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Por detrás del cerco natural de pinos (o artificial, si tomamos en cuenta que los plantaron Antonio Lussich y Henry Burnett encima de dunas de arena) se extiende una campiña de pastos cortos, la misma penillanura de suaves ondulaciones que enseñan las maestras en la escuela, donde pastan vacunos mansos y trotan caballos que levantan sus cabezas elegantes cuando pasa algún auto por los caminos de pedregullo. La interacción entre estos dos espacios es más o menos fluida, sobre todo si los citadinos tienen excusas para ir al campo.

Una de esas excusas puede ser comer en una pulpería. A menos de dos kilómetros del centro de La Barra, casi escondida a espaldas de un bosquecito de pinos se encuentra No Seas Malo, un restaurante muy particular. Denominada como pulpería, No Seas Malo es una casa de comidas criollas, donde la carta del chef Federico Spiller prioriza platos de raigambre nacional, y a la vez es una mezcla entre una colonia de artistas naturistas –fundamentalistas de la construcción en barro–, de amigos con afinidades propias, de parroquianos de diferentes países que se volvieron habitués y de gente que cae a quedarse en algunas de las cabañas “verdes” que se construyeron en el mismo predio.

De esa particular amalgama sale un lugar que tiene platos de campo, en un contexto semirrural puntaesteño, pero con una impronta que recuerda mucho a Rocha. “Tengo el Polonio acá, pero con pinos y sombra”, dice López al recibir con un abrazo a unos amigos que llegan por primera vez con caras sorprendidas.

El proyecto de un ex publicista
La idea de No Seas Malo nació a mediados del año pasado, cuando algunos de los integrantes de amigos vinculados a Alfonso “Foncho” López se asociaron para abrir la pulpería. López, un ex publicista y diseñador nacido en Montevideo, vive desde hace ocho años en ese predio a 10 minutos de La Barra. Tomó la decisión de cambiar de vida cuando una tragedia tocó de cerca a un amigo. López se metió de lleno en el estudio de la construcción con barro.

El tema del barro es muy importante para los lazos entre la comunidad de amigos, que no viven en comunidad. López aprendió a construir los ranchos de barro y hoy tiene una pequeña legión de seguidores en la práctica, gente conocida que también se está haciendo su casa de ese material. Una de ellas es Didi Rodríguez Varela, una argentina que es moza en la pulpería, novia del barman. Entre los dos están haciéndose su hogar en La Barra. “Es genial: en verano es fresco, en invierno es cálido. Absorbe la humedad”, argumenta Didi Rodríguez. “Es volver un poco a la madriguera”, refuerza el comentario López, quien repite la palabra “bio-construcción” como la base de su filosofía de vida.

El ámbito comunitario se vive en cada relación entre los integrantes del proyecto pulpero.
Por ejemplo, la huerta orgánica es trabajada por Juan Miguel Bonner, quien a su vez se está haciendo un rancho de barro con la ayuda de Foncho López. “La onda acá es el trueque y todos recibimos amor del otro”, explica López.

Además de la pulpería, en el mismo predio funciona una pequeña galería de arte y unas cabañas en los árboles funcionan como improvisado hostel.

Tratar bien al parroquiano
La llegada a No Seas Malo tiene caminos sinuosos y no mucha cartelería. “Es que tengo miedo de que se llene, y no es la intención”, dice López, sentado frente a una mesita con mantel de cuadritos blancos y rojos, bajo una pérgolas de cañas agrisadas por el sol, pinchando unas aceitunas, con unos pancitos caseros con paté de foie, también casero. Al que llega le sirven una exquisita limonada con pepino, menta y jengibre, que saca la sed al instante.

En los alrededores hay gallinas que picotean el pasto, una pequeña huerta orgánica, restos de fogones de noches anteriores, algún perro que se rasca una pulga, mientras en la cocina se preparan los ingredientes para la cena, el momento en que No Seas Malo recibe más visitantes.

El énfasis en lo uruguayo se hizo, por ejemplo, en que el nombre fuera una expresión muy oriental. “Acá hay muchos términos en inglés. Todo es after, sunset, chill out y demás. Acá queremos algo un poco más auténtico”, dice López. A la combinación de queso y dulce de membrillo no quieren llamarle Martín Fierro, “porque así le llaman los argentinos”, explica el dueño. “Entonces le pusimos, ‘Romeo & Julieta’. Ahora, pensándolo bien, no sé por qué hicimos eso. Deberíamos haberle puesto ‘queso y dulce’”, concluye con una risa.