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Jorge Arbeleche: "Las nuevas pautas lingüísticas son absurdas, ridículas y grotescas"

Se acaba de publicar El repetido escándalo del gallo, una antología editada por Estuario donde celebra 50 años dedicados a la poesía

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29 de julio de 2018 a las 05:00

Varias veces ganador del premio Nacional de Literatura gracias a una obra poética de calidad que ha sido traducida a varios idiomas, Jorge Arbeleche tiene claro que lo único que puede salvar a la humanidad es el arte. A los 74 años, ya está trabajando en su próximo libro, que publicará en 2019. Su amor a la poesía solo se iguala con su pasión por la docencia, profesión que ejerció con orgullo. Dice que todavía no se olvida de nada, ni de lo bueno ni de lo malo. Y que si no hubiera sido escritor habría querido ser pianista. Conoció a Julio Cortázar, a Mario Vargas Llosa y a Vicente Aleixandre, de quienes guarda un gran recuerdo. Le gusta el cine en blanco y negro de la década de 1940 e ir al teatro de vez en cuando. No cree en el infierno, no soporta la intolerancia y piensa que en la vida solo hay una cosa realmente importante: los afectos.

Cincuenta años aguantando el mostrador de la poesía no son pocos. ¿Cómo lo lleva?

Bastante bien. Después de 50 años la poesía es para mí ya algo natural y, al mismo tiempo, esencial. Lo digo casi en un sentido religioso, pero sin dogma. La poesía es algo que vale la pena. En mí, creo que es la zona más íntima, más despojada y más verdadera. Porque en poesía no se puede mentir. Creo que también me ha ayudado a sentir la trascendencia del hombre, que no pasa de largo sobre la Tierra. Al fin y al cabo, al menos leímos un verso de Homero o aquella respuesta memorable de Don Quijote de La Mancha, cuando los demás dudan de su identidad: "Yo sé quién soy", exclama airado. Para mí la poesía es mi seña de identidad, es la que me dice quién soy, mucho más que cualquier documento.

Publicó su primer libro en 1968. ¿Cómo recuerda esa época?

Era una época convulsa. Yo escribí los poemas de mi primer libro, Sangre de la luz, algún tiempo antes del Mayo Francés, pero igual hay referencias en mi texto a la guerra de Vietnam y al estado caótico del mundo. Nadie era indiferente a nada en esa época. Fue de una turbulencia absoluta. Allí empezó a vislumbrarse el poco sentido que tenía todo y comenzaron a desmoronarse varias verdades establecidas.

Hoy es otro mundo; ¿cómo ve el panorama cultural uruguayo?

Mal. Si miramos la poesía, por ejemplo, ya no se hace ni crítica. Se eliminó de los medios de comunicación un género literario entero. Creo que es un síntoma de los tiempos que corren y que pasa en varios países de nuestro continente. Creo además que las conquistas de la época del llamado boom literario de Latinoamérica, cuando se colocaban textos sudamericanos hasta en Irak, se han deteriorado notablemente.

¿Qué opina del reciente diferendo entre el actor y director de teatro Franklin Rodríguez y las autoridades del teatro El Galpón?

Estoy absolutamente en contra de la actitud que aparentemente tomó El Galpón. Digo aparentemente, porque solo conozco lo que leí en los diarios. Soy amigo de la institución, pero estoy en contra del absolutismo y los totalitarismos. No soy amigo de Rodríguez, creo que no estuvo feliz en sus dichos, pero estoy siempre a favor de la libertad de expresión.

En su vida parece haber dos poetas que sobresalen: Juana de Ibarbourou y Federico García Lorca. ¿Qué significan para usted?

A Juana la conocí de muy joven. Yo tenía 20 años y la traté durante una década. La admiraba ya antes de conocerla. Me parecía una mujer sencilla, luminosa, tierna y de una bondad extraordinaria. Y, sin embargo, fue muy infeliz. Cuando aparecía el hijo se le trasformaba la cara en una mueca de terror, eso lo vi yo con mis ojos. Era muy generosa y también tenía un espíritu crítico. Pero nunca habló mal de nadie. Como poeta yo la admiro, se la ha tratado de cursi, pero para mí su emocionalidad es muy valiosa. A mí me gusta la Juana de la última época, la de la vejez. A pesar de ser una católica practicante, se nota que el abismo de la muerte existe para ella en esa etapa. Con García Lorca es diferente. Lo curioso, quizá, es que yo conocí primero su obra, de la que me enamoré, antes de enterarme de todo lo demás, del aspecto político, etcétera. Arranqué directamente con Bodas de sangre y quedé deslumbrado. Después supe del fusilamiento o de su relación con Salvador Dalí, un artista al que respeto mucho pero que, como a Borges, quiero poco.

Fue profesor de literatura durante muchos años y después inspector. ¿Cómo ve la educación uruguaya?

Veo muchos problemas, está muy mal. Yo estoy jubilado hace unos cuantos años y ya estaba mal en ese entonces. Y aun desde antes estaba en crisis. Creo que la educación es el pilar principal de cualquier sociedad y que hoy las autoridades están "chamboneando" con el tema. Digo esto porque siento que anuncian novedades sin sentido a cada rato. Sé que puedo sonar conservador, pero yo creo que hay cosas de la educación de antes que estaban bien. No creo que haya que educar para el mercado de trabajo, por ejemplo. No se puede conducir la educación como si fuera una fábrica, con sentido mercantilista. Y, sin embargo, se quiere ir por ese camino. Como también me parecen absurdas, ridículas y grotescas las nuevas pautas lingüísticas que quieren imponer los gobiernos para lograr un lenguaje inclusivo. Escribir "otres", en vez de "otros", me parece francamente estúpido. Los niños de hoy salen sin saber leer ni escribir. Ni hablemos de eso de no corregir más las faltas de ortografía. Un sinsentido. No conozco a nadie que se haya traumado porque le corrijan un error ortográfico. l

El repetido escándalo del gallo


Editorial: Estuario Editora
Páginas: 336
precio: $ 450

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