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Es difícil encontrar el elemento más exclusivo de Punta del Este, si a términos económicos nos referimos. Barcos, autos, mansiones, hoteles de lujo, caballos y otros objetos del deseo compiten por esa invisible presea. Pero quizá la respuesta se pueda encontrar en el pequeño aeropuerto de El Jagüel, a mitad de camino entre La Barra y Maldonado.

Allí funciona la base de helicópteros de Punta del Este, y sobre su pista tranquila y con poco movimiento (a la sombra de un vehículo estacionado duerme la mona un perro, como cuando Hollywood caricaturiza un país centroamericano) descansan máquinas absolutamente prohibitivas. Por ejemplo, el helicóptero Bell 429 blanco crema del empresario argentino Alejandro Bulgheroni cuesta entre US$ 7 millones y US$ 9 millones. Cabe recordar, para poner en perspectiva, que uno de los lujosos veleros de dos palos que están amarrados a las mejores marinas del puerto de Punta del Este no llega al millón de dólares.

A pocos metros del “bichito” de Bulgheroni está el helicóptero Augusta, de Enrique Eskanazi, cabeza del grupo dueño de la petrolera argentina YPF. El costo de ese aparato oscila entre los US$ 2 millones y los US$ 3,5 millones. Hasta ayer también el vehículo aéreo del empresario italiano dueño de Fiat Argentina, Cristiano Ratazzi, estaba en El Jagüel. Otros personajes de la vecina orilla dueños de helicópteros, como el ex marido de Susana Giménez, Jorge “Corcho” Rodríguez, paran directamente en los helipuertos en sus casas de campo.

“Pero este no es un aeropuerto internacional, sino que funciona más bien como un aeroclub”, dice a El Observador Néstor Santos, quien desde hace 27 años es piloto (hace 16, de helicóptero) y hoy es responsable de la empresa de transportes Progreso Aeroservicios.

Para hacer los trámites migratorios y aduaneros, los pasajeros que llegan a El Jagüel o a las estancias deben parar antes en alguna de las terminales autorizadas para esto: Carmelo, Colonia, Melilla, Carrasco o Laguna del Sauce.

Progreso Aeroservicios realiza vuelos de paseo por la península y las islas, con un costo de US$ 350 por persona por media hora de vuelo, en un helicóptero Robinson 44 con capacidad para tres pasajeros más el piloto.

Muchos turistas de origen europeo y estadounidense contratan este servicio, pero Santos también tiene como clientes a empresas, como Rolex, que lo contrató para que lleve a un fotógrafo a hacer imágenes de la regata –que la marca de relojes auspicia y se desarrolla estos días en el Río de la Plata y el Atlántico– o revistas de farándula que pretenden conseguir una foto exclusiva de alguna cara mediática desde el cielo.

También existe un servicio de vuelos internacionales para pasajeros. En avión, un pasaje de taxi aéreo puede costar entre US$ 1.100 y US$ 4.500, dependiendo de las características de la nave. En helicóptero, el pasaje a Buenos Aires ronda los US$ 3.000. “Hacemos unos tres o cuatro viajes de este tipo por año”, dice Santos.

El Robinson 44 de Santos es un helicóptero a pistón con motor a explosión (no como los Bell, que son con turbinas). Desarrollan una velocidad de 130 nudos, o sea unos 260 kilómetros por hora, y son capaces de volar hasta los 3.000 metros de altura, aunque normalmente no sobrepasen los 400 metros.

“Son máquinas muy versátiles que, salvo en la tormenta, pueden volar en todas la condiciones climáticas”, explica el piloto.

“Este tipo de servicios le permite a los clientes estar en la piscina de su estancia en José Ignacio, tomarse un helicóptero hasta Laguna del Sauce y desde allí cruzar a Ezeiza, con conexiones al resto del mundo, en menos de dos horas desde que salió del agua”, agrega Santos. También cuenta que ha realizado vuelos para cumpleaños de quince, casamientos y eventos empresariales en la zona de La Barra y en las estancias que bordean el campo esteño.

Los helicópteros tienen enormes ventajas promediales de tiempo y de seguridad frente a otros medios de transporte. En época de vacaciones, disfrute y placer, es mucho decir. Siempre y cuando haya una billetera que respalde el movimiento de la hélice.