India: crónica de un viaje al otro lado del mundo
Hay un lugar en el planeta en donde reinan las vacas, los matrimonios se arreglan, en las rutas hay vida constante, los sonidos de las bocinas inundan el ambiente y el observador se convierte en el objeto observado
Alguien me dijo una vez que hay ciudades en el mundo que “abrazan” al visitante que llega. Son esas ciudades en las que uno puede caminar o sentarse en una plaza a contemplar cómo la vida transcurre en un lugar que le es completamente ajeno y en las que, sin embargo, uno se siente tranquilo y bien predispuesto a experimentar el placer de conocer.
Con esta idea rondando en mi cabeza, partí a India. Más de 30 horas de vuelo, y 8 horas de diferencia horaria me separaron de Uruguay durante los días en que visité para SEISGRADOS la tierra de Gandhi, los saris y el Taj Mahal.
Sunil no me hizo sentir bajo vigilancia. Su trabajo de llevar turistas de un lado a otro al parecer lo había domesticado, y yo le resultaba una pasajera más. Ante cada intento que hacía por hablarle, él me miraba por el retrovisor y sonreía con timidez. Cuando yo bajaba el vidrio para prender un cigarrillo o sacar fotos, él apagaba el aire acondicionado. En India, todos los autos que trasladan turistas tienen aire acondicionado, de lo contrario, es inevitable sentir malestar después de pasar varias horas a más de 35º de temperatura.
Con esa interacción mínima transcurrieron las seis horas hasta Jaipur. El silencio me dio una ventaja, poder mirar detenidamente la vida de los indios en la ruta. Si se está acostumbrado a las solitarias carreteras uruguayas, las de India resultan un banquete visual. Centenas de camiones de colores trasladan en fila mercadería de una ciudad a otra. Se ven camellos tirando carros, y hombres escuálidos con turbantes que arrean vacas flacas, y mujeres vestidas con saris trabajando la tierra en cuclillas, que a la distancia se convierten en pequeños puntos de colores salpicados sobre los campos verdes.
Acciones cotidianas como bañarse, comer, orinar o cocinar, que un habitante de este lado del mundo realiza en privacidad y evitando la mirada ajena, los indios las llevan a cabo a ojos vista de todo aquel que esté dispuesto a observar. En el camino entre Nueva Delhi y Jaipur descubrí las “bañeras colectivas”, unas grandes piletas redondas de cemento, a disposición de quien precisa darse un baño. Los hombres entran a ellas en calzoncillos, las mujeres con sus saris y los niños desnudos. Se distingue si alguien se bañó allí recientemente porque después del enjuague colectivo, queda flotando sobre la superficie del agua marrón una espesa capa de espuma blanca.
Me habían advertido que en India no se manejan con los mismos parámetros que en Occidente en lo que al tráfico respecta. Un ejemplo es el de las vacas, que son las verdaderas controladoras del tránsito. Cuando una se atraviesa en el camino, hay dos opciones: intentar esquivarla y seguir viaje, o armarse de paciencia y esperar a que resuelva moverse. Sunil me contó que una vez atropelló una vaca que le apareció de sopetón en la carretera, y por tratarse de un animal sagrado no pudo continuar el viaje. Debió pedir asistencia, llevar al animal muerto a un costado de la ruta y hacer una ceremonia de entierro.
Llegamos a Jaipur y estaba dispuesta a “perderme” recorriéndola a pie. Pero para mi sorpresa, en la “ciudad rosa” –se la llama así porque las fachadas de los edificios son de este color– no existen las veredas para caminar. El Fuerte Amber, un complejo de palacios que data de 1592, es la principal atracción turística del lugar. Los turistas llegan hasta allí, y pagan 1.000 rupias (cerca de 20 dólares) para montarse a un elefante que los lleva hasta la cima. “¿Quiere un elefante viejo, de mediana edad o uno joven?”, preguntan los guías a sus clientes. Ante las caras de desconcierto, ellos explican que con el animal más viejo el paseo dura 50 minutos, mientras que con el más joven se consigue alcanzar el fuerte en tan solo 25 minutos.
En esta ciudad, al igual que en las otras que visité, escasean los semáforos, abunda la basura en las calles, se superponen los sonidos de bocinas y pululan los mendigos. La vista rompe los ojos, y no precisamente por la belleza. El caudal de sonidos en el aire resulta ensordecedor. Los indios tocan las bocinas de sus vehículos con cada maniobra que realizan. Al primer día esta conducta sorprende, al segundo irrita, y al tercero lo único que se anhela es llegar a un lugar en donde reine el silencio, aunque los bocinazos sigan repicando en la cabeza.
“¿Y… te animarías a manejar acá?”, me preguntó el guía en Jaipur riéndose. “No podría –le dije– ustedes no parecen tener reglas de tránsito”. “Probablemente en India haya más reglas que en tu país, el problema es que no las respetamos”, me respondió. Rumbo a Agra Sunil pagó el peaje de 100 rupias en la ruta rumbo a Agra, cruzamos el puesto de control y avanzamos en el viaje. A unos 500 metros, observé que algo se movía en la carretera pero no alcanzaba a distinguir qué era. Por el tamaño pensé que se trataba de un animal. Cuando el auto pasó por al lado, vi que era un hombre. Amputado hasta la cadera, se cubría de los rayos del sol con una musculosa transpirada y se iba moviendo rumbo al peaje únicamente a fuerza de la tracción de sus brazos. No había nadie alrededor, y Sunil siguió andando.
El viaje continuó en silencio hasta Fathepur Sikri, la “capital fantasma” que es parada obligada para el turista antes de llegar a la ciudad del Taj Mahal. Desde el auto vi a una mujer vestida de color rojo y con unos lentes negros de cristales redondos, que nos estaba esperando. Se llamaba Jaya, fue la primera mujer con la que hablé en 72 horas y sería mi guía turística durante la visita en Agra. Le dije mi nombre, pero desde el primer momento en que nos conocimos se dirigió a mí diciéndome “Madam” en inglés. Mis esfuerzos por hacerla desistir, explicándole que me resultaba extraño que me trataran de esa manera, fueron en vano. “Usted es mi invitada, y a mi me gusta tratarla así”, dijo con voz chillona. No llevaba puesto un sari, como la mayoría de las mujeres indias. Explicó que le resultaba incómodo para trabajar, por eso elegía usar un salwars, atuendo de tres prendas compuesto por un pantalón-babucha, una camisola hasta la rodilla y una pashmina que cubre el escote y cae sobre la espalda por detrás de los brazos. En la frente, Jaya tenía pintados un punto negro y una raya roja. Me dijo que las mujeres se hacen el punto por coquetería, en cambio, la línea pintada sobre el cuero cabelludo advierte su estado civil. “¡Yo estoy recién casada!”, dijo con orgullo.
Jaya nació en el seno de una familia perteneciente a la casta más alta en India, la Brahmín. La buena posición económica de sus padres hizo posible que ella dedicara su juventud a estudiar inglés sin tener necesidad de “lanzarse” en la búsqueda de un marido. Su esposo, al igual que ella, era guía turístico y su nicho de mercado eran los españoles. “A mi esposo le gusta Shakira… Waka-Waka”, me dijo en un español extraño. Su matrimonio no fue “arreglado”, como sigue ocurriendo en la actualidad en India, sino que fue “por amor”, me confesó. Como su marido es de una casta inferior, la familia de Jaya quedó exenta de entregar la dote que por tradición toda familia debe pagar cuando se casa una hija mujer.
En India, una joven tiene posibilidades de conseguir pareja con mayor o menor rapidez según el color de su piel. A los hombres les resultan más atractivas las mujeres de tez clara, y difícilmente una chica con esta característica llegue soltera a los 25 años. En cambio, las que no tienen la piel clara –que son la mayoría– hacen todo lo que está a su alcance para conseguir aclarar su piel. Si uno se sienta a ver televisión local, se ve asediado por comerciales protagonizados por bellas mujeres en los que se promocionan cosméticos que prometen “blanquear” el cutis. Junto a Jaya conocí el Taj Mahal, la obra arquitectónica más famosa de toda India. No se puede llegar en auto hasta las puertas de ingreso, así que me ofreció recorrer las 10 cuadras de distancia en un rickshaw, un cochecito de dos ruedas que es arrastrado por un hombre que conduce una bicicleta. Los choferes a pie, que llevan a recordar al protagonista de la película La ciudad de la alegría, ya casi no se ven en la India del siglo XXI.
La ciudad sagrada
Mi próximo destino era Varanasi, la ciudad sagrada del país. Dicen que todo indio que profesa el hinduismo debe ir, al menos una vez en su vida, hasta esta ciudad a bañarse en las aguas del río Ganges. El tramo de ocho horas entre Agra y Varanasi lo iba a hacer en tren. Me despedí del auto de Sunil, y un joven llamado Faizan fue el encargado de llevarme hasta las puertas del vagón de camas en el cual viajaría. Faizan era un veinteañero extremadamente delgado, bajito, con un bigote fino y pantalones semioxford estilo años 70. Me contó que estaba estudiando Química, que su objetivo era irse al extranjero, pero necesitaba plata y trabajar en el sector del turismo era lo que le permitía practicar su inglés y hacerse de ahorros. Me preguntó por qué estaba viajando, si era mi primera vez en India, y las pupilas se le dilataron cuando le dije mi edad y agregué que no estaba casada.
Llegó un tren a la estación. La vista del primer vagón me hizo desear por unos instantes haberme ido en avión. Centenas de indios viajando durante horas colgados de las puertas, unos encima de otros, como si fueran ganado. En cuanto el tren para, la secuencia de imágenes que se ve son hombres bajando a toda velocidad de los vagones, que intentan cargar agua en botellas descartables, orinar, comprar algún alimento y volver a treparse al tren. “No te preocupes, tu vas a viajar en un vagón de turistas”, me dijo Faizan. Nunca pensé que la tranquilidad llegaría a mí con un conjunto de turistas japoneses. En cuanto los vi con sus enormes viseras subiéndose al mismo compartimento marcado en mi ticket, supe que el viaje no estaría tan mal.
El olor a quemado en el aire me dio la bienvenida a la estación de Varanasi en la madrugada de un día nublado. El olor provenía de los ghats, que estaban a más de cinco kilómetros de distancia, y son las escaleras frente al Ganges en donde se llevan a cabo las cremaciones de aquellos que eligieron esta ciudad como última morada. Para presenciar una cremación, el visitante debe estar despierto antes de las cinco de la mañana. A esa hora, y con el primer rayo de luz del día, es cuando los hindúes preparan las grandes hogueras para quemar a sus muertos. Ese momento de despedida se transforma en un “espectáculo” para el turista que lo mira desde lejos, a través de una cámara de fotos, sentado en una barcaza a remo que flota en el agua. Los más ricos son incinerados; los que no tienen dinero para transformarse en ceniza piden a sus familias que, llegada la hora, se los envuelva en tela y se los tire al Ganges.
A pocos metros de donde estaban incinerando un cuerpo, dos mujeres con sus niños jugaban en el agua. El marco de la escena lo componían decenas de ofrendas de cartón, con flores y velas, que flotaban en el río. Los locales convencen al turista de comprarlas por 10 rupias, y lanzarlas con un deseo colgando. Dicen que a veces el visitante tiene suerte, y la diosa Shivá termina concediéndole su deseo. Encastres y recuadros A las mujeres indias embarazadas que viven en el campo se les asigna como tarea remover maíz en un balde. Dicen que es un buen ejercicio que ayuda a tener un parto natural, y evitar la cesárea.
En India, almorzar un strogonoff de pollo acompañado de un refresco cuesta lo mismo que un par de sandalias de mujer: 5 dólares (90 pesos uruguayos) India es uno de los cuatro países BRIC, junto con Rusia, China y Brasil. Estos cuatro países concentran al 40% de la población mundial, y concentran el 25% del Producto Bruto Interno (PBI) mundial.
Bollywood
La industria fílmica de Mumbai (o también conocida como Bombay), es una maquina de hacer películas.
Anualmente se producen en el entorno de 1.000 filmes, lo que convierte a esta industria cinematográfica en la más grande del mundo. Puede tratarse de comedias, películas de acción, o incluso dramas. No importa el género, siempre y cuando exista la música y las coreografías exageradas que se utilizan a modo de relleno. Las películas se ruedan en hindi, y se exhiben sin traducción.
En India, los largometrajes que se hacen en Hollywood no llegan al cartel de los cines debido a que un amplio porcentaje de la población es analfabeta y no está en condiciones de leer la traducción subtitulada. Para ver una película extranjera, se debe apelar al DVD. La película más taquillera por estos días en India es “Zindagi Na Milegi Dobara” (Solo se vive una vez), que cuenta la historia de un grupo de amigos que viaja a España para disfrutar de los últimos días de soltería en equipo, antes de que uno de ellos llegue al altar.