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Si la crónica periodística es la puerta de entrada a la literatura, porque permite hacer ficción a partir de los hechos, Omar Prego Gadea, quien falleció el martes 28 a los 86 años, tuvo el privilegio de pasar por ella con éxito.

Fue periodista y escritor, pero mejor sería decir que vivió del oficio de escribir, que para ambas cosas se precisa. Oficio que comenzó a disfrutar –y a sufrir– cuando a los 12 años descubrió a Balzac, Dickens y Víctor Hugo en la biblioteca de su abuelo, Juan Gadea.

Pero yo tengo más tardes y noches compartidas con Omar como periodista que como escritor, aunque me consta que en él se cumplió la máxima de Jorge Luis Borges de no haber leído en vano, que le gustaba hacerlo por las mañanas y que ese era un trampolín para escribir.

Prego vivió –fue protagonista, sin proponérselo, por su humildad– una época fermental del periodismo uruguayo, cuando las redacciones y la calle eran las verdaderas universidades.

Tuvo un maestro de excepción en Carlos Quijano cuando se integró a trabajar en el semanario Marcha y luego desarrolló lo sustancial de su carrera periodística en El Diario, donde llegó a jefe de Redacción.

En los tiempos que trabajamos juntos –él como director de la revista Zeta y yo como secretario de Redacción– me contó mil anécdotas y ya, con la perspectiva que dan los años, añoraba aquellos periodistas que con los datos fundamentales escribían crónicas amenas y minuciosas, como si hubieran estado en el lugar de los hechos.

Omar tuvo el privilegio de acompañar a Quijano a la imprenta en los días de cierre, que se hacían golpeando el plomo para dibujar las letras. Don Carlos se llevaba a otros periodistas de fuste para tapar los agujeros que aparecieran en las páginas. Cuando ello ocurría, le gritaba a Hugo Alfaro: “¡Alfarrache, hacete un suelto gracioso a dos columnas!”.

Cuando comenzó en el país la dictadura militar (1973-1985), Prego marchó al exilio y se instaló en París, donde continuó como periodista en la mesa latinoamericana de la Agencia France Presse (AFP). Regresó al país en 1987.

A esa altura, ya había hecho su carrera periodística y buena parte de su obra literaria (ver La obra), pero los que pudimos reencontrarnos con él lo disfrutamos. Aprendimos mucho. Dicen que el mejor homenaje que se le puede hacer a un escritor es leerlo. Es lo que hay que hacer con sus novelas, sus cuentos y sus ensayos.

Las comparaciones son odiosas pero yo siento que haber compartido una parte de nuestras vidas puede emparentarse –para mí– con la satisfacción que Omar tuvo al profundizar su amistad con Juan Carlos Onetti en Madrid/París.

Y rescato, para redondear los recuerdos que guardo, una cita de Periquito el Aguador que Omar utilizó como epígrafe al comienzo de Onetti: la novela total, que escribió con su esposa María Angélica Petit: "Hay solo un camino. El que hubo siempre. Que el creador de verdad tenga la fuerza de vivir solitario y mire dentro suyo. Que comprenda que no tenemos huellas para seguir, que el camino habrá de hacérselo cada uno, tenaz y alegremente, cortando la sombra del monte y los arbustos enanos".

Hasta siempre, Omar.