El hall del Palacio Salvo es como una síntesis del edificio más icónico de Montevideo. Por la entrada transitan personas de todo tipo. No pasa un minuto sin que alguien llame a uno de los tres ascensores principales o sin que un vecino o visitante se acode en el mostrador a hablar con el portero. Los diálogos son constantes, aunque las inquietudes parecen repetirse. Son varios los habitantes del Salvo que, al notar personas ajenas, no tienen empacho en acercarse y preguntar: "¿Qué están haciendo acá? ¿Por qué vienen?".

Además, los habitantes del Palacio siempre tienen algo para decir cuando se les pregunta por el edificio. "Todo lo que digan es mentira. Acá no hay ningún fantasma", dijo a El Observador una señora que esperaba la llegada del ascensor del medio para subir hasta el piso 9. Nadie le había preguntado por el supuesto fantasma, pero tuvo la necesidad de aclararlo de entrada.
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Con su hormigón armado de 87 años de historia, el tiempo lo ha convertido en un contenedor de leyendas, algunas con visos de realidad y otras no tanto, pero tan presentes en el día a día que es imposible ignorarlas.

"Tiene magia", dijo a El Observador Maximiliano Patrón, quien trabajó como portero del Salvo tres años y ahora es auxiliar administrativo en el edificio. Su sentencia puede sonar exagerada, pero lo cierto es que la palabra "magia" es el mismo término que eligieron más de 10 personas para definir al Palacio. Algunos, como Juan del Pozo, que vive en el piso 13, le atribuye esta particularidad a la "forma orgánica" del edificio, algo que le hace cobrar vida. Otros, como el senador Enrique Pintado –que vive en el 4o–, creen que el encanto se debe a su valor simbólico y a todos los personajes que lo transitaron. "Así como cuando uno ingresa en el Senado siente que toda la institucionalidad le cae encima, cuando entrás en el Palacio Salvo sentís que hay un conjunto de historias de bohemia, de personas ilustres, de gente común, que te cae encima".

"Desde el punto de vista de la conservación y de su estética, este edificio es la dama más violada de la historia de la humanidad", José María Reyes, publicista e imitador de Frank Sinatra, piso 18.

El Palacio Salvo es un símbolo de Montevideo al que ciudadanos y extranjeros acuden como referente; hasta la comuna ha usado su silueta en varias campañas publicitarias. Pero la acumulación de deudas y el poco mantenimiento hicieron que el edificio perdiera brillo. Por la pasiva del Salvo pasan cientos de personas todos los días, aunque apenas unos pocos se detienen a mirarlo. En algunos casos, el vallado que puso la IMM en julio –para proteger a los peatones de posibles desprendimientos– cobra más protagonismo que los propios preciosos ornamentos del edificio.

De todos modos, el deterioro de la fachada parece preocupar más a los de afuera que a los de adentro. Nelda González, quien vive en el piso 14 desde hace 36 años, asegura que su edificio es fuerte gracias al hormigón armado y, mientras señala las paredes de su apartamento, argumenta que nunca tuvo una rajadura.

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Conoce el edificio de memoria y, según su descripción, el Salvo es una especie de pueblo dividido en dos: desde la planta baja hasta el piso 10 viven los jóvenes, que se quedan unos años y después se van, mientras que "lo mejor" está en la torre, donde habitan los vecinos de siempre.

La teoría de Nelda no es tan alocada. Juan Odella, de la inmobiliaria Al Sur, explicó a El Observador que los precios de los apartamentos del Salvo varían desde US$ 45 mil a US$ 150 mil, dependiendo del tamaño y de la ubicación. Los más baratos son los que dan a los ductos internos, mientras que los más caros se ubican arriba y tienen vista panorámica. Lo mismo pasa con los alquileres, que varían entre $ 9 mil y $ 15 mil, sin contar los que se ubican en la torre: en ese caso el precio sube, dado que en su mayoría se ofrecen ya amueblados.

De los casi 1.000 vecinos que viven en el Salvo, siempre hay alguien que decide irse. Eso sí, los que se involucran con su historia saben que antes de abandonar el edificio tienen que agradecer, no sea cosa que la suerte los termine abandonando a ellos.
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