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Cuando la semana pasada partieron rumbo a la China milenaria, con diferencia de horas, el presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, y el canciller uruguayo, Francisco Bustillo, se sabía que era una carrera desigual. Lula iba como presidente de una potencia regional, que China tenía expectativas se convirtiera en su principal aliado del continente para construir un orden internacional alternativo al que lidera Estados Unidos. Bustillo iba como ministro de un país pequeño, con cierto reconocimiento como cumplidor y observante de las normas, pero que no deja estar bajo el área de influencia del propio Brasil. Lula se reuniría con el presidente Xi Jinping, Bustillo lo haría con el ministro de Exteriores.

El canciller uruguayo viajaba con la intención de avanzar en las negociaciones tendientes a concretar un Tratado de Libre Comercio (TLC), a todo efecto práctico estancadas desde julio del año pasado cuando se dio por concluido el estudio de factibilidad. Y las sospechas/certezas son que Beijing las ha puesto en pausa precisamente hasta tanto pueda obtener la luz verde del gobierno de Lula.

Por eso nuestro mejor canciller la semana pasada en China no era Bustillo, era Lula. Mejor dicho, hubiera sido Lula. De lo que el mandatario brasileño le dijera a Xi sobre Uruguay, dependía el TLC que el gobierno uruguayo pretende firmar con Beijing. Era solo una señal lo que tenía que dar el brasileño. Pero aparentemente no la dio.

Cuando en enero Lula se reunió con Lacalle Pou en Montevideo, dijo que a su entender Uruguay estaba en todo su derecho de firmar un TLC con China, aunque sugirió una fórmula mejorada: que todo el Mercosur fuera a ese acuerdo con el gigante asiático.

Ahora bien, Lula firmó más de una veintena de acuerdos bilaterales la semana pasada en China; fue una visita de altísimo perfil, tanto geopolítico como geoeconómico; acordaron nada menos que hacer sus transacciones comerciales en sus respectivas divisas prescindiendo del dólar, marcando así el momento multipolar que vive el mundo y el multilateralismo hacia el que se encamina por fuera de la tutela de Estados Unidos. Lula asistió además a la toma de posesión en Shanghai de su aliada y delfín político Dilma Rousseff al frente del Banco de Desarrollo de los BRICS, el bloque de economías emergentes que China y Brasil integran con Rusia, India y Sudáfrica y al que Xi pretende tomar como punto de partida para lanzar su nuevo orden global basado en el yuan y otras monedas para sacudirse la égida del dólar.

En un momento, Xi Jinping le dijo al brasileño que era “un viejo amigo de la China”, algo que fue recogido por todos los medios estatales chinos y que, como apuntó un viejo conocedor de China, antiguo corresponsal del periódico Asia Times, eso en el lenguaje de Xi significa “todas las puertas está abiertas”.

Sin embargo, ni una solo palabra de impulsar el supuesto TLC Mercosur-China del que el brasileño había hablado en Montevideo. Los voceros del gobierno chino -tanto los oficiales como los oficiosos- no dijeron absolutamente nada al respecto. El comunicado posterior de Itamaraty tampoco lo menciona.

Y así, fue la historia de dos resultados muy diferentes: Lula regresó de China por todo lo alto y con las alforjas llenas, y Bustillo con las manos vacías.

Al momento del viaje, dijimos desde este espacio que quien debía haber viajado era el presidente, no su canciller, que todos los jefes de Estados estaban yendo a China y que era el momento de que Lacalle también lo hiciera. Sin embargo, es cierto que después de su reunión con Lula en Montevideo, y el ofrecimiento de este para ir con todo el Mercosur a buscar el TLC con China, el presidente uruguayo parece haber abierto un compás de espera, seguramente para ver qué lograba Lula y cómo actuaba sobre lo hablado.

La verdad es que, visto ahora en retrospectiva, no hubiera quedado bien que el presidente fuera a Beijing con diferencia de días del viaje del mandatario brasileño. Tal vez el uruguayo esperaba precisamente este resultado que ahora estamos viendo para relanzar su estrategia y su negociación con China, un Plan B en espera de lo que trajera o no Lula de China, o de lo que trajera en su defecto el canciller Bustillo.

Pues bien, nada se sabe que haya hecho el brasileño sobre el tema del TLC, ni menos aun que le haya hablado a Xi sobre Uruguay en términos de dar una luz verde para el tan llevado y traído tratado bilateral. Bustillo tampoco dio cuenta de ningún avance en ese sentido.

Con lo cual, tal vez sea hora de activar ese Plan B.

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