Escapar de Bali
El objetivo del viajero era encontrar un paraíso terrenal donde pasar algunos días. Pensó que en esa isla de Indonesia lo encontraría, pero se equivocó. Al final el lugar soñado apareció: estaba un poquito más lejos
El asedio es inmediato: ni bien uno sale del aeropuerto de Denpasar, decenas de muchachos ofrecen, con insistencia, transporte. La palabra “taxi” se hace mantra y el viajero, que acaba de bajarse del avión y todavía está un poco aturdido, no sabe bien qué hacer. Camino unos pasos y no puedo evitar sentir que algo malo puede pasar. Llevo casi 500 dólares en efectivo en un bolsillo, una invitación para que algún joven tramposo me haga una cama de dos plazas. Tras diez minutos de cavilaciones accedo a subirme a la moto de un gordito con cara de bueno. El precio convenido por el viaje a Kuta: 70 mil rupias (10 mil rupias es un dólar aproximadamente). Le pregunto si tiene un casco para mí. Asiente y me lo da. Me lo pongo y me subo. Que sea lo que Dios quiera.
Por las calles de Kuta te ofrecen de todo: cocaína, hongos, marihuana, éxtasis, metanfetaminas, chicas
Playa y fútbol
A la mañana siguiente, empero, me levanto temprano y resuelvo quedarme un día más. “No puedo irme sin conocer la playa”, pienso. Camino las cuatro o cinco cuadras que hay entre el hotel y el mar bajo un sol agobiante. La playa me decepciona, no es nada del otro mundo. La arena no es muy blanca y hay bastante basura. Eso sí: es un paraíso para el surfer. Las olas son perfectas para la práctica del deporte y por 40 o 50 mil rupias (dependiendo de la habilidad del negociante) se puede alquilar un longboard por una hora. Durante 59 de los 60 minutos del alquiler siento que estoy haciendo un papelón y que me mira toda la playa; por fortuna puedo correr un par de olas y durante dos breves lapsos de 30 segundos me siento el mismísimo Luisma Iturria, parado sobre mi tabla. En los puestos callejeros, las que ocupan lugares destacados no son las camisetas de las ligas aussies o las musculosas de los equipos de la NBA que se ven a cada rato por Kuta. Esta noche se juega una nueva edición del clásico español entre Real Madrid y Barcelona, y las que se exhiben son las camisetas de los cracks Neymar y Messi y del infinitamente sobrevalorado Gareth Bale, el jugador más caro del planeta por designios del marketing. Esa noche se hace justicia: Neymar anota un gol, Barcelona vence 2-1 y Bale ni la toca. En las calles se pueden ver varios grupos de muchachos indonesios alrededor de algún televisor, mirando con atención el partido y aullando cada vez que uno de los equipos convierte.
Chau, Bali
Al otro día parto a las islas Gili. Llego, tras tomar una camioneta a Padang Bai y de allí un barco rápido que en una hora y media arriba a Gili Trawangan, la mayor de las tres Gili. Las otras dos, Air y Meno, son hermanitas menores de “Gili T”, una isla a la que se le puede dar una vuelta completa con solo dos o tres horas de caminata, dependiendo de la velocidad del caminante.
Llego de tarde, por lo que ese día no puedo hacer snorkeling. Alquilo una cabaña por 130 mil rupias la noche, dejo mi pequeña mochila en mi pieza y me voy a la paradisíaca playa a nadar un rato. A pesar de ser un lugar turístico hay una enorme paz. Por las callecitas de tierra caminan libremente las vacas y los búfalos. Los locales y los turistas andan en bicicletas. Los “taxis” son coloridos carros tirados por caballos. No hay autos, no hay motos y, curiosamente, tampoco hay perros. Gatos sí: están por todos lados. Al atardecer pido un plato de mi goreng y una cerveza Bintang en uno de los tantos restaurantes de la playa y los felinos instantáneamente se arriman, a ver si pueden ligar algo de comer. El sol desciende y finalmente se esconde tras la vecina Lombok. Sí, ahora estoy mucho mejor. El slogan de la isla es “easy to come, hard to go” (“fácil llegar, difícil irse”). La frase está escrita por todos lados. “Eso está por verse”, pienso mientras me visto. La música de las mañanas allí son algunos pasajes del Corán, recitados por un fiel en la mezquita de la isla y amplificados por unos parlantes. El hombre desafina bastante; de todos modos es una manera interesante de despertarse. A la luz del día se puede apreciar que, lamentablemente, hay mucha basura en las calles. Ningún lugar es perfecto.
En Gili no hay autos, no hay motos y, curiosamente, tampoco hay perros
Bajo el mar
En Bali me dijeron que era posible ver tortugas en las cristalinas aguas de Gili. Ansioso por ver si es cierto, esa mañana desayuno a toda prisa y voy prácticamente corriendo a alquilar una máscara y patas de rana. El precio es una verdadera ganga: por 30 mil rupias puedo conservar el equipamiento durante todo el día. Sin muchos preámbulos me lanzo al agua. Veo peces de todos colores, tamaños y formas. Amarillos, verdes, negros, rojiblancos. También cardúmenes de cientos de pececillos azules y grises, así como grupos de 20 peces que van muy elegantes con sus rayas amarillas, negras y blancas. También me maravillan los corales de color anaranjado y rosáceo. Y de repente la veo: escondida tras un ancla, una tortuga carey con el caparazón del tamaño de una paellera grande. Voy hasta donde está y mi presencia amenazante la hace ponerse en marcha. La sigo todo lo que puedo, pero ella se mueve con demasiada rapidez y gracia, mientras que yo lo hago con lentitud y torpeza y al cabo de un par de minutos se pierde de vista en las profundidades azules. Salgo tras una hora de snorkeling. Me siento en la orilla con una sonrisa de oreja a oreja. “Esto es mucho mejor que Kuta”, pienso por segunda vez en el transcurso de unas pocas horas. Parece que encontré uno de mis lugares en el mundo. Me sumerjo otra vez. Y después una tercera. Cada vez que lo hago descubro un pez nuevo y me pongo contento cuando veo otro quelonio.
Así transcurren mis cuatro jornadas en Gili: snorkeling y playa durante el día, cerveza durante la noche. La isla tiene un irish pub que no se parece en nada a un irish pub: el piso es de arena y el mar está a cinco metros de la barra, literalmente. En una de esas noches de alcohol, siento un impulso irrefrenable de tomar un baño nocturno. Me separo de los ingleses con los que comparto mis noches y bajo hacia la playa. Me quito toda la ropa, la coloco delicadamente sobre un arbusto, me aseguro de que no me vea nadie y me doy un refrescante chapuzón. Al regresar me percato de que las olas se llevaron mis preciadas Havaianas. A la mañana siguiente compro otro par de sandalias de goma. Las pago solamente 20 mil rupias, por lo que no me sorprendo cuando, un día después, mis pies están llenos de ampollas. La vida aquí es muy simple. Leo un libro en la playa, sin preocupaciones. Me pregunto cómo sería vivir en un lugar así, como hacen algunos expatriados que dan clases de buceo a otros extranjeros. ¿Me aburriría pronto? No lo sé. Solo sé que no puedo evitar pensar que los pobladores de la isla son gente afortunada. La paso tan bien en las Gili que casi pierdo el barco en el que debía volver a Bali para tomar un vuelo a Nepal. Ni me percaté de las fechas. Perdí noción de todo. Al final era cierto: a las Gili es fácil llegar y de las Gili es difícil irse. Tomo el barco y miro hacia atrás hasta que las tres islitas se pierden de vista en el horizonte, jurándome a mí mismo que algún día voy a volver.