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Sumergí el saquito de té en el agua hirviendo. La cultura milenaria se hacía presente. La taza reposaba sobre la mesa, el aroma invadía parte del ambiente. Guillermo estaba del otro lado de la acera. Estatura promedio, andar sereno y sonrisa amplia. Lucía una camisola clara, pantalones holgados y un pañuelo con colores vivos, que completaba un look bastante atípico para tratarse de un empresario. “Me gusta pasarla bien en lo que hago, si me aburro, me reinvento”, dice este hombre de 53 años, radicado hace 25 en el exterior.

Convirtió una grieta en el mercado en una oportunidad para emprender. Su pasión por la infusión y las costumbres orientales lo motivaron a fundar, en el año 2003, junto a su esposa Anne Sophie e Inés Berton (renombrada Tea Blender) Inti Zen, una empresa que exporta té a varios países de América, Europa e incluso a los Emiratos Árabes. Pausa. No puedo, no debo y no quiero contar la historia de esta empresa antes que la de su creador. Por eso les propongo recapitular e iniciar una ruta salpicada de vivencias, relatos, emprendedurismo y, por supuesto, hebras de té.

Colador de experiencias

CHAMAN CHAI. Despierta los sentidos, intensificando la vivencia

“Hoy temprano, cuando llegué, todo brillaba… El puerto estaba lindísimo, siempre extrañé este mar…”, explica con cierta nostalgia. “Nosotros vivimos en Buenos Aires, de espalda a él. Desde que me fui que me hace falta”. Creció en Punta Carretas, junto a sus padres y sus seis hermanos. “Soy el del medio y el rebelde.

Me vestía un poco extravagante, me acuerdo que me gustaba ponerme una zapatilla de cada color. Y no era para llamar la atención, solo necesitaba encontrar esa singularidad, estaba buscando algo de mí. Ese fue el principio del camino”. De su infancia y juventud tiene los mejores recuerdos. Asistió a la escuela Francia, al San Juan Bautista y al Juan XXIII. Y antes de entrar a la universidad se tomó un año sabático y se postuló para una beca en Estados Unidos. “Me fui para aprender inglés, porque acá no había forma. Tengo una dislexia leve y por eso aprender el idioma me costó tanto. Antes era una dificultad, hoy ya aprendí a manejarla”. Vivió durante siete meses en el estado de Michigan y hasta hoy mantiene el contacto con la familia que lo recibió. A lo largo de su vida sus experiencias han sido intensas. “Siempre me involucré al 100%. Me quise ir a estudiar inglés y lo hice, pese a que mis padres en ese momento no querían. Soy muy guerrero en ese sentido. Lo que me gusta, lo obtengo. Siempre digo que yo no busco, encuentro. Cambiar la posición conlleva una acción de compromiso”. Estudió ingeniería en sistemas en la Universidad de la República aunque reconoce que si tuviera que volver a elegir una carrera haría algo relacionado con el marketing.

Su tono de voz es muy suave y pausado. A pesar de que hay mucha pasión en la historia que relata, mantiene la calma. Espontáneo y muy seguro de sí mismo, es una persona que, aparentemente (y digo aparentemente porque me cuesta creer que alguien no guarde un huequito para ese temor), no tiene miedo a equivocarse.

"Lo que me gusta, lo obtengo. Siempre digo que yo no busco, encuentro. Cambiar la posición conlleva una acción de compromiso"

La vie en rose

DON JUAN. Sensualidad y misterio en una taza

“Cuando tenía la etiqueta de ingeniero de sistemas, conocí a la mujer de mi vida: mi actual esposa y la madre de mis cuatro hijos. Todo un cuento que quedará para otra entrevista”, me dice y de inmediato irrumpo, un poco autoritaria, con un “no, de ninguna manera. Contámelo, tenemos tiempo”, y me preparo para escuchar la historia.

“Antes de terminar la carrera universitaria decidí irme de mochilero a Europa durante nueve meses. Fue en ese viaje que me crucé con Anne Sophie, una chica francesa que viajaba con sus amigas. Nos sucedieron cosas insólitas para poder encontrarnos. Nos vimos por primera vez en un barco que iba de Creta a Santorini. Cruzamos miradas y después, en el ómnibus, ella me preguntó: ‘¿de qué signo sos? ’. ‘De Escorpio’, contesté. ‘Yo soy de Tauro, van bárbaro juntos’. Y entre risas le dije: ‘Hola, mucho gusto, soy Guillermo’”.

La cuestión es que se enamoraron, él se fue a París, ella visitó Uruguay. Estuvieron tres semanas juntos y decidieron casarse. La ceremonia trascurrió en Francia, en un pueblito medieval, muy romántico, casi que de ficción. “Su familia es inmensa, me acuerdo de que en las reuniones de primos eran 300 personas, no lo podía creer”. Se mudaron a París y residieron allí por seis años. Era la década del 90, y el boom de la informática le permitió rápidamente conseguir trabajo como ingeniero en sistemas. “En una empresa me contrataron un año entero para desarrollar un software, y a las dos semanas ya había terminado.

Entonces, me empezaron a enseñar marketing… y le empecé a tomar el gustito”. Se fue a Estados Unidos, con su familia, para hacer un MBA con especialización en Marketing en la Cornell University. Tenía 28 años y asegura que el curso le voló la cabeza. “Sentí que el mundo de las empresas estaba a mis pies. Me codeé con quienes tomaban las decisiones, con números uno, y ahí rompí montones de creencias y paradigmas”.

Parte del todo

INTI GREY. Earl Grey combina en una taza tradición y magia de lugares lejanos

Se mudó con su familia provisoriamente a Argentina (tenían todos los muebles de su primera casa en Francia). En un lapso de 10 años trabajó como product manager de helados Kibon en Kraf Suchard, fue brand manager de Lays, Frenchitas y Bun para Pepsico Snacks, se desempeñó como director de Marketing para Burger King en Argentina y Chile y finalmente como marketing manager de Roundup para Monsanto. “Estuve en muchas multinacionales. Mi padre y mis hermanos son emprendedores y siempre me preguntaban por qué trabajaba en una multinacional en lugar de emprender con mis ideas. Y yo les contestaba que ya iba a llegar el momento. Sabía que iba a suceder”. Guillermo cree que no hay un momento para emprender, asegura que cada uno tiene su timing. “Cada dos años cambiaba de trabajo. Me encantaba lo que hacía, estaba fascinado. No importaba en dónde estaba, trabajaba como si la empresa fuese mía. Muchas personas en las multinacionales se sienten un pigmeo, yo me sentía el dueño. Ya había vivido la experiencia del máster y podía contribuir mucho a mi empresa. Lo hacía desde otro ángulo, no tenía miedos… Es más, en uno de mis trabajos me echaron por hacer algo de lo que estaba convencido”. La idea de montar una empresa que se dedicara a fabricar té de alta gama ya la venía masticando. Sabía del creciente consumo de la infusión en América Latina, incluso él era un gran consumidor de té; iba al supermercado, miraba los productos nuevos, el bichito lo tenía adentro. Paladeaba el Earl Grey de Twinings (té negro con sutil aroma a bergamota) y amaba el Marco Polo de Mariage Frères, “es lo máximo, un viaje, tiene unas notas achocolatadas y de cerezas… Delicioso”, explica y me sugiere probarlo.

“Siempre digo que los emprendedores nacemos de grietas que tiene el mercado, y este continente joven tiene un montón de lugares para ser llenados. La queja constante de muchas personas lo evidencia. Y como emprendedor ahora digo: si hay necesidades en el mercado, aprovechémoslas positivamente”

“Un día, leyendo una revista de gastronomía, me topé con un artículo que contaba de una chica argentina (Inés Berton) que hacía sofisticados blends, que era nariz y empecé a soñar… Con mi mujer, sentados en el jardín disfrutando de un rico té pensamos cómo sería hacer algo con ella y tener un producto que fusionase a Latinoamérica con Oriente. Desde chiquito soñé con empaquetar cosas de este continente y venderlas al mundo. Darles a nuestros productos un valor agregado. Siempre digo que los emprendedores nacemos de grietas que tiene el mercado, y este continente joven tiene un montón de lugares para ser llenados. La queja constante de muchas personas lo evidencia. Y como emprendedor ahora digo: si hay necesidades en el mercado, aprovechémoslas positivamente”. Decidió escribirle a la tea blender. Lo intentó una, dos, tres veces, pero no obtenía respuesta. Finalmente logró contactarse con el esposo de Inés, y fue él quien la convenció de concretar el encuentro. La imagen que proyectó Guillermo en esa primera entrevista claramente no fue la que ella esperaba encontrar. “No quería ponerme la careta del empresario, sino que quería contar lo que realmente sentía. Desde mi pasión por la infusión, desde mis sueños, desde mis ideas. Ella lo sintió así, es una persona sensible y receptiva, y le entusiasmó el proyecto”.
Al mes de aquel encuentro, quemó las naves, renunció al puesto de director de Marketing para Latinoamérica de Monsanto y puso de cómplice a toda su familia en el proyecto, condimento fundamental para que la iniciativa cobrara fuerza. “Cuando le conté al que era mi jefe que tenía un emprendimiento de té de alta gama pensó que estaba loco. ‘¿Té con sabores? Pero si ya hay de frutilla y de limón en el supermercado’. Mi familia, por suerte, me apoyó desde el principio. Los chicos estaban fascinados aunque nos tuvimos que ajustar el cinturón. El club no pudimos pagarlo, el comedor del colegio tampoco… Estuvo bueno, porque todos hicimos un pequeño sacrificio, y eso fue una simpática unión. Mi mujer llevaba las finanzas mientras yo intentaba ir afinando, junto con Inés, la idea. Pero cinco meses después de haber renunciado empezaron a aparecer problemas con las certificaciones y el envasado del producto, y entré en pánico. Me fui a un monasterio en Buenos Aires, necesitaba vaciar la cabeza, ver el problema desde otros ángulos. Fue ahí que entendí que cuando la tormenta está cerca no ves las cosas con claridad. Al cuarto día, sin haber descubierto nada, agarré el auto y volví. Listo. Cuatro días en silencio, necesitaba hablar (risas). Y ahí las piezas del rompecabezas que antes no tenían sentido empezaron a encajar”.

Hacer lo que apasiona

SILENCIO ANDINO. Equilibra cuerpo, mente y espíritu

“Trabajé en todos los lugares de comida chatarra y ahora estoy limpiando mi karma en vida”, reconoce con un gesto cómplice. En el 2003 nace Inti Zen. Inti es “sol, energía, espíritu” en quechua y zen es “silencio profundo y verdadero” en japonés. La fusión de dos mundos, de dos culturas, en una taza de té. Guillermo quería desarrollar una marca de té de alta gama, y tenía como referente la marca Tazo, de la cadena estadounidense Starbucks. “Irrumpimos con los diseños ancestrales, apostamos a un formato de caja cuadrada y colocamos un mensaje en cada uno de los blends. Buscábamos que fuera un mimo para el consumidor, un lujo accesible. Una de las filosofías empresariales que tenía era no estar en supermercados, al menos durante los seis primeros meses. Buscaba que el producto estuviese cuidado”.

En el 2008 nació Chamana, una línea de infusiones de hierbas de alta calidad en saquitos creada por Guillermo e Inés. Es el resultado de una búsqueda de sabores y aromas, son tisanas pensadas para cada momento o estado de ánimo. La marca logró un gran reconocimiento por su innovador diseño y comenzó a venderse en pequeños comercios y posteriormente en supermercados. Pero luego de un tiempo decayeron las ventas y Guillermo decidió que era un buen momento para hacer un nuevo cambio. “Preguntaba en el supermercado el motivo por el que no elegían a Chamana en las góndolas.

"No corremos atrás del número, pero sí detrás de las formas; de cómo hacerlo, de por qué, de para qué. Y son esas formas las que después dan el número”

Sencillo. Cuando consumís hierbas lo hacés por algo, y los Chamana no te gritaban el motivo por el que tenías que consumirlos. Apliqué el marketing del sentido y, pese a tener el reconocimiento por el buen diseño, me animé y cambié. Les puse unos nombres gigantes (Lovely, Detox, Relax), expliqué para qué servía cada infusión y las ventas de un mes al otro subieron cinco o seis veces. Y desde ese momento no pararon de crecer”. Actualmente Inti Zen ofrece 10 sabores y Chamana otros 6. La innovación, ese elemento dinamizador en cualquier negocio, está presente en todos sus productos. “Inés siempre está unos pasos delante de la tendencia mundial, y si a eso le sumás que hace cosas exclusivas, muy pensadas, el producto se convierte en algo único”. Las cosechas son un mix entre Oriente y Latinoamérica. Algunas mezclas se hacen en Alemania y finalmente el producto se envasa en Argentina. Todos los blends hablan de ellos, se comunican con el consumidor. “Los aromas y sabores nos conectan con experiencias, y por eso los consumimos”. Chamana todavía no está a la venta en Uruguay pero Inti Zen se exporta a 20 países, y el próximo destino será Bolivia. La empresa, que funciona en Argentina y factura un millón de dólares anualmente, tiene entre la planta y la oficina 10 empleados. “Yo soy el que saco las piedras del camino, ellos lo recorren. Nosotros planificamos pero soy flexible. No corremos atrás del número, pero sí detrás de las formas; de cómo hacerlo, de por qué, de para qué. Y son esas formas las que después dan el número. Nos embarramos, la remamos en dulce de leche repostero, igual que todo el mundo. La diferencia está en dar lo mejor de cada uno. Esa es un poco nuestra filosofía. Y quizá sea por eso que los consumidores son después los mejores vendedores; se apropian del producto, lo sienten suyo y lo recomiendan”.

Cuando le pregunto por la cantidad de horas que trabaja se encoge de hombros y reconoce no tener un número exacto (y me muero de envidia). “Hay días que trabajo tres horas y otros 24. No las cuantifico. Ayer estuve hasta las 11 de la noche viendo diseños pero recopado. Para mí no son horas de trabajo. Aprendí a disfrutarlo y apasionarme, aunque obviamente hay días en los que tengo que hacer cosas que no me gustan”.

BLANCO LYCHEE. Para vivenciar lo mejor de cada uno, es el blend que prefiere Guillermo, y es el que elegí para cerrar esta nota. El té blanco se elabora con las mejores hojas de las plantaciones y encontrarlas no es sencillo. “En el té negro el sabor te invade, te llena. En el té verde hay un intercambio, el sabor y vos van ‘en busca de,’ y en el té blanco no hay casi aroma ni sabor, sos vos el que tiene que ir a buscarlo. Y cuando estás listo lo encontrás”.