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María Olga Piria es una artista uruguaya que transitó por las artes plásticas y la orfebrería. Alumna de Joaquín Torres García en el taller del maestro de la pintura, también dedicó parte de su vida a la música. Entre recuerdos y emociones, Piria dialogó con El Observador para repasar una trayectoria repleta de obras de arte, experiencias y momentos grabados para siempre.

Nacida el 28 de abril de 1927, es la única artista con vida que participó del taller en esa época, que comenzó en 1943. Piria relató cómo nació su gusto por el arte y se remontó a su infancia. “Todo comenzó cuando iba a la escuela Francia. No me gustaba estudiar. En muchos momentos, en mi etapa de Primaria, lo que hacía era dibujar. Me quería dedicar a dibujar. Incluso, terminé la escuela y fui un año solo al liceo. Lo abandoné. Realmente no me gustaba”, expresó.

En esos años, el Taller Torres García funcionaba en la calle Abayubá 2763 –en el barrio Arroyo Seco–, enfrente a la casa de Joaquín Torres García. Se trataba de un local que era sustentado a través de un grupo de alumnos, que pagaban su alquiler.

En 1943, Piria inició sus estudios en el Círculo de Bellas Artes, y continuó, tiempo después, en la Escuela Nacional de Bellas Artes. De esta época, con 16 años, no recuerda detalles exactos.

Para su familia, sus condiciones eran innatas, y un año después (1944) llegó al taller de Joaquín Torres García.

Recuerda que por el comentario de una persona allegada, con 17 años, conoció la existencia del taller, y así fue como llegó hasta el pintor. “No estaba satisfecha con lo que hacía en Bellas Artes. También por eso me fui. Y cuando me enteré de la existencia del taller, no lo dudé”.

Llegado el momento de hablar de Torres García, a Piria se le iluminan los ojos. “Estar ahí fue maravilloso. Sentía que todo era impresionante. Recuerdo que otros y yo íbamos pintando, y en algunas ocasiones él nos corregía. Pero quien era el principal asistente era Augusto Torres, su hijo mayor, quien nos iba diciendo cómo hacer las correcciones. En ciertas ocasiones, el maestro solo miraba. Fue increíble haber compartido todo eso con él. Y, todavía, gratis”.

En 1944, paralelamente a la concurrencia al taller, estudió música y ejerció la docencia de piano y solfeo en el Conservatorio Kolischer de Montevideo. La artista recuerda que no tenía días ni horarios fijos para concurrir al taller.

Comentó que iba cuando quería, y que en varias ocasiones llegaba temprano y se retiraba en la noche, ya que, según relató, “allí pintaba, conversaba, al mediodía almorzaba, aprendía muchísimo. Realmente me sentía bien”.

“Torres me miraba pintar y dibujar retratos, y me decía que era buena haciéndolo”, cuenta Piria con una sonrisa, como aprobando un recuerdo tan rico como simple.

Agregó que: “De las mejores enseñanzas que recuerdo del maestro, era cuando enseñaba a medir objetivos, las distancias y proporciones, todo con la vista”. Además, “Torres no era de dar demasiados consejos de forma personalizada, pero cuando sacaba una conclusión y vertía un concepto, sonaba casi como un dictamen, un veredicto”.

Hasta 1949, por medio de invitaciones y becas, viajó a Chile, Brasil, España, Francia y al norte de África. Siendo alumna de Torres García, expuso junto con el taller en las exhibiciones realizadas en Uruguay y en el exterior.

Fueron unas 30 exposiciones individuales de joyas y pintura. Además, intervino en más de 150 exposiciones colectivas en Uruguay, Estados Unidos, España, Argentina, Alemania, Francia y México.

Con el paso del tiempo, dejó la pintura y se dedicó a las joyas. En 1957 empezó a diseñar alhajas que fueron realizadas exclusivamente por su esposo, Carlos Jaureguy. Su gusto por la joyería nació cuando Jaureguy, en ese año y antes de un concierto, tomó una chapa de bronce, la cubrió en algunos sectores con barniz y la trabajó bajo un proceso galvánico. La pieza quedó grabada. Luego le puso un alfiler de gancho, la lustró y se la obsequió a Piria, quien quedó sorprendida.

Piria estaba vinculada al estilo constructivista porque los representantes del taller se identificaban con este. “Fue aprendiendo ese formato, pese a no gustarle, y luego con el tiempo comenzamos a crear joyas con un diseño en esa línea”, comentó Jaureguy.

Entre 1958 y 1960, por desavenencias con Augusto Torres, Piria abandonó el Taller Torres García, y su actividad artística se circunscribió al diseño de joyas.

En relación a los premios que recibió en su carrera, expresó que poco le importaron, y que los reconocimientos más trascendentes que logró en su trayectoria fueron por piezas que hizo en orfebrería.

En referencia al presente, Piria hizo énfasis en la falta de pintores y escultores. “Actualmente no hay artistas que sean referencia. Ni en Uruguay ni en otros países. Y menos un maestro como Joaquín Torres García. Tuve mucha suerte de estar con él. Si bien era muy joven, fue un paso adelante luego de haber estado en la Escuela de Bellas Artes. Pero antes era muy distinto. Realmente no sé qué será del arte en el futuro”.

Mirando hacia afuera por una ventana, Piria dice: “Lo que más feliz me hizo fue pintar. Sin dudas. Lo de la orfebrería era dibujar y diseñar para que Carlos hiciera las joyas. Realmente no siento que me quedara mucho por hacer. Pinté, hice retratos, dibujos, diseñé figuras para alhajas. Fui profesora de canto y estuve en un coro. Es decir, hice todo lo que quise. Así que realmente fui muy feliz”.

Con una sonrisa llena de satisfacción y orgullo por un pasado rico en contenido, su historia se enmarca en una época de apogeo artístico.