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En menos de un mes murieron dos de los mejores compositores de música popular de la última mitad del siglo XX (y de lo que va de este). La tercera década está a la vuelta de la esquina. Los dos murieron cuando aún tenían mucha nafta en el tanque como para seguir creando y sorprendiendo con ritmos y melodías nuevas, eso cada vez más difícil de lograr. El parnaso de los grandes de la música rock y pop ha perdido a dos pesos pesados en serio, de esos que aparecen muy cada tanto y por eso hoy los amantes de la música tanto lo lamentan, pues vivimos tiempos raquíticos en cuanto a generación de ideas estéticas que puedan considerarse innovadoras. En su libro ¿Qué es la filosofía?, en donde afirma que "la filosofía hoy sólo puede darse como una reforma de la música", Giorgio Agamben dice también: "La mala música que hoy invade nuestras ciudades en todo momento y en todo lugar es inseparable de la mala política que las gobierna". Habrá que recordar esto cada vez que veamos a un político en televisión exhibiendo tan campante la mediocridad de sus ideas –en caso de tener alguna– y la ausencia de vuelo intelectual, como cuando escuchemos la radio sin entender que las horrendas canciones que las emisoras programan infinidad de veces al día son las favoritas del público. En tiempos en que coinciden sin pudor Donald Trump, Nicolás Maduro, J. Balvin, Maluma y etcétera, la afirmación de Agamben resulta inapelable.

En menos de un mes, como si la muerte hubiera salido con su poderosa escoba, murieron Tom Petty (1950–2017), de quien me ocupé en esta misma página semanas atrás, y Gord Downie (1964–2017), líder y cantante de The Tragically Hip. Nunca he podido entender, y lo digo a manera de pregunta en voz alta para la cual carezco de respuesta, por qué en Uruguay, salvo para una inmensa minoría, ambos son escasamente conocidos, por no decir, completamente desconocidos. Precisamente, a raíz de mi nota publicada en Luces, un lector me preguntaba, más bien se preguntaba a sí mismo, cómo era posible que él nunca hubiera oído hablar de Petty. Lo sorprendente es que ni Petty ni los Tragically Hip son un solista y un grupo con un solo éxito, one hit wonders, sino gente con un repertorio tan amplio y excelente capaz de llenar cuatro horas de concierto con canciones excelentes, de las que nunca pasan de moda, pues un sello de distinción creativa las hizo diferentes desde su nacimiento.

En 1987, con la edición de su primer álbum, comenzó la historia de The Tragically Hip, el grupo de rock de mayor popularidad en la historia de Canadá. Esa historia concluyó 30 años después, días atrás, con la muerte de Gordon Downie (1964-2017), líder y cantante de la banda. El 24 de mayo de 2016, Downie anunció que tenía un glioblastoma (tumor cerebral) y sus días estaban contados. "The Hip", tal como son conocidos por sus millones de leales seguidores, además de tener uno de los mejores nombres de todos los miles que ya hay en la historia del género musical que definió la época moderna como ningún otro, y de haber grabado varios discos antológicos que marcaron época y dejaron en claro por qué son parte de la historia, tienen un carácter legendario, condición que no se compra ni se puede inventar: surge de manera espontánea de la relación entre artistas y público. Ni siquiera Rush, el otro grupo canadiense de rock de alta cultura ha alcanzado ese estatus; uno al que mucho, una enormidad, contribuyó Downie, cuya inconfundible voz estaba acompañada de una poderosa personalidad, que fue la de un gran tipo.

A diferencia de la mayoría de las estrellas de la música, Downie era alguien de perfil bajo, a quien el éxito nunca se le subió a la cabeza y por eso supo preservar intacta su relación con el público, que lo consideró uno más del pueblo. La única diferencia fue que Downie fue la voz detrás de algunas de las mejores canciones provenientes del país del hielo y los desolados páramos blancos. En Canadá era tan conocido y respetado que se decía que en popularidad solo Dios le ganaba; los canadienses no decían "One Nation Under God", sino "One Nation Under Gord".

Por eso, y por otras cosas, es que una multitud, entre la que estaba el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, asistió el 20 de agosto del año pasado al último concierto de la banda. Canadá se detuvo para oír el canto del cisne de un héroe patrio, quien con sus canciones a manera de mini himnos nacionales le había recordado al país qué significa ser canadiense.

Los miembros de The Tragically Hip venían tocando juntos desde la fundación de la banda en 1984 y desde entonces, cosa rara en este negocio, siempre mantuvieron la misma formación. La relación del quinteto era indestructible, como si hubieran dicho "solo la muerte podrá separarnos". Precisamente, la muerte fue la que decidió. La banda no volverá a hacer conciertos ni a grabar nuevos discos tras la muerte de Downie, aunque el material inédito que hay da para cinco discos de canciones nuevas. El último concierto del grupo, trasmitido a todo Canadá, fue, tal como expresó Trudeau, el más triste y al mismo tiempo más sublime en la historia de ese país.

Conocido el diagnóstico, y aceptado el hecho de que la cuenta regresiva era inapelable, The Tragically Hip hizo una gira despedida por Canadá llamada Man Machine Poem. Es considerada el acontecimiento musical más importante en la historia de ese país. La banda favorita de los canadienses pasó por los pueblos interpretando los himnos mayores del rock de ese país, que son los clásicos de la banda: New Orleans Is Sinking, Ahead By A Century, Bobcaygeon, Courage (For Hugh MacLennan), Wheat Kings, Blow At High Dough, Little Bones, Nautical Disaster, Poets, Fireworks, At The Hundredth Meridian, Locked In The Trunk Of A Car, Twist My Arm, Boots Or Hearts, Gift Shop, Looking For A Place To Happen, Last American Exit, y Small Town Bringdown, mi favorita.

Muy pocos grupos y solistas en la historia se igualan a los Hip en calidad y cantidad de canciones: grabaron 14 álbumes, de los cuales nueve llegaron al no. 1 en ventas en Canadá. El repertorio de cada concierto de la gira final lo integraban 30 canciones, y tres bises.

Debido a la enfermedad, y los efectos de la quimioterapia y la radiación, la memoria de Downie estaba arruinada. Todas las noches debía recurrir a seis teleprónteres para poder leer las letras. La última foto en público que le tomaron fue el pasado 5 de mayo, en el partido de básquetbol que jugaron en Toronto Raptors contra los Cavaliers de Cleveland. El músico era fanático de los deportes, sobre todo del hockey, deporte nacional de Canadá sobre el cual escribió varias canciones. Con ellas adquirió condición de "héroe de todos", pues eran las más irradiadas en pueblitos situados en el medio de la nada, donde coinciden la nada y Canadá (con y sin acento), y donde el hockey es prácticamente el único pasatiempo que reúne a la gente en días de nieve y aislamiento absoluto debido a las horrendas condiciones del clima. Downie era como la hoja de maple: un signo de identidad que todos podían reconocer.

Gord Downie tuvo una larga y horrenda agonía, acompañada de pérdida del habla y de la memoria, entre otras lacras. En los últimos meses de su vida no pudo hacer lo que más le gustaba: componer canciones y leer. La paz recién le llegó como rápida pre-posdata pocos días antes del fin. Había aceptado su destino, la injusticia de la vida cuando le da por ser realmente injusta. El ahora mismo del músico concluía. Quien no hace mucho confesó haber vivido varias vidas y tenido la felicidad de poder tocar por más de 30 años en la misma banda con sus amigos del liceo, dijo que se iba tranquilo de este mundo por haber sido "buen padre, buen hijo, buen marido, buen amigo". Murió el 17 de octubre, rodeado de su mujer y sus cuatro hijos. Era una noche fría. A Canadá está llegando el invierno.
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