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Ubicada a 12 kilómetros de la costa, la isla de Lobos ha atraído a través de los siglos a lobos y leones marinos, a navegantes y a barcos que en noches complicadas de tormenta o niebla no han podido evitar ese escollo y se han ido a pique frente a sus rocas. El primer hombre blanco que la vio fue nada menos que Juan Díaz de Solís en 1516. También la visitó Gaboto cuando una década después anduvo buscando el famoso canal interoceánico.

Desde entonces fueron miles los barcos que se acercaron a Lobos, una colonia natural donde viven unos 1.500 leones marinos y más de 250 mil lobos de mar, algunos de los cuales se acercan al puerto de Punta del Este en actitud casi doméstica para comerse las sobras que les tiran los pescadores.

En estos días de temporada veraniega, la isla recibe otro tipo de visitantes: turistas que quieren practicar buceo en las aguas llenas de lobos marinos. Daniel Piñeiro, de la escuela de buceo Octopus, es uno de los responsables de llevar a los turistas a participar de una experiencia que describe como “espectacular”.

Piñeiro realiza estas travesías de buceo desde hace 15 años, en embarcaciones que trasladan entre 10 y 15 personas en cada viaje. Llegar desde el puerto de Punta del Este hasta Lobos lleva 45 minutos de navegación y una vez allí, el barco fondea por lapso de hora y media. Los viajes se realizan solo sábados y domingos.

Los viajes de Octopus están controlados por la Dirección Nacional de Recursos Acuáticos (Dinara) que no permite acercarse a menos de 35 metros de la costa. El motivo es que en verano los lobos están en temporada de celo. “Son animales que marcan territorio y pueden llegar a ponerse agresivos en determinadas circunstancias”, dice Piñeiro a El Observador. El instructor recalca que en los viajes que organiza nunca bajan a la isla, algo prohibido por la normativa ecológica uruguaya.

“Pero como los lobos son muy curiosos, son ellos los que se acercan al barco, sobre todo las crías, que son como perritos. Quieren jugar. A veces, sin intención, pueden morder a los buzos. Para que eso no suceda, hay que poner las palmas hacia adelante, para que ellos huelan y acaricien con sus bigotes. Muchas veces las inmersiones se hacen en medio de cardúmenes de 50 o 60 lobos”, agrega Piñeiro, quien además de instructor es docente de la cátedra de Arqueología Marina de Facultad de Ciencias de la Udelar.

Recuerda una anécdota hace unos años, cuando estaba nadando con turistas en un día de aguas claras y de pronto les llegó un sorpresivo oscurecimiento. “Fue como la noche –dice Piñeiro–, pero en realidad era un gigantesco león marino. Fue la única vez que vi uno en todo este tiempo”.

Cementerio bajo las aguas
Según algunas investigaciones históricas (como los estudios de Carlos Seijo) habría unos 40 barcos hundidos en torno a la isla de Lobos. Los barcos más antiguos datan del siglo XVII. Hay buques españoles, alemanes, argentinos, brasileños y de otras nacionalidades. “Hasta que no se construyó el faro (1906), Lobos era una trampa mortal un día de poca visibilidad”, explica Piñeiro.

La preservación de los restos tiene dos problemas. Uno es natural: la relativa baja profundidad hace que las tormentas que azotan la superficie rompan y destruyan los barcos hundidos. Un alumno de Piñeiro que bajó a ver un buque naufragado regresó y le preguntó si eran vías de tren, porque ya no quedaba casi nada. El otro es un problema cultural y a la vez económico.

“No existen los recursos para rescatar las decenas de barcos que hay en Lobos. Uruguay debe ser uno de los países con más barcos naufragados. Podríamos tener el mayor museo del mundo en el tema. Pero nunca hay rubro para esto”, reclama Piñeiro, quien asegura que entre la isla y un pequeño islote al este “hay barcos encima de otro barcos”.

Existe un proyecto de reforma de la ley de Patrimonio, que recién estaría redactado para 2014, pero todavía hay dudas sobre qué contemplará en el caso de los naufragios. “Recién están por ver qué hacen”, dice Piñeiro, refiriéndose a los legisladores y a los integrantes de la Comisión de Patrimonio.

Extraña omisión
En el muy pormenorizado y excelente mapa online de Google no se encuentra la Isla de Lobos. Sí aparece con lujo de detalles la Isla Gorriti y la península, pero la isla fue borrada del océano y solo se encuentra un uniforme color azul donde debería estar Lobos.

Para aprender
En Montevideo, la escuela Octopus brinda cursos de buceo que otorgan un certificado internacional para bucear hasta 18 metros de profundidad. Consisten en cuatro clases teóricas, cuatro en piscina y dos salidas al mar. El costo es de $ 7.000. Las clases se dan en el Club Malvín.

Piques y tarifas
El pasaje de barco cuesta US$ 60. Si la persona necesita un tanque de oxígeno, deberá abonar $ 300 extra. Si necesita todo el equipamiento otros US$ 60. Las inmersiones se realizan tanto con tanque como con snorkel, dependiendo del gusto del consumidor. Se hacen entre los cuatro metros de profundidad hasta los 15 metros como máximo. “A mayor profundidad ya no llega la luz del sol”, explica Daniel Piñeiro, de la escuela Octopus.