La ballena más famosa de Punta
Luego de tres décadas frente a la explanada del puerto puntaesteño, Moby Dick se ha transformado en un ícono
La obsesión del capitán Ahab: esa es Moby Dick, la ballena cachalote blanca (muy parecida en forma a la que apareció muerta en la playa Carrasco hace unos días), que desde 1851 surca los océanos desde el libro homónimo del escritor estadounidense Herman Melville, un auténtico clásico de la literatura universal.
Pero, en Punta del Este, Moby Dick no remite inmediatamente al libro, sino que es sinónimo de puerto, de noche, de baile, tragos, fiesta, diversión, y también borrachera y descontrol. Porque Moby Dick es hoy, con más de 20 años de vida, el pub más representativo de Punta del Este. Ha resistido modas, tendencias, cambios geográfico-comerciales, cambios etarios, crisis agudas y bamboleos turísticos varios, y todavía está al pie del cañón en ese quincho de dos pisos, e incluso se amplía hacia uno de los costados. Sus vecinos han cambiado de nombre, han abierto y han cerrado, pero Moby Dick se mantienen como estandarte.
Mucha gente conoce el pub (porque lo ha visitado o porque le han hablado) pero son pocos los que conocen su historia, desde la génesis hasta el presente, luego de mil y una noches de agite, amaneceres de besos, piñas y resaca, mediodías tranquilos y sobrios de almuerzo, atardeceres dorados y punteados por los mástiles de los veleros, y noches que llegan con fuerza renovada.
El origen
Hasta el verano de 1991-1992, la casa donde se encuentra el pub Moby Dick frente al puerto de Punta del Este era una casa de familia, que tenía la particularidad de exponer junto a su puerta de entrada una canoa y un largo remo.
Antes de Moby Dick, en el puerto no había demasiada actividad nocturna sobre la rambla, salvo los restaurantes Seaport y Pepino. Incluso no se usaba la palabra pub en Punta del Este. Tanto es así que la intendencia no tenía un normativa concreta sobre el tema para este tipo de establecimiento, y comenzó con una habilitación como snack bar.
En el verano de 1992, abre el pub con el nombre Moby Dick, de la mano de su dueño, Pablo Tieffenberg y su amigo, el arquitecto y diseñador Jorge “Macoco” Ardanz. “Surge porque se buscaba un nombre clásico, vinculado al mar. La idea de ponerle el nombre de la reconocida obra de Herman Melville fue sugerencia del arquitecto Macoco Ardanz, un especialista uruguayo en el diseño de barras de bar que fue autor de varios libros vinculados al tema”, cuenta a El Observador Sebastián Freire, uno de los actuales directores del pub.
Moby Dick acompañó la ola de efervescencia económica de la década de 1990 en Punta del Este, y fue lugar de encuentro de un conjunto tan variopinto de personajes que incluye en todo este tiempo desde navegantes de la regata Whitbread alrededor del mundo hasta jugadores de rugby del Seven a Side, jóvenes imberbes de Maldonado y Punta del Este, hijos de la clase trabajadora y profesional de estas dos ciudades que se han terminado uniendo en su diagrama urbano producto del crecimiento y de decenas de factores demográficos y socioeconómicos.
Y como un pequeño embudo de quincho, todo el que quisiera una noche de diversión o de locura, una noche de levante o de descarga, de alegrías y de frustraciones, iba a terminar a Moby Dick.
“Moby Dick abre todos los días del año con bandas en vivo y su estufa a leña, en invierno. A medida que se acerca el calor, también se acerca el movimiento y la gente es la que le da la mayor calidez”, agrega Freire.
Una noche de tantas, de esas que transcurren tranquilas en invierno, Moby Dick recibió un visitante insólito. “Para sorpresa de todos los clientes y personal del negocio, un lobo marino cruzó la calle, pasó la puerta, entró por la barra y se instaló arriba de un freezer. Se quedó muy cómodo ahí ubicado y después de un rato, decidió retirarse… ¡y se fue sin pagar la cuenta!”, dice Freire entre risas.
Pero en estos 22 años no todo ha sido color de rosas y también hubo alguna noche complicada, con botellazos y peleas, con algún patovica violento y con pulsiones que llegan al máximo. Pero eso es parte de un local nocturno donde a veces la sed le juega una mala pasada a la gente.
También es un sitio donde, por las mismas razones, la gente se olvida cosas: ropa, carteras, celulares, tarjetas de crédito. “Una vez encontramos un corpiño en el baño que nunca reclamaron”, explica Freire.
Esta temporada Moby Dick amplió su casa con un anexo en el local lindero, con la misma decoración entre marinera y shabby chic. Tradicionalmente pequeño, el pub se llena con facilidad. Y, a pesar de sus dimensiones reducidas, se hace espacio para una tarima donde han pasado diversas bandas de covers uruguayas y argentinas.
Desde el punto de vista comercial, el horizonte es el crecimiento. “Apuntamos a expandir la marca, en diferentes países, aprovechando la fuerza de la marca Moby Dick y Punta del Este. El reconocimiento de Moby Dick por turistas de todo el mundo ayuda a esta expansión. La idea es poder acercar la mística de Moby Dick a distintas ciudades de la región”, dice Freire.
“La gente lo convirtió en un clásico, y lo clásico dura de por vida, pese a las modas eventuales. Hoy por hoy es un referente de Punta del Este y Uruguay, un lugar obligado de visita que está presente en todas las guías turísticas y actualmente portales turísticos”, concluye. Cientos de parejas se han juntado y se han peleado dentro del local, miles de canciones han sonado en cada época (las de moda en verano, las de siempre todo el año), dentro de estos muros que tienen fama de monstruo marino rebelde, que avanza hacia nuevas aguas.
El francés dadivoso
En un hecho sin precedentes, este verano un turista francés que había ganado una abundante suma en dólares en el casino se presentó en Moby Dick y desde el balcón comenzó a arrojar billetes verdes al público ubicado sobre la vereda. Se armó un revuelo bárbaro y algunos sacaron tajada de la situación. “A nosotros nos gusta el perfil bajo. El incidente nos molestó un poco”, dijo Sebastián Freire, uno de los directores de Moby Dick.