Antes de leer esta columna tenga en cuenta el lector que la misma está escrita desde la indignación como hombre parido por una mujer, que tiene 3 hermanas del sexo femenino y 3 hijas mujeres de 14 y 8 años y una beba de 18 meses.
Antes de leer esta columna tenga en cuenta el lector que la misma está escrita desde la indignación como hombre parido por una mujer, que tiene 3 hermanas del sexo femenino y 3 hijas mujeres de 14 y 8 años y una beba de 18 meses.
Indignación por el caso de los cuatro abusadores veinteañeros de Punta del Diablo -eso es lo que son- que manosearon a una joven mujer y amenazaron con difundir por internet el video del acto que grabaron con sus teléfonos inteligentes. Y que, desgraciadamente, aún no incorporaron eso a su raciocinio.
Ferráz, padre de 2 hijas mujeres y 3 nietas y a quien conozco personalmente desde hace largos años gracias a la amistad que tengo con su hija menor, me hizo un comentario que puede servir de ayuda para aquellos que a través de las redes sociales condenaron el fallo judicial y desataron su ira con tanta libertad e impunidad como permiten los Facebook, Twitter o Whatsapp.
Dicho esto: si un neomacho de la era de los teléfonos inteligentes osa abusar de una de mis hijas u otra mujer de mi familia, seguramente mi primera reacción sería ir en su búsqueda y hacer justicia por mano propia. Sería una reacción lógica, provocada por la ira. El otro camino posible es radicar la denuncia policial, que la Justicia intervenga y acatar el fallo aunque me parezca una injusticia.
Y es que es así: en las democracias, donde rige el estado de derecho, la Justicia independiente delimita la delgada línea que divide la convivencia pacífica de la barbarie. Y todo esto seguirá siendo así, salvo que la humanidad acepte que las normas empiecen a dictarse por teléfonos inteligentes, cosa que, por suerte, no creo que esté cercana.
Aunque la bronca me de ganas de gritar el smartphone que los parió.