En la edición del pasado 15 de setiembre de este diario, el titular de un artículo decía: “Este es un gobierno que tiene poca vocación por innovar”. La frase provenía de una afirmación hecha por el economista Gabriel Oddone. En verdad, dicha afirmación podría aplicarse a la historia de Uruguay, desde su independencia hasta el presente. Los innovadores, en el campo que sea, siempre han sido detestados, y muchas veces marginados, aborrecidos por sus contemporáneos. La palabra “innovación” está de moda en el vocabulario universal del presente y se aplica a todos los campos, de la medicina a la computación, de las artes a la industria farmacéutica, de cuyas innovaciones depende tanto la vida del ser humano de cara a los días futuros. Steve Jobs se ponía furioso y golpeaba la mesa cada vez que se reunía con sus empleados y estos llegaban a su oficina sin traer ideas innovadoras. Decía que les pagaba buenos salarios para que innovaran. Uruguay ha sido siempre un país muy enemigo de la innovación en todos los aspectos de la realidad nacional. Si se hiciera una historia de la innovación tendría pocas páginas, ocupadas todas por francotiradores que se animaron a ir contra la corriente y el comportamiento del rebaño para intentar producir algo nuevo.