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Los uruguayos tenemos una idiosincrasia futbolística sumamente particular. Somos incrédulos por naturaleza. La cultura futbolística de este país se siembra en base a la humildad. Se trasmite que el otro es más poderoso. En el fútbol nos gusta jugar con la ropa gastada y los zapatos rotos contra los que lucen las mejores pilchas. Es la realidad. Convengamos que es una realidad que nos agranda.

Y en esta historia de Peñarol en la Copa Libertadores fuimos incrédulos (me incluyo).

El primer argumento fue que no jugaba a nada y que cuando le tocara un cuadrito más o menos armado lo tiraban para afuera. Pero siguió.

El resultado en Montevideo con Inter poco menos que sentenciaba la suerte a favor de los brasileños. La revancha era en Beira Rio. Una estancia. Inter era el último campeón. Imposible por donde se lo mirara. Pero siguió.

Después se habló de la liga que tiene Diego Aguirre. Se le llegaron a hacer preguntas al entrenador por su suerte luego de vencer a Católica en Montevideo por dos errores del golero chileno.

Y llegó Vélez en semifinales. Y como ocurre siempre en Uruguay. Se hablan loas de los rivales, y si son argentinos se multiplican. Bueno, hay periodistas que hablan de partido chivo, dicen “listo” y ahora utilizan el “bueno, nada”. Por favor.

Pero después, con el triunfo del equipo uruguayo, se hace el contra análisis: no tenían nada, les faltó un jugador importante, el Tanque Silva fue una sombra. Pocas veces se resalta una virtud de un equipo uruguayo previo al partido. Después es sencillo analizar.

En el Mundial vivimos el mismo rollo. Uruguay llegó a semifinales. Y Peñarol las está jugando. Pero acá muchos esperan la caída. Hoy, de cara a la revancha de los aurinegros con Vélez, la incredulidad sigue latente. Es nuestra naturaleza. Resaltar al rival y minimizar lo nuestro.