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Estamos sentados en un juego de sofás cómodos y mullidos. Es de estilo country, explica él. Me dice que el sofá o futón donde estoy sentado es de cuero, que la mesa que tengo enfrente con coquetas separaciones es de madera con hierro. Y que los muebles son vintage. En otra entrevista estos serían datos fútiles, pero en esta cobran importancia porque el entrevistado se dedica a eso: a ambientar lugares, casas, hoteles, locales de gastronomía.

Héctor Jorge Liberman, el hijo de un carpintero devenido en diseñador de interiores, formó un imperio en interiorismo que comenzó en Punta del Este, llegó a dos sucursales en la capital, y hoy, más de 30 años después de una parada Mansa sin edificios, los amoblamientos Walmer también están en una esquina privilegiada de Puerto Madero en Buenos Aires, frente al hotel Faena, otra en Rosario (Argentina), pero también en Santiago (Chile), Almería (España) y Miami (Estados Unidos).

El café y la charla con este soñador de la “arquitectura de interiores” se dan, decía, en un living en exposición y para la venta en su mall de la rambla montevideana y la plaza Gomensoro, adonde va poco porque delega y confía mucho en el plantel de asesores en interiores que él mismo formó. Ahora, a sus 56 años, Liberman prefiere hacerse tiempo para disfrutar de los atardeceres o de su nieto Ian, de tres meses.

La felicidad, ah, ah, ah


Un ejemplo de felicidad, dice Liberman, es la caída del sol que disfrutó hace algunas tardes, dentro de su auto de alta gama y calefaccionado, frente a la rambla, a la altura de la escollera Sarandí. La comodidad era lo de menos. Lo que lo colmó fue percibir la dimensión democratizadora que tiene la rambla, porque al lado de él una pareja de jóvenes miraba el mismo atardecer, en una moto de poca cilindrada.

Liberman elije así un episodio al aire libre para ilustrar un momento de su vida actual que lo hace un tipo feliz. Va otro: cuando llega su nieto y él empieza a hablarle como le hablan los grandes a los bebés, y por un instante se olvida que estamos en una entrevista.

“Me tiene total y absolutamente pelotudo”, confiesa como si hiciera falta. Segundos antes de semejante revelación, le había preguntado si la expansión de su marca Walmer por el orbe era, como decía Cerebro, salir a conquistar el mundo. Luego me dirá que no, que quiere conquistar la vida. “Como empresario tuve la satisfacción de poder llegar a países y ver paisajes que nunca imaginé. Pude cruzar varios océanos y vi nuestra marca en hoteles de España, vi mi marca en vehículos españoles..., pero ahora mi vida son cosas como esta (jugar con su nieto Ian, en el cochecito, entre nosotros)”.

Se puede dar algunos lujos, luego de catapultar a Walmer como firma emblemática de muebles y diseño de interiores en América del Sur y Europa. Héctor no sería interiorista si su padre, Paulo Liberman, un lúcido hombre de 87 años, no lo hubiera influenciado, tutoreado y moldeado en el rubro cuando él era un chiquilín de 17 y recién terminaba preparatorios. El viejo Liberman tenía un origen de ebanista, era cultor de muebles tallados, de las esculturas, de un estilo clásico y de impronta artesanal. Empezó como empleado en una carpintería y ahí sintió el amor por la madera, por el tacto y el aroma a madera recién trabajada. Después tuvo su carpintería propia, luego abrió una tapicería y, así, fue encontrando su vocación.

El hijo, en plena adolescencia, tenía delirios de arquitecto. Comenzó los cursos, pero los dejó por ahí nomás y, apuntalado por el padre y patrón, estudió interiorismo en la escuela de Susana Aramayo y Gino Moncalvo. Le agarró el gustito al diseño de interiores y fue puliendo el oficio con viajes para entrenar el ojo. Tailandia y Filipinas fueron sus primeros destinos, antes de cumplir 20 años. Vio telas, muebles, texturas y colores.

En breve entendió que los muebles italianos eran insuperables y comenzó a importar los mejores desde Milán. Ahí innovó. La empresa de amoblamientos familiar pasó a ser importadora a impulsos de Héctor, el hijo formado por Paulo en las tareas “de la casa”.

Fue tomándole la mano a lo que él llama “arquitectura de interior”. Le pregunto qué es. “Es como tener una caja y pensar cómo habitarla, cómo habitar esa caja en todo sentido. Desde el sentido plástico al práctico, funcional. Y desde lo funcional a lo estético, lo que depende de qué mercados estés visitando y qué ambiente quieras construir”.

Don Paulo confió en él desde la pubertad y él honró esa apuesta paternal con trabajo. Aprendió que al estadounidense le gusta más un amoblamiento práctico que uno estético y que el europeo, en cambio, le da más importancia a la estética que a un living funcional. “El objetivo no es ni uno ni otro: es la armonía”, dice Liberman y parece una consigna para nunca olvidar.

De punta al mundo

En 1975, cuando Héctor Liberman era un jovencito con la cabeza llena de ideas, Punta del Este —que ya era un balneario top— estaba en pañales en cuanto a su urbanismo. Todavía no contaba con rascacielos ni grandes construcciones, pero los primeros esbozos de estos se daban sobre la Mansa, precisamente. Héctor se inspiró en el otro lado del charco. “Por el volumen de mercado me vinculé a los argentinos. Mi padre me mostraba un estilo clásico, muy del tallado de la madera, y yo le empecé a mostrar el estilo porteño y lo que había que traer desde Italia”.

“Como empresario tuve la satisfacción de llegar a países y ver paisajes que nunca imaginé. Pude cruzar océanos y vi mi marca en vehículos españoles..., pero ahora mi vida son cosas como jugar con Ian”

De pronto, la mueblería Zuloaga mutó y cambió de nombre. Con la importación llegaron los muebles de estilo minimalista y contemporáneo. Había nacido Walmer.

Paulo le dio vía libre para seguir estudiando, pero Héctor prefirió abocarse a los asuntos comerciales de la empresa familiar. Su lugar de crecimiento económico fue Punta del Este: allí empezó a percatarse de la exigencia de los distintos mercados que su instinto le decía que había que dominar.

Le digo a Liberman que en Colombia ya hay una empresa de interiorismo que se llama Walmer. “Me deben haber copiado el nombre, je”. Revisa su agenda. Bingo: esa misma semana tomaría un café con un empresario peruano y con otro colombiano, ambos interesados en adquirir la franquicia Walmer, para llevarse el know how. También se ha sentado a negociar la franquicia con empresarios de Panamá, Paraguay y México.

Tarea nunca cumplida

Ian, el primogénito de su hija Stephanie (diseñadora de interiores, como él), lo mira y para qué... A Héctor Liberman solo le falta el babero. Vuelve a dejar a este cronista con la pregunta colgada. Dos minutos después retoma el diálogo. “No puedo decir que la tarea está cumplida, porque nunca lo está, todavía hay mucho para hacer. Pero tengo un equipo de gente que me secunda que está haciendo la empresa”.

Liberman es de los que delega, de los que no siente que ha perdido poder por cedérselo a pupilos que él mismo adoctrinó, como su padre lo hizo con él cuando todavía tenía acné juvenil. Está al frente de Walmer Group internacional, algo así como un imperio comercial en interiorismo; él, el hijo del ebanista, el que nunca tuvo un título universitario.

Hoy dice que tiene otros quehaceres: se dedica a los negocios inmobiliarios y “otros desarrollos” que prefiere no mencionar para no avivar a nadie. “Estoy en una etapa de la vida en que pienso que está bueno darle cabida a gente más joven, pujante y con ideas”, comenta. Y pienso en tanta gente añosa y exitosa que no se corre ni 10 centímetros para dar lugar a otros. “El perfil de uno puede opacar e intimidar, entonces creo que puedo estar sin estar”.

“No puedo decir que la tarea está cumplida, porque nunca lo está, todavía hay mucho para hacer. Pero tengo un equipo de gente que me secunda que está haciendo la empresa. Me gusta delegar, atrás viene gente joven”

Si pudiera volver a empezar, haría las cosas de otro modo, quizá se sacaría el gusto de recibirse de arquitecto (cosa que sí hizo su hijo Jonathan, de 30 años), pero con el diario del lunes cualquiera construye su vida perfecta. Quizá, incluso, se animaría a vivir en el exterior algunos años. Pero no pudo porque hubo que apechugar y acompañar a su padre en la ruta del diseño de interiores. Tomó el camino clásico y eligió la bifurcación de la vanguardia, que lo llevó a buenos destinos. “Me convencí, al tomar este camino, que era para ser el mejor”.

Ahora, dice, está en una etapa “pasional” y “romántica”, donde privilegia los atardeceres, los aromas, los abrazos. Este hombre elegante y buen mozo, de piel blanquísima y ojos claros, dice que incluso está disfrutando de su rol de abuelo más que del de padre. No por poder consentir a Ian sin tener las responsabilidades de los padres, sino por ver a su hija como una mamá, que rezonga, alimenta y en definitiva cría a su hijo, como alguna vez él la crió a ella. “No todo pasa por una empresa, que me realiza profesionalmente y es una etapa importante de la vida, la del empresario. Pero uno no se puede ir del mundo sin sentirse realizado en lo personal, rico en valores y afectos”, dice, conmovido.

¿Alguna vez pasó hambre o frío?


“No, sinceramente no... Sé que te lo digo con la panza llena”. En este momento de su vida, Héctor Liberman —el que se fue a Asia con menos de 20 para buscar tendencias para importar— se permite algunas reflexiones que solo da la madurez. “Me encanta el fútbol, soy un apasionado del fútbol, pero el reconocimiento e idolatría que tienen los futbolistas no lo tiene ningún científico. El otro día le dije a un amigo: ‘Nombrame cinco jugadores argentinos’ y me dijo 10 en 30 segundos. Entonces le dije: ‘Ahora nombrame cinco científicos argentinos’ y no supo decirme ni dos. Me nombró a René Favaloro, pero el tipo murió y mucha gente ni se enteró de quién fue”, piensa Liberman. El neurocirujano platense realizó el primer bypass cardíaco en el mundo y con el tiempo se consagró como una eminencia en el mundo. Sin embargo, sigue Liberman: “Ninguna tribuna gritó el apellido de Favaloro... Eso habla de esta sociedad, de estos tiempos, nos ha canibalizado, atado”, agrega. La charla frente a la rambla pocitense deriva al caso Suárez y su mordida más reciente. No puede entender a toda la gente que vio llorar e indignarse por la sanción al salteño, a todos los uruguayos tristes por la durísima pena de la FIFA. “Yo lloré así cuando nacieron mis hijos... ¡El presidente lo fue a buscar al aeropuerto! Creo que habla de nosotros”.

“Posicioné la marca muy arriba, la encapsulé como un producto muy elitista, y viene cualquier pareja a averiguar precios y después dicen: ‘Pensamos que era todo más caro’”

“No les van a resultar prohibitivos, no”. Para eso, él y su equipo de colaboradores más cercanos elaboraron cuatro líneas: glamorosa, polo, country y otra más cálida y accesible. Liberman sabe que tener dinero no da visa de buen gusto. O dicho de otro modo: el buen gusto no se compra en ningún lado. Le señalo la película Ladrones de medio pelo de Woody Allen, en la que una pareja de bribones se convierten en ricos después de hacer un boquete en la pared y se les da por comprar cuadros carísimos y juegos de sofás y paredes multicolores. Se ríe y dice que así, tal cual, pasa en la vida.

Los “nuevos ricos” garpan, son buenos clientes porque derrochan su dinero conseguido de golpe. A ellos les sienta bien lo kitsch, lo dorado, brillante o plateado. “Más luces es sinónimo de más lujo, creen algunos, y eso es un mito absoluto”. No hay mejor táctica que la que difundió el arquitecto germano- estadounidense Mies van der Rohe: “Menos es más” (también atribuida a Coco Chanel, y enunciada hasta el hartazgo por Aníbal Pachano en Showmatch). Es lo que los diseñadores llaman “minimalismo”.

Liberman sabe que vende más si deja que los nuevos ricos o quienes no han refinado tanto el gusto pueden optar por lo brilloso, pero prefiere aconsejar bien y ganar un poco menos. “Tuvimos ese dilema acá adentro, si optar por lo comercial o nuestros principios. Y nos quedamos con lo segundo”. Para eso, sus 40 empleados —vendedores sí, pero también asesores en interiorismo— ayudan al cliente a encontrar el mejor producto para sus necesidades.

Liberman tiene a 10 asesores en diseño en Punta del Este y 15 en cada local de Montevideo, todos con instrucciones de ir hasta la casa del eventual cliente para colaborar en la compra. “Para nosotros es un sofá más que vendemos, para ellos es ‘el’ sofá. La caja tiene que estar pensada”. Y le puso tanto pienso que el Walmer Home Mall es un modelo de negocio que también ofrece colchones Rosen, cortinas Hunter Douglas y hasta la iluminación que el sitio debería tener para acoger mejor a sus residentes y huéspedes.

Para Liberman, la atención al cliente es un servicio primordial (y que no se cobra). Todavía no se anima a la receta del arquitecto Samuel Flores Flores, que antes de diseñar una vivienda le pedía a sus habitantes convivir con ellos un mes para así imbuirse mejor de sus manías y pretensiones.

Eso sí, de la misma forma en que los periodistas somos curiosos por naturaleza y los psicólogos ven traumas en cada sujeto con los que se encuentran en la calle, Héctor Liberman analiza cada decoración que ve en hoteles, restaurantes y viviendas. “Miro todo: los colores, las texturas, el tamaño de los artículos. Esa deformación la tengo y cuando voy a la casa de amigos, las redecoro en mi cabeza. Es como un juego interno que tengo”, sostiene. Lo mismo le pasa cuando camina por Montevideo, Punta del Este o Miami, cuando camina por la calle y mira los edificios con los ojos del arquitecto que no fue.

Está claro que Héctor Liberman no podría copiar la estrategia de Flores Flores. Un mes viviendo en una casa ajena lo privaría de un montón de atardeceres y tardes con su nieto Ian.

No da cifras

En 2007, el suplemento El Empresario de El País le preguntó a Héctor Liberman cuánto facturaba por mes o por año con Walmer, y no quiso revelar una cifra, ni siquiera estimada. Le pregunto por qué no hacerlo. “Es información confidencial, que prefiero no manejar públicamente”, se excusa. En esa nota, previo a la inauguración de una sucursal de Walmer en Puerto Madero, Buenos Aires, se decía que le costaría una inversión de 500.000 dólares.