ver más

Europa no está al abrigo de la tempestad. Saldrá reforzada o, de lo contrario, seriamente destruida por los conflictos internos”. La sentencia vino del Comité de Orientación de Notre Europe, un grupo de reflexión sobre la unidad continental, esgrimida a fines de 2008 cuando la crisis de Estados Unidos era una patente realidad y la incertidumbre no iba a demorar en trasladarse más allá del Atlántico. La debacle arribó tras años de bonanza en donde los gobiernos, quizá, gastaron bastante más de lo que realmente disponían.

Aquella sensación se hace realidad por estos días reflejada en una grave crisis de deuda, con las bolsas temerosas, con un riesgo país que se dispara. La recesión ha puesto en duda los logros de la Unión Europea (UE) en sus 60 años de existencia –un éxito si se repasa la historia de este continente– y desde hace dos años ha tenido graves repercusiones en las instituciones y en la política. Al tiempo que se habla de dos Europas –los de primera clase por un lado, el resto por el otro–, ya son varios los gobiernos que debieron capitular ante la presión económica y popular. Irlanda, Portugal, Grecia, España e Italia son buenos ejemplos.

En el contexto de la crisis, el otrora Tigre Celta evidenció rápidamente su oculta debilidad. Irlanda, que había experimentado un rápido crecimiento a principio de la década de 1990 y que había sido puesto como ejemplo para superar adversidades, perdió en poco tiempo lo logrado, hasta necesitar de un rescate internacional. La burbuja inmobiliaria la terminó asfixiando.

“Su desarrollo se basó durante años en impuestos bajos que atraían inversiones y multinacionales al país, y en un boyante mercado inmobiliario. Cuando estalló la burbuja de la construcción en 2008, el valor de los inmuebles se desplomó entre un 50% y un 60% y atrapó a todos los bancos del país, que habían concedido innumerables préstamos a particulares y promotores”, aseveró un análisis del sitio Rtve.es.

El gobierno socorrió al sistema financiero con 50.000 millones de euros, lo que provocó el hundimiento de las cuentas públicas. Este año, el déficit del Estado ascenderá al 32% del PBI. El rescate, en tanto, aplicado hace un año, alcanzó los 85.000 millones de euros. Las consecuencias políticas han sido notorias: en mayo de 2008 asumió Brian Cowen como primer ministro tras la renuncia de Bertie Ahern, agobiado por la crisis económica. Cowen tampoco duró demasiado; se marchó por la puerta de atrás en marzo de este año tras una elecciones anticipadas que su partido había convocado en febrero. Ahora es Enda Kenny, el nuevo premier, el que debe capear con el temporal.

El socialista José Sócrates en Portugal tampoco pudo con la tormenta. A las tensiones políticas, se sumaron rápidamente las económicas con la consecuente renuncia del primer ministro en marzo, tras no haberse aprobado en el Parlamento sus severas medidas de ajuste económico. El cargo lo ejerció hasta junio cuando se celebraron las elecciones anticipadas. El novel premier, Pedro Passos Coelho, sí pudo introducir los cambios que urgía la UE y a mediados de mayo los ministros de Finanzas del Eurogrupo aprobaron el rescate financiero a Portugal valorado en 78.000 millones de euros para los próximos tres años.

Las protestas en contra del plan de austeridad –recortes, reducción de funcionarios públicos, aumento de impuestos– se extendieron a lo largo y ancho del país ibérico. Lo mismo sucedió en Grecia que ha vivido caóticos meses desde que la crisis se agravó y el gobierno presentó enormes dificultades para introducir las variantes que exigía el conglomerado europeo. El pesadísimo Estado griego piensa en adelgazar, pero el pueblo parece no soportarlo. El desempleo ha llegado al 18,4% en este país, pero es entre los jóvenes donde se da una cifra alarmante: 43,5% de desocupados.

La presión helénica y europea, y la pérdida de apoyo parlamentario hicieron que esta semana se le acabara la vida política a Georgios Papandreu, quien había asumido como primer ministro hacía dos años. El hombre fue incapaz de introducir las peticiones que el bloque le reclamaba, en un grito desesperado para salvar el euro, moneda que utilizan 17 de las 27 naciones que integran la UE. Papandreu se encontró con que los datos macroeconómicos, como el valor real de la deuda, habían sido ocultados por el gobierno anterior.

Grecia resultó ser el primer país europeo en acudir al rescate internacional, antes incluso que Irlanda y Portugal. Lo particular han sido las idas y vueltas entre el gobierno y la oposición, entre las autoridades y la ciudadanía, entre la administración y la UE y el Fondo Monetario Internacional (FMI). Ante la imposibilidad de sostener la deuda pública, Atenas pidió el salvataje en abril de 2010; se lo aprobaron a inicios del mes siguiente. La UE y el FMI apoyaron con 110.000 millones de euros en tres años.

Pero no alcanzó. En el pasado verano boreal, ante la ineficacia en la reducción de la deuda, Grecia pidió un segundo préstamo por el mismo valor. El bloque europeo y el FMI pensaron seriamente en la posibilidad de dejar que los helénicos se vayan a la quiebra. Un estadio imposible para el mundo euro. Así, hicieron lugar al pedido, pero le solicitaron a Grecia más reformas y recortes. En consecuencia, más disturbios en las calles de la capital y en otras ciudades.

Papandreu, asustado, planteó llevar el asunto a un referéndum. Ante la reprimenda, se retractó. A los pocos días, se marchó. Y llegó el banquero Lucas Papademos que, luego de cuatro días de deliberaciones –todo ha sido complicado en la tierra de Platón y Aristóteles–, se convirtió en el nuevo primer ministro. Este personaje ajeno a la arena política enfrentará una papa no caliente, sino ennegrecida; tomará una nación con una deuda de casi 145% del PBI. Que la mitología griega lo ayude.

Aunque no ha habido aún un cambio de gobierno, España está en vías de ello y sus políticos viven lo que los irlandeses, portugueses y griegos. Las calles también: el famoso movimiento de “indignados” y de la frase “no hay pan para tanto chorizo” se originaron en suelo español. Las protestas ya son moneda corriente en Madrid y Barcelona. En tanto, el presidente José Luis Rodríguez Zapatero apronta su salida para después de las elecciones anticipadas del 20 de noviembre.

La crisis, protagonista absoluta de la campaña electoral, provocó el adelantamiento de los comicios. Zapatero, presionado por un desempleo que alcanza el 21,54% –cinco millones de personas, la cifra más alta de la eurozona– y por una deuda alarmante, capituló ante un estancamiento de la economía. Según el Banco de España, las finanzas se estancaron en el tercer trimestre del año con crecimiento cero, debido en gran parte a los recortes en el gasto público y por el estallido de la burbuja inmobiliaria. El sector de la construcción está paralizado.

Mariano Rajoy, líder del opositor Partido Popular, se encamina a vencer al candidato de Zapatero, el socialista Alfredo Pérez Rubalcaba. Como la ciudadanía vota con el bolsillo, esta no debería ser la excepción. Europa y las entidades financieras miran con atención el caso español, su deuda y su crisis, un patrimonio más grande que los de Irlanda, Portugal y Grecia. Pero más atento se encuentran aún con Italia, la séptima economía del mundo y que, por eso mismo, un rescate tendría un costo sideral con repercusiones mundiales.

Los italianos apuran la salida de Silvio Berlusconi, que esta semana dijo que pondrá el cargo a disposición cuando el Parlamento apruebe las reformas pedidas por la UE. El Senado ya lo hizo ayer (ver apunte), ahora falta que lo haga Diputados. Il Cavaliere, polémico y desafiante, desechó durante un largo tiempo las solicitudes de Europa para achicar la deuda, la que ahora alcanza los 3,2 billones de euros y representa el 120% del PBI del país. Los mercados presionan para que se vaya cuanto antes un hombre que nunca se sabe, hasta último momento, qué carta guarda en la manga. La tensión política en Italia, al igual que Grecia, ha sido elevadísima. Y como en tierra helena, un tecnócrata –Mario Monti es el nombre– suena para dirigir el buque en la tempestad italiana.

Para todos la idea es austeridad y más austeridad. Algo que no han hecho desde hace algunas décadas. Por el momento, la UE descartó dividir la zona euro a dos velocidades, divididos por situación económica. Alemania, Francia, Holanda, Austria, Finlandia y Luxemburgo son los top del grupo, con la calificación triple A.
Una separación sería catastrófica para los menos pudientes, para los que no integran ese conjunto. La trabajada integración europea depende del éxito en enfrentar la grave crisis. Sus gobiernos también.
Seguí leyendo