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Los servicios públicos se han puesto medianamente a la altura del resto del mundo, y los trámites ya no resultan experiencias kafkianas. A veces uno se sorprende, y resulta que en menos de una jornada se retiró con el documento deseado. De todos modos se pierde un buen tiempo, pero al menos es un día y no dos o tres.

Lo que no ha cambiado, para desgracia de todos aquellos que tenemos cara, es la calidad de la fotografía. No existe nadie que haya salido bien en la foto de ningún documento público.
Alguien podría pensar que quienes hacen las tomas en las distintas dependencias son fotógrafos frustrados, que no consiguieron trabajo o notoriedad en lo que consideraban su vocación, y no tuvieron más remedio que retratar caras de desconocidos para ganarse el pan.

Esto es lisa y llanamente imposible, pues teniendo el más mínimo amor por la fotografía, no podrían sacar instantáneas tan espantosas. Se nota claramente que hay odio detrás de ello. Puede que en el caso del pasaporte se trate de envidia hacia aquellos que viajan, o hacia quienes conducen en el caso de la licencia de manejo, y hasta de la edad de los que sacan la cédula, ya sea por ser menores que ellos, o hasta por ser mayores y estar mejor conservados.

Sea por el motivo que sea, en cada documento que uno tramita, la foto es peor que en el anterior. En mi caso personal, en la cédula de identidad me veo muchísimo más bonito en la huella digital que en la foto. De hecho, más de una vez han confundido una con otra.
Pero no es la impericia la única causa del desastre. Es la conjunción de varias circunstancias lo que lleva a la desgracia, como sucede con casi todas las cosas.

Cada vez que uno se enfrenta a un trámite que implique una foto, sabe que la posibilidad de salir medianamente agraciado es nula. Entonces, comete el error de practicar el día anterior. Se mira al espejo, y luego de reprocharse cinco o seis cosas, como siempre hace uno cuando tiene oportunidad de mirarse a los ojos, comienza a ensayar expresiones supuestamente casuales.Pone cara de inteligente, de galancito, de interesante, etc. Pasa por todos los rostros posibles, excepto por el que normalmente usa para andar por la vida, y así le va como le va.

Si por casualidad encuentra una cara que considera adecuada, se enfrenta al problema de poder reproducirla sin estar frente al espejo. Memorizar una expresión no es algo fácil, y menos si se hace sólo una o dos veces cada cinco o diez años.

Entonces, haciendo un esfuerzo supremo por recordar las posiciones de los músculos del rostro, entra a la oficina donde debe someterse al escarnio fotográfico. Como siempre tiene que esperar un buen rato, en ese tiempo la tensión se disipa, pierde la concentración, y olvida cómo era la cara que le servía.

Cuando llega el momento de enfrentarse a esa especie de Menguele de la fotografía, que lo espera a uno con una sonrisa burlona, denotando que ya sabe cuán nefasto será el resultado del retrato, le es imposible recordar nada. Ni siquiera su propio nombre o cómo era que firmaba, en gran parte de los casos.

Sin decir “agua va”, aunque no tendría mucho sentido que dijeran esto, sin avisar siquiera que mire el pajarito, de repente uno se encuentra sentado contra una pared de color neutro, poniendo la misma cara que pone un zorrillo cuando se ve encandilado por las luces del semirremolque que lo atropellará segundos más tarde. Generalmente el resultado de la foto es tan agraciado como el estado en que queda el zorrillo, aunque huele un poco mejor.

Antes de la fotografía, los funcionarios deberían permitirle a uno descansar, relajarse, y recordar cuál era la cara que quería tener. Sobre todo si saben que no cuentan con la pericia suficiente como para descubrirle el lado bello. Porque entre ellos que no saben y nosotros que no nos acordamos cómo se ponía una cara agradable, vamos camino a convertirnos en un país de feos, si es que ya no los somos.