Donald Ritchie fue un hombre con una historia particular. Había nacido en un pueblito de Ohio que por todos lados obstruía su sensibilidad y sus deseos artísticos. Extraño: una de las formas de escapar de ese ambiente repelente fue alistarse en el Ejército. Había terminado la segunda guerra mundial y Ritchie estuvo entre las tropas que ocuparon Japón luego de la rendición del emperador Hirohito.
Japón le dio a Ritchie un sentido a su vida y lo impactó de tal manera que decidió quedarse a vivir en esa tierra cuando abandonó el Ejército. No solo fue el paisaje y las costumbres, sino también la tolerancia de la sociedad japonesa hacia su bisexualidad. Ritchie, que integró una fuerza de ocupación en una tierra destruida, sufrió tal cambio interno que se dejó ganar por un país cuyo cine lo enamoró.
El soldado comenzó a trabajar como periodista y crítico de cine del diario del ejército de los Estados Unidos. Luego volvió a estudiar a su país pero su mente había quedado prendada de Japón, adonde volvió para no mudarse más.
Así trabó primero enorme respeto artístico y luego amistad con Akira Kurosawa y con Yasujiro Ozu, entre otros. Casi todo lo que sabemos del cine japonés clásico en Occidente se lo debemos a los ensayos críticos y a las largas entrevistas de Donald Ritchie.
Entrevistó a Kurosawa para la prestigiosa revista inglesa Sight and Sound. En esa entrevista, Kurosawa contó que cuando estaba filmando Rashomon quería que el actor protagonista, Toshiro Mifune, tuviera en su rostro una expresión felina y agresiva. En busca de inspiración, Kurosawa llevó a Mifune al zoológico, lo paró frente a la jaula del tigre y toreó con un palo a la fiera para que rugiera. ¡Esas eran las expresiones que quería en Mifune!
El otro día tuve que ir al zoológico, lugar emblemático en las vacaciones de invierno, cuando los niños colman las posibilidades bajo techo y desean el imprescindible aire libre. Caminé por los senderos del zoológico buscando un león (como en el poema de Juan Gelman), pero me encontré con infinidad de gatos sueltos y con dos jaguares, quietos y tomando sol dentro de su jaula, donde se destacaba un tronco pelado.
Vi cosas sorprendentes, como gallinas dentro del espacio para los avestruces, emúes nerviosos moviéndose contra el alambrado de su espacio, un par de canguritos wallabies; unos lemures de Madagascar en una alta rama sacándose piojos y acariciándose simultáneamente, y un solitario addax, una especie de antílope, pero de patas más cortas, blanco y oriundo del Sahara (puede estar toda su vida sin tomar agua, según la información del zoo), con dos cuernos largos y torneados como un shofar, que miraba hipnotizado la nada. (También vi gran cantidad de chivos en otro sector del zoológico; nunca se me hubiera ocurrido que esa especie fuera considerada como una rareza.)
Con la anécdota de Mifune en la cabeza, y ante la indiferencia somnolienta de los jaguares y del puma, me paré frente a la jaula del mandril, que estaba comiendo su desayuno. No sé si era un ejemplar macho joven o una hembra. Su cara poseía dos ojos oscuros y pequeños pero muy expresivos al inicio de un hocico alargado y franjeado por líneas de color celeste, que culminaban en dos narinas muy rojas.
El mandril casi no me miraba (estaba atento a su comida), sentado de espaldas a las rejas de la jaula. Estaba concentrado en sus dos pequeñas manos, tan prensiles y tan parecidas a las nuestras, donde escondía algo que no quería que nadie viera. Pero le chisté y dio vuelta la cara, y me miró directamente a los ojos, por un instante.
Capté la potencia de su mirada animal, la fuerza de las líneas de su hocico, un ADN de miles de años de cercanía. ¿Para qué tipo de película, para qué papel estaría practicando yo?