La era posfrentista: la pugna es cultural
La era posfrentista: la pugna es cultural. Escribe Luis Calabria
En 2019 el Frente Amplio fue derrotado política, electoral y, diría que también, ideológicamente. La acumulación política que realizó durante décadas, que se aceleró tras la crisis del 2002 y culminó con su triunfo electoral del 2004, propició a su vez que, en el ejercicio del gobierno, perdiera de tal manera su esencia que haya agotado la utopía de superioridad que ofrecía. Pero los planos son distintos: lo político, lo electoral, lo ideológico son planos que no se siempre se encastran y menos con el otro gran plano que da identidad a una sociedad: el plano cultural.
Con el triunfo de la Coalición liderada por el Partido Nacional en 2019 se logró un afianzamiento político y electoral y se logró el destronamiento ideológico del Frente Amplio. Luego de este gobierno ya no existen temas que sean propiedad excluyente del Frente Amplio.
Sin embargo, se puede vencer en la articulación política, se puede vencer en el terreno ideológico e incluso se puede vencer en lo electoral, pero la pugna mayor, la que no está definida, es la pugna cultural, la que se intersecta con todas las demás dimensiones. Soy consciente que muchos lectores dan por perdida esa lucha. No es mi caso. Por el contrario, entiendo que la próxima elección será clave para asegurar que la “era frenteamplista” que fue “era electoral” por quince años, pero tuvo y tiene una preminencia cultural de mucha más larga data, está en disputa.
Asegurar el triunfo político y electoral en 2024 permitirá afrontar con otra fortaleza la pugna en el plano cultural dominado por la izquierda desde hace -por lo menos- cincuenta años.
En breve: para que la visión cultural que impulsa y palpita la Coalición derroque a la cultura de izquierda necesita afianzarse en la construcción política y el asegurar el resultado electoral. Este último es un requisito necesario, quizás no suficiente, pero sí indispensable para subirse al ring de la lucha cultural con el Frente Amplio.
Es un requisito necesario pero no suficiente por la razón del artillero. El Frente Amplio se impuso culturalmente aun perdiendo elecciones y aun con disfunciones políticas. Por tanto el desafío coalicionista es mayúsculo.
El Frente Amplio perdió su prédica política e ideológica.
Perdió la prédica política e ideológica porque en el ejercicio de sus gobiernos se desviaron de sus postulados e ingresaron en las contradicciones más flagrantes.
Un proyecto se desfigura cuando pierde el “para qué” hace las cosas. Un gobierno no es solo una colección de medidas. Hay -debe haber- un fundamento conceptual que le da sentido y orientación y que, eventualmente, tiene que ser coherente con la trayectoria del proyecto.
El Frente Amplio fue un proyecto aparentemente “exitoso” mientras duró el viento de cola internacional. Cuando cesó, se cayó.
Su gestión del gobierno los llevó a transformarse en un proyecto que se fundamentaba solo en retener el poder. Así buscaron colonizar el Estado, aumentar el gasto con fines electorales, subsidiar la pobreza sin estimular el trabajo. Decían estimular la clase media pero le ponían más y más impuestos. Impulsaron el consumo y no la producción, vieron con desconfianza la iniciativa privada dominados por la pulsión colectivista que es moneda fuerte en los sectores más radicales y más influyentes del conglomerado frenteamplista.
Perdieron la ilación conceptual. Dejaron -y hoy más que nunca es palpable-, de ofrecer una opción alternativa y solo se definen por la negativa, por oposición al actual gobierno.
Pero hay otro “sin embargo”: el Frente Amplio perdió su prédica política e ideológica pero no perdió la prédica cultural. Allí está el corazón de la disputa que tendremos los uruguayos por delante.
Montevideo y Canelones, “el mundo de la Cultura”, “el mundo de la Universidad”, “el mundo de la Academia”, y el “mundo sindical” son ejemplos palmarios de la predominancia cultural. Allí la lógica gramsciana obró con eficiencia y la “verdad del relato” de izquierda puede más que la evidencia y los hechos. No hablo ni de la caída del muro de Berlín ni la decadencia de los socios ideológicos de la cúpula frenteamplista.
La pugna por el relato cultural no es nueva. Y no lo es porque tiene una innegable trascendencia. Por algo Gramsci decía que "la realidad está definida con palabras. Por lo tanto, el que controla las palabras controla la realidad".
De hecho, a fines de 1800, Otto von Bismarck emprendió la “kulturkampf” (lucha cultural) contra la influencia de la Iglesia. Ese concepto luego se trasladó a Estados Unidos donde autores como James Davison Hunter lo adoptó como “culture wars” para explicitar la contraposición entre valores conservadores y progresistas.
El tiempo electoral que comienza es el que permitirá explicitar esa puja minuciosa, subterránea, diaria, que hace huella en la sociedad como la gota que siempre golpea en el mismo lugar a la piedra. La visión simbólica que da identidad a una nación, que le da entidad universal, eso es de lo que hablamos.
La próxima elección permitirá consolidar el cambio iniciado o significará un retroceso.
Qué valores convivenciales predominarán el próximo tiempo es lo que vamos a definir en octubre y noviembre de este año.
Qué entendemos en nuestra sociedad como “la cuestión social” y el valor del individuo en el desarrollo de su proyecto de vida; si seremos asistencialistas o promoveremos la cultura del trabajo o si nos afincaremos en la “cultura del pobrismo”; si seremos indulgentes con la delincuencia porque la sociedad es culpable de sus delincuentes a los que se los visualiza como “rebeldes contra el sistema estatal opresor” o si debe imperar la ley como jerarquía ordenadora de la vida en comunidad; si el Uruguay tiene identidad agroexportadora o los del campo son “los ricos de las 4x4”; si los sindicalistas son los que mandan en la educación o los que gobiernan son los representantes populares; si las corporaciones tendrán más peso que el sentido republicano; si hay lugar para el relativismo permanente; si lo político está por encima de lo jurídico; si hay quienes tienen derecho a cortar las calles y limitar el derecho de otros uruguayos o si consolidamos la igualdad de derechos; si la familia es la base de nuestra sociedad como dice nuestra Constitución o es una institución anacrónica; si la propiedad privada debe ser protegida o es un instrumento de dominación; si para redistribuir debemos apostar al crecimiento o a la expoliación impositiva. Nada más y nada menos que estas cuestiones son algunas de las que estarán en juego.
Comenzamos diciendo que el Frente Amplio fue y está derrotado política e ideológicamente, pero para asegurar una “era coalicionista” y la predominancia de sus valores, y superar la acumulación de décadas de mensajes que terminaron de permear socialmente en los quince años de frenteamplismo, se debe ganar electoralmente sí, pero, a la vez, en simultáneo y sin descanso, dar la batalla cultural sin miedo.