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Todo Mundial tiene alguna de estas historias. Alguna termina bien, como le pasó a Bulgaria en 1994, o a Croacia en 1998. Alguna queda a medias, como Camerún en 1990. Con esta última imagen se irá Argelia del Mundial Brasil 21014: llegaba poco menos que de casualidad a la segunda fase, luego de atravesar una fase de grupos mediocre, y se enfrentaba a uno de los grandes favoritos y de los de mejor rendimiento, como Alemania.

Lo esperable era una goleada. Pero son las cosas lindas de los Mundiales: aún cuando los rendimientos dentro del mismo torneo hablaban de una historia, en la cancha se dio otra diametralmente opuesta: con sus limitadas armas, los africanos se defendieron. Pero a diferencia de lo timorato que fue en el debut ante Bélgica, por ejemplo, Argelia se lanzó de contraataque. Llegó una, dos, tres veces. Y si en un principio era casualidad, o error de Alemania, dejó de serlo. Los africanos se fueron sintiendo cada vez más cómodos, y los europeos, que entraron a cumplir con un trámite, se fueron encontrando con una tarea cada vez más complicada.

Hay algo lindo de este mundial: no hay mediocampos, y los equipos son los suficientemente compactos (“cortos”, según la jerga que les gusta a lo DT) para lanzarse en ataque o en defensa decididamente. Se ven equipos que defienden con nueve, sí, pero tienen la virtud de pasar a buscar el arco rival en segundos. Y si aciertan en los pases (algo que le falló a Uruguay con Colombia, por ejemplo) se vuelven equipos temibles.

Eso le pasó a Argelia, que de a ratos tuvo contra las cuerdas a Alemania. Pero perdonó. Y si hay una regla no escrita en el fútbol es que a los alemanes no se los puede perdonar, porque te van a matar. Los dirigidos por Low, entonces, reaccionaron, y arreciaron contra el arco africano. Dieron un manual de cómo atacar contra un equipo bien cerrado: por adentro con toque, por afuera con corridas al fondo tras pases largo, por arriba. Se encontraron con un arquerazo como Rais, que le sacó cada chance de gol.

Los 90 minutos se cerraron con más de 25 llegadas de gol, un oasis de felicidad en un fútbol moderno en que DTs como Mourinho pretenden volver al antiguo régimen del catennacio, una vez terminada la monarquía de España-Barcelona. Y sobre todo, con una sensación de imprevisibilidad absoluta, a pesar de que de un lado estaba la gigantesca Alemania, y del otro la pequeña Argelia.

El alargue, en ese sentido, era un regalo a los ojos. Pero lamentablemente no duró nada: a los 91’ Schurrle, que había entrado en el complemento, metió un taco sudamericano para desviar la pelota en un centro y anotar el 1-0, que al final fue 2-1 con el gol de Ozil y el descuento de Djabou. Fue una jugada casi sudamericana, para un equipo que hasta cambió pasaporte buscando argumentos para ganarlo, y así ganó su lugar en cuartos de final.
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