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Cuando en La Habana se empieza a analizar la posible “desconexión” del presidente venezolano Hugo Chávez de los aparatos que lo mantienen respirando artificialmente, en Venezuela son fuertes las versiones de que se ha desatado una pugna dentro del chavismo, de cuyo resultado dependería qué tipo de régimen emergerá tras la muerte del líder.

El vicepresidente Nicolás Maduro, designado sucesor por el propio Chávez, y el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, sostienen una dura interna por hacerse del poder que ya no pueden disimular.

A Maduro le ha costado enormemente aglutinar tras su figura gris y sindicalizada toda la pléyade de fuerzas y sectores que respondían a la personalidad avasallante del caudillo bolivariano. El actual vicepresidente, un exmaquinista del metro de Caracas, dirigente sindical y posteriormente diputado por el chavismo, no es un hombre de reacciones destempladas ni de posturas taxativas, sin concesiones. Para los cánones bolivarianos, parece más bien un dirigente bastante sobrio. Tal vez fue por eso que en 2006 Chávez lo nombró canciller, puesto desde donde se ganó primero la confianza del presidente, y por último, el testamento para encabezar la continuidad de su revolución bolivariana.

Cabello, en cambio, siempre creyó ser el sucesor natural de Chávez. Y en algunas de sus salidas, así como en las trazas más visibles de su carácter, sin duda se le parece, aunque sin su carisma.

Exteniente del Ejército, Cabello integró a principios de la década de 1990 el llamado Comcate (Comandantes, Capitanes y Tenientes), el grupo de militares insurrectos que, al mando de Chávez, se alzó en 1992 contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez en un intento de golpe.

El periodista Boris Muñoz escribió en la revista New Yorker: “Tanto Cabello y Maduro son leales a su líder, pero muchos piensan que Cabello no dudaría en forjar una alianza entre los militares y la oligarquía venezolana de nuevo, distanciándose de Cuba, y así evitar extender el socialismo a la Castro en Venezuela. En un virulento ataque reciente, el sociólogo alemán Heinz Dieterich, uno de los ideólogos del llamado “socialismo del siglo XXI” de Chávez, comparó a Cabello con Stalin, acusándolo de planear destronar a Maduro y acabar con el legado político de Chávez. “El Thermidor de la revolución es encarnado por Diosdado Cabello,” escribió Dieterich.

El viejo exteniente insurrecto opera dentro del Ejército ante un eventual vacío de poder en que las Fuerzas Armadas deban dirimir alguna instancia decisiva, artimaña de Cabello de cuya posibilidad, según versiones, Chávez ya le había advertido a Maduro antes de partir rumbo a La Habana para su última intervención. Por eso, el viernes, el Maduro leyó una carta, supuestamente escrita por Chávez, en un acto militar convocado de apuro. El presunto remitente decía que “la revolución militar es permanente y no puede detenerse”, lo que debía ser entendido como un mensaje a las tropas para que guardaran lealtad a Maduro.

El régimen de Raúl Castro, que depende en buena medida de los subsidios de Venezuela, se ha decantado por la opción de Maduro. Y por estos días han masajeado empeñosamente al delfín de Chávez en La Habana. Pero aun con la presencia de los servicios cubanos en Venezuela y su amplia red de vínculos, no parece mucho lo que el régimen de Castro pueda llegar a hacer ante las fuerzas que están por desatarse en Caracas.

En la oposición hay una visión disímil (ver nota aparte). Ricardo Sucre, de la Mesa Unidad Democrática, por ejemplo, sostuvo que Maduro y Cabello no tienen suficiente legitimidad como para involucrarse en una disputa que afecte la unidad chavista en un momento tan difícil.
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