En medio de la preocupación generada por el entorno regional y presiones mundiales, el Ministerio de Economía y Finanzas (MEF) ha transmitido un mensaje tranquilizador sobre las perspectivas de la economía uruguaya con base en dos factores. Uno es el ordenamiento fiscal, anunciado por el MEF pero cuyo resultado está aún por verse. El otro es el saludable manejo de la deuda pública, con aguda reducción del segmento en dólares. El análisis de lo logrado y de lo que resta por hacer fue realizado para El Observador por el economista Herman Kamil, director de la Unidad de Gestión de Deuda del MEF.

Kamil destacó que, a diferencia de lo que ocurría hasta 2012, cuando Uruguay crecía al promedio de sus vecinos, actualmente se ha desacoplado. Aunque el ritmo de crecimiento ha caído a menos de la mitad de la pasada década de bonanza exportadora, mantiene de todos modos un contraste favorable con la recesión y las turbulencias en Brasil y Argentina. Kamil aseguró que la situación general de la economía, incluyendo la buena posición de reservas y la solidez del sistema financiero, descarta la necesidad de un ajuste fiscal ortodoxo. Pero insistió en que se precisa una consolidación fiscal, a través del reordenamiento de las finanzas públicas.

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Aunque la evaluación es correcta, alcanzar esa meta no está asegurado. Las presiones de una desbordada conflictividad sindical y de sectores del Frente Amplio, que conllevan ampliación del gasto público, conspiran contra el objetivo de bajar un punto el déficit fiscal a 2,5% del Producto Interno Bruto (PIB), adelantado por el ministro de Economía, Danilo Astori. El horizonte de “un aterrizaje suave de la economía” vaticinado por Kamil enfrenta además el impacto de la caída exportadora, por baja de precios y restricción de mercados, así como por la prevista suba de tasas de interés en Estados Unidos.

El gobierno solo alcanzará el proyectado ordenamiento fiscal si es capaz de superar los múltiples obstáculos. Lo ayudará, según indicó Kamil, el manejo adecuado que se ha hecho de la deuda pública, reflejado en el grado inversor que el país recuperó, después de haberlo perdido en la crisis de 2002. El cambio más trascendente en esta área ha sido la creciente pesificación de la deuda, de especial impacto ante la sostenida valorización del dólar, así como la reducción de la deuda neta. En 2005, el 90% de la deuda era en moneda extranjera, después de haber tocado fondo en 2002, cuando el 98% era en dólares. Pero actualmente el segmento en dólares ha caído al 56%, en tanto el restante 44% es en moneda nacional. La importancia de este cambio radica en que, con un dólar en imparable alza mundial, el país ahora gasta menos pesos en cumplir sus compromisos de deuda, al tener menor volumen de vencimientos en moneda extranjera. Por otra parte, la deuda neta, del sector público no financiero, ha caído a un mínimo histórico del 21,5% del PIB, ayudada por el crecimiento del producto.

Los problemas, de todos modos, distan de estar despejados. Las restricciones crediticias que sobrevuelan por cambio de rumbo de capitales y la caída de exportaciones y del consumo interno ensombrecen el panorama. Solo se aclarará si el gobierno resiste las presiones para que abra más la billetera e impone la austera disciplina fiscal que ha prometido, única forma de que se cumpla el “aterrizaje suave” pronosticado por Kamil.

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