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Puede ser simple concretar una larga charla con Diego Forlán, pero también muy difícil –según la época del año– porque su agenda no solo carga con un entrenamiento de fútbol y la vuelta a casa para pasar el resto del día libre, como sucede con los demás integrantes del plantel de Atlético de Madrid. El uruguayo es la imagen del equipo colchonero y, aunque su entrenador no lo incluía en el equipo, de la noche a la mañana suena el teléfono y tiene que hacer un viaje de casi dos días a Suecia.

Por esa razón, en el final de la temporada, lo que en un principio debió ser una charla de sábado de tarde tranquila, sin apuros, ni apremios, se transformó en una entrevista de martes de noche, previo al regreso del periodista a Montevideo y del viaje del jugador a Alemania. Ese final imprevisto surgió, primero, porque el periodista perdió la conexión Londres-Madrid y se canceló el encuentro sabatino. El domingo iba a ser para la familia, porque los Forlán habían llegado a Madrid para festejar los 32 años de Diego y ese día emprendían el regreso a Montevideo. Por tanto la cita tenía como destino obligado el lunes, pero de pronto, una llamada de domingo de tarde se transformó en un compromiso que el club tenía en Suecia, que debía cumplir antes del 1° de julio y lo obligó a dejar España hasta la tarde del martes porque el miércoles se embarcaba para jugar con la selección.

Finalmente, como había sido pactado el punto de reunión fue en su hábitat desde hace cuatro años, lejos del ruido de una ciudad de Madrid sacudida por las repercusiones políticas, alejado del ritmo vertiginoso con el que transcurre la vida, a un costado de la capital española, sobre las sierras, en Las Rozas.

Para sorpresa del periodista la charla iba a desarrollarse en un pequeño bar. Pablo, el hermano de Diego y quien lo asesora en casi todo –porque hace de representante, de amigo, y de lo que es, de hermano–, hizo de guía para llegar al punto de encuentro. “¿Estás seguro que acá se puede hablar tranquilo?”, le insistía una y otra vez el periodista, preocupado porque un enjambre de fanáticos en busca de la foto y el autógrafo con el mejor jugador del Mundial de Sudáfrica 2010 pudieran arruinar la charla. Y con total naturalidad, Pablo decía: “Es que acá casi todos lo conocen a Diego”. “Quedate tranquilo”, volvía a insistir.

Un mensaje cae en el celular de Pablo. “Ya salió del aeropuerto y está en camino”, lee el hermano del dos veces goleador de España.

Ya todo está armado para que la entrevista quede registrada en las dos cámaras, mientras la charla con Pablo transcurre por diversos temas de actualidad en una ciudad en la que la primavera se comienza a transformar en verano, con el termómetro instalado en los 30°.

“Ahí viene”, dice Pablo, cuando a lo lejos se acerca una camioneta oscura y vidrios polarizados. Se detiene a un costado en una calle donde se escuchaba con más claridad el trinar de los pájaros que el sonido del motor del vehículo. Diego, que venía como chofer, deja el volante, se despide de su compañera de viaje y se suma a la charla en una de las seis mesas que el bar tenía afuera y que estaban desoladas, cuenta algunos detalles de su experiencia en Suecia, explica que es un país hermoso, que viajó casi una hora en helicóptero y recordó que subió un video en su cuenta en Twitter, e intentó reflejar con gestos el frío que pasó.

Con esa calma que transmite siempre y ese hablar pausado que le caracteriza, empezó a explicar sobre su vida en Madrid, que se puede seguir en los videos que lunes, martes y miércoles publica El Observador digital.