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Hoyo 7, nueve y media de la mañana de ayer lunes, un día absolutamente abrazador en la cancha de golf de La Barra, donde la temperatura durante la jornada no bajó de los 33 grados centígrados. Diego Forlán, de camiseta negra, y su hermano Pablo, de camiseta roja, miden cerca del green de ese hoyo el tiro que los acerque al pequeño agujerito negro donde deben colocar las pelotitas blancas, dentro del torneo donde compiten en equipos de a cuatro con otros dos amigos, uno de ellos Sebastián Fernández, jugador experimentado e instructor de Diego.

La pelota del número 10 de la selección uruguaya había caído entre unos teros que miraban el green con gallardía y celo, pues seguro que su nido estaba por ahí cerca. Además, hay moscones que zumban en el aire calcinado de la cancha vacía de La Barra. Solo hay pasto muy corto y milimétrico, unos matorrales lejanos, los teros y los jugadores. Cada tanto aparece un fotógrafo a tomar imágenes del astro uruguayo.
Forlán está acostumbrado a pisar césped corto, pero en otras dimensiones. Aquí no es la sensibilidad de sus piernas y sus pies la que modifica o determina el partido, sino la fuerza y la dirección de sus brazos. Dice que está un poco fuera de forma. Si bien juega al golf desde hace mucho tiempo, la última vez que había entrado a una cancha había sido, con amigos, en su despedida de soltero. Intenta jugar en Porto Alegre, cuando tiene tiempo libre entre cada partido del Inter, donde milita desde mediados de 2012. Pero es difícil porque la agenda de un brasileño de primera línea es demasiado intensa para que un jugador se pueda tomar las cuatro o cinco horas que implica jugar (y caminar) 18 hoyos.

Y eso mismo está haciendo Forlán ahora. Está jugando junto a su hermano mayor Pablo en el torneo que organiza la Fundación Alejandra Forlán, a beneficio de la lucha contra los accidentes de tránsito y por mejorar la calidad de vida de quienes resultan con lesiones por dichos accidentes.

A pesar del calor imposible que hace sudar y dificulta respirar, la estampa de Forlán en la cancha de golf es tranquila y quieta. Bajo una gorra de visera y unos lentes negros, la cara de Forlán se muestra bastante inexpresiva. Hasta tiene un dejo de frialdad a pesar de que el termómetro está por explotar. Transita por la cancha entre los gritos de los teros, los cantos al unísono de los horneros y los chillidos de los aguiluchos. Es que además de un juego, el golf es una buena chance para un curso intensivo de ornitología.

Forlán espera su turno, mira con brazos cruzados o manos en los bolsillos cómo sus compañeros golpean la pelota y avanzan hacia el green, donde bajo la sombra de un pino hay un niño de no más de 11 años con un cartel que reza: “Sr. golfista, juegue a buen ritmo, reponga los piques y rastrille el búnker”. (El búnker es el foso de arena que está junto al green, donde puede caer la pelota si sale desviada).

Cuando Forlán se dirige de nuevo a su carrito eléctrico para jugar el siguiente hoyo, el niño-cartel se le acerca y le pide que le firme el gorrito que tiene puesto. Forlán se lo firma, le pregunta si es de Maldonado, si va a la escuela, lo saluda y sigue su derrotero por los hoyos de La Barra. La actitud le devuelve al jugador el cariño de los uruguayos. Hace unos días, Forlán debió sufrir los insultos y los silbidos de la hinchada de Independiente, en la despedida de Diego Milito.

“Hay gente que se encuentra molesta y tiene su manera de expresarse”, dijo Forlán a la cadena ESPN unos minutos después, en el club house, cuando le preguntaron por ese incidente.

El autógrafo no fue la primera vez que la gente le demostró su afecto ayer lunes. Firmó a lo largo de extensos 18 hoyos dos gorras más de niños, una bandera uruguaya y un par de camisetas celestes. Es difícil concentrarse (en un juego que implica pura concentración y claridad mental) si cada poco rato hay autógrafos, fotógrafos, e incluso espectadores, como sucedió en el tee (zona de salida) del hoyo 12.

Hasta allí llegaron algunos vecinos de las casas linderas y, sentados en reposeras a la sombra de unos árboles, esperaron el pasaje del rubio jugador. Forlán saludó a los espectadores con un gesto. Tomó un putter (el palo con bocha metálica gorda en la punta, usado para el tiro de salida), midió, hizo la práctica del golpe a la nada, practicando su swing y haciendo zumbar el aire con el palo. Un hombre dijo algo imperceptible, pero una mujer (visiblemente su esposa) lo hizo callar para que no desconcentrara al goleador. Fuera por eso o por otro factor, el tiro de salida de Forlán se fue desviado, fuera de la cancha. Con un chasquido de lengua, Forlán prosiguió el partido.

A la altura del hoyo 13 apareció en un carrito eléctrico su flamante esposa, Paz Cardoso, delgada como un ciervo, con lentes marrones y zapatillas de plataforma. Le sacó fotos a su marido, lo mimó y lo alentó desde allí hasta la llegada al hoyo 18. Con Cardoso iba la esposa de Pablo (hijo), Andreína Rosales, con sus dos hijos.

Forlán está de vacaciones y como cada año, aprovechó para apoyar la noble causa de su hermana. Se nota que no está jugando el campeonato por un detalle capilar: no tiene las piernas depiladas. Soportó el yunque del sol de La Barra de manera estoica, y concluyó una faena un tanto despareja a pesar de que se anotó un par de goles de calidad.

Se quedará en Punta del Este hasta el 8 de enero, cuando comience la pretemporada en el Inter, donde tiene contrato por un año y medio más. “Por ahora, en lo único que pienso es en el Inter”, dijo a El Observador, al ser consultado sobre qué va a pasar con su carrera en 2014.

Forlán no ve a Uruguay campeón del Mundo. “Hay que pensar partido a partido. Así sí se puede dar. Porque los grandes favoritos son después los que se caen en primera fase”, opinó.

Punta del Este para Forlán es un sitio de tranquilidad y desenchufe, a pesar de que sale a la calle y la demanda de popularidad se abalanza sobre él. Pero el jugador lo toma con calma, la misma que demostró en la cancha de golf. La popularidad lo persiguió incluso en su reciente luna de miel, en las islas Maldivas. “La gente me pedía autógrafos porque son excolonia inglesa, y me conocían desde que jugaba en el Manchester”, concluyó Forlán.