarena, una niña de 7 años con síndrome de down, corre hacia otro de los escenarios improvisados, donde los músicos están tocando latin jazz, y en medio del tema le pide por señas al baterista que se mueva de su banco y la deje tocar. Al instante el batero acata la orden y la banda sostiene durante siete minutos los ritmos de la percusionista.

Conocerse tocando

Los músicos de estos toques son elegidos al azar, entre todos los anotados, por la organización del evento apenas un rato antes de las 20. Se les pide que no intenten tocar solo con sus amigos y que no usen ese espacio para mostrar sus propios temas, sino que saquen temas del Real Book y les den su toque, con la comunicación que solo puede surgir del lenguaje musical.

“Ayer éramos dos argentinos, dos brasileros y un uruguayo. Parecíamos el quinteto Mercosur, y nos entendimos perfecto”, dice el saxofonista Patricio Bottcher, de Hernán Cassibba Quinteto, banda que tocará el sábado en el escenario principal.

Manzana 20

Los recitales centrales son todas las noches a las 22 en el espacio Manzana 20, frente a la rambla, con entrada gratis.

El escenario es amplio y el sonido estuvo perfectamente cuidado cada noche. “Gracias a los organizadores de este encuentro maravilloso, y especiales gracias a los técnicos, el sonido de Jazz a la Calle es de nivel universal”, dijo Nora Sanmoria, compositora argentina de la Orquesta Sudamericana.

El escenario se puede ver desde las mesas instaladas por bolichitos con diversos menúes, o desde un terreno de pasto en bajada que va hasta el escenario, donde cientos de adultos y niños se sientan en el suelo o en sus reposeras y el respeto por quien toca es total. Además, en los recovecos del lugar exponen artistas plásticos regionales, luthiers y artesanos varios.
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