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Gracias. Por devolverle a los uruguayos la camiseta. Ese sentido de pertenencia por una blusa que estaba archivada y desteñida por los fracasos.

Gracias. Por permitirle a los habitantes de un pequeño país volver a creer, ilusionarse, soñar, hasta llorar de felicidad. Pensar que siempre se podía.

Gracias por lograrlo. Por aquel cuarto puesto del mundial, por la Copa América en Argentina, cómo olvidarlo, por las clasificaciones a los mundiales, por volver a caer y volver a levantar y por esta última ilusión. Claro que sí. Si volvieron a embarcar a todos en el sueño.

Gracias por decirle al mundo el orgullo de sentirse uruguayo. Por el sentimiento que sintieron en cada tierra donde se entonó su himno nacional cuando antes ni siquiera lo cantaban.

Gracias por los niños. Como olvidar todos los que salían a la calle bajo una ola de frío para recibir a los jugadores. Por hacerles poner la camiseta de su país, ya no más la de los extranjeros.

Gracias por el proceso Maestro. Gracias por la entrega jugadores. Valió la pena vivirlo para contarlo.

Se terminó un ciclo. Colombia sacó a Uruguay de la copa del Mundo. Y es justo tener memoria. Tal vez vengan otros jugadores. De pronto será otro el técnico. Pero esto fue impagable. ¡Qué importa la imagen del último partido! Este día iba a llegar. Es doloroso, claro. Pero se pueden ir de pie y con la frente en alto.

Señores, hay que sacarse el sombrero con el hombre que lideró esta historia. Al margen de gustos, diferencias futbolísticas, malos o bueno planteos, cambios demorados o bien hechos, molestias por su forma de responder o el defecto que le quieran buscar. El señor que dirigió a Uruguay tuvo hasta la dignidad de decirle NO a la FIFA al margen de todo lo que logró en la cancha y fuera de ella. Se fue con la conciencia tranquila contra el poder de la FIFA que sacó de la cancha al mejor jugador de Uruguay con una pena sin precedentes en la historia del fútbol y que marcó más a un país que al propio equipo.

El partido
Estaba claro que Colombia iba a tener la pelota. Que se plantearía el juego del gato con el ratón. Que tendría el control del balón, que la llevaría de un lado al otro, que jugaría para el ole de su tribuna era todo previsible.

Por eso el planteo de Tabárez. Con cinco hombres en el fondo Maxi Pereira, Giménez, Godín, Cáceres y Palito Pereira. Egidio por delante de ellos y a sus lados Tata González con Cebolla Rodríguez.

El partido quedó planteado desde el inicio. La selección cafetera se plantó en campo celeste y de ahí empezó a manejar el juego. La propuesta charrúa fue poner el juego en el congelador. Quitarle revoluciones a la velocidad colombiana. Prueba de ello es que Muslera se tomó siempre su tiempo para sacar del arco.

Pero claro, a los colombianos les costó encontrar los caminos al arco de Uruguay. Con dos líneas bien plantadas, la celeste no le dejó espacios, no se desprotegió nunca. Y al margen de un tiro libre-centro de James Rodríguez el juego venía sin mayores complicaciones.

Hasta que a tres minutos de llegar a la media hora de juego Palito Pereira restó de cabeza y Aguilar se la bajó de cabeza a James Rodríguez que la paró de pecho y le pegó de aire. Muslera se estiró todo lo que pudo pero fue imposible evitar el gol colombiano.

Se derrumbaba el muro celeste en el fondo. Se planteaba otro partido, el del escenario ideal para el toqueteo colombiano. Les encanta jugar para el ole de la tribuna.

Uruguay salió. Con pocas armas cierto es decirlo. Es que el equipo sin Suárez no es lo mismo. Muslera saca y no tiene una luz que le marque el camino. Los defensas tiran el pelotazo y tienen claro que no estará el delantero que mejor juega de espaldas en la selección. Uruguay sintió la baja de Suárez. Cavani no es lo mismo, es más frontal al arco, va directo. Luis es más mañero, sabe del oficio, genera faltas cerca del área.

Así y todo Forlán asumió un poco la conducción e intentó colocar algunos pases. Sobre la media hora habilitó a Cavani que tiró un centro para el Cebolla pero Sánchez cerró justo de cabeza. Y la segunda opción de Uruguay fue un tiro libre de Cavani que pasó cerca. El resto fue todo amarillo, desde las tribunas a la cancha.

¿Cómo hacer?
Ante un equipo que maneja la pelota, que no la presta, que hace del toque su negocio, valía preguntarse cuál era la mejor forma para enfrentarlo. Si se salía a jugar de igual a igual era suicidio.

Pero claro, todo lo que se podía esperar para el segundo tiempo se derrumbó en un abrir y cerrar de ojos. Después de una brisa celeste donde Palito Pereira generó un tiro de esquina, Colombia puso el pie en el acelerador y terminó con las aspiraciones de Uruguay.

James Rodríguez tomó la pelota por el callejón central y descargó para Armero al tiempo que fue al área a buscar. La pelota viajó al segundo palo donde la bajó Cuadrado para que James tocara al gol.

A juzgar por lo visto en cancha quedaba la sensación de que se terminaba el sueño de los celestes en Brasil. No había armas futbolísticas. El equipo fue superado en todo momento. Solo había lugar a alguna acción aislada como un remate del Tata González que contuvo Ospina abajo. Muy poco para estos combates donde se necesitan de todas las armas y Uruguay no disponía de la principal.

Y fue así. Luego del segundo gol los colombianos se replegaron, entregaron la pelota a Uruguay que fue con mucha rebeldía. A esta altura el equipo había abandonado la línea de cinco. Tabárez sacó a Forlán y Palito para darle ingreso a Stuani y Ramírez.

Uruguay generó una serie de situaciones que de no haber mediado las atajadas de Ospina de pronto le hubiesen permitido meterse en partido. Pero el golero colombiano salvó un remate de Cebolla Rodríguez, un tanteo de Gastón al segundo palo, un mano a mano con Maxi Pereira y un remate desde la izquierda de Cavani.

Uruguay se fue del mundial. Claro que queda el sabor amargo. La tristeza y la impotencia. El llanto de los jugadores.

Pero valió la pena. Recorrer el camino. Encontrar la recompensa. Devolverle a los uruguayos el orgullo. Cantar el himno. Volver a levantar la Copa. Transitar por un proceso serio y coherente, con dignidad. Claro que valió la pena. Gracias.
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