ver más

Pintaba bien para Peñarol, pero terminó mal, con derrota y cada vez más lejos de la cima de la tabla, cuando el Clausura ingresa en la recta final y ya no deja margen para milagros.

Pintaba bien por todo, por la actitud del equipo y por la forma en la que el equipo de Jorge “Polilla” Da Silva había encontrado el juego. El fútbol era fútbol, puro y con vértigo: Emiliano Albín y Estoyanoff dejaban un surco por el sector derecho, Zalayeta pisaba el área y en la tribuna empezaban a sentir el gol, porque el delantero recibía, generalmente de espalda entre los dos zagueros de Liverpool, protegía el balón con sus cuerpo y asistía al compañero (Aguiar o Maxi Pérez), que llegaban de frente al arco para hacer lo más fácil. Así sucedió una y otra vez a lo largo de los primeros 50 minutos. Pero no por repetido iba a brindar la seguridad de que la pelota debía terminar en la red. Porque todas terminaban igual: afuera o en las manos del golero Juan Castillo, que se comenzaba a transformar en el héroe del sorprendente negriazul. De todas formas, Peñarol insistía con ese 4-4-2, con Aguiar y Novick por adentro y Estoyanoff y Cristóforo por afuera en el mediocampo. Volvía otra vez a pura velocidad a buscar por las bandas. Peñarol había encontrado el punto, ante un Liverpool que en el primer tiempo nunca remató al arco aurinegro ni generó peligro sobre la valla de Gelpi, debido a que con algunas imprecisiones llevó el balón hasta tres cuartos de cancha, pero en los últimos 25 metros careció de todo, porque el circuito Figueredo, Vera y Figueroa no andaba. Esa situación repercutía en el resto de la formación, porque sentía que no tenía la consistencia en todas las líneas como para aspirar a los tres puntos. Estaba incompleta la fórmula, que se sostenía con la gran actuación de la última línea y la del guardameta.

En el complemento, el partido mostró más de lo mismo: a los 48’ Castillo le sacó un gol a Estoyanoff, a los 54’ Zalayeta dejó solo de cara al gol a Aguiar y el volante remató afuera. Cuando a un equipo que está fuerte y se siente más sólido que nunca –porque en el arco tiene a un golero que le transmite seguridad–, le brindan tantas ventajas y no lo tumban cuando deben hacerlo, a la larga lo paga muy caro el oponente de turno. A los 59’ las emociones cambiaron de arco, pero el final de las jugadas fue el mismo, transitoriamente: Figueredo asistió a Vera, pero el goleador la mandó a la tribuna. De todas formas era la primera señal de que el equipo negriazul no iba a dejar pasar la oportunidad de dejar su marca. Fue por esa razón que el técnico Antúnez reforzó el ataque con Carlos Núñez, Macchi estrelló una pelota en el palo tras ganar de cabeza en el área y Núñez, a los 68’, estableció el gol del triunfo, después que el delantero rival vulneró todos los posibles controles defensivos del debilitado rival, que el domingo mostró graves falencias de mitad de cancha para atrás.

De ahí en más el partido fue más partido. Intenso. El golero Castillo fue más figura y Vera, que pudo ser el gran verdugo de Peñarol, se transformó en el ineficiente delantero que falló las ocasiones más que propicias para marcar.

Fue así que un Liverpool agrandado, por la seguridad que brinda el golero, bajó a Peñarol y sigue ilusionado con pelear por el título del Clausura, mientras los aurinegros, que imaginaron que iban a tener una tarde de reencuentro con el triunfo, tras 50 minutos muy buenos de fútbol, volvieron a sufrir la derrota y contemplan con dolor su posición en la tabla, cada vez más lejos de la cima.