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Hay que ver el espíritu de los jugadores de Peñarol, el entusiasmo, las ganas, la confianza y el deseo de ser campeones, para entender que pocas veces un equipo uruguayo estuvo tan cerca como esta formación aurinegra de aspirar a la Copa Santander Libertadores.

No sufren la final, la disfrutan. No hacen misterios, los evitan. No andan con rodeos, hablan claro. Aunque en la primera final, la que se jugó el miércoles pasado en Montevideo, algunos jugadores cargaron con la mochila de la responsabilidad de ser locales y tener que asumir un protagonismo para el que este equipo no parece preparado –porque se siente más cómodo de visitante, en el que defiende con uñas y dientes y sorprende de contragolpe- en las últimas horas dejaron la sensación de que se despojaron de la presión.

“Ya está, no complica nada. Si son 90 minutos jugamos 90, si son 120 que sean y si terminamos en penales también…. que venga cómo sea, y lo que sea en esta final tenemos que sacarlo adelante”. Así espera Diego Aguirre el decisivo partido de la Copa, quien confesó a El Observador que puede dormir tranquilo, que a esta altura no lo inquieta nada, porque se prepararon desde enero para llegar a esto y cumplieron todas las etapas sin saltearse nada.

Lo que hoy está en cancha es la mejor expresión de un equipo uruguayo, que pretende reflejar mucho más que seis meses de trabajo. Eso sucede porque las bases son muy sólidas, desde todo punto de vista: Diego Aguirre con sus aciertos en la conformación del plantel, en la elección de los jugadores y en la preparación y planificación; los jugadores porque entendieron al técnico, comprendieron su propuesta y la desarrollaron con singular éxito; el gerente deportivo Osvaldo Giménez porque se transformó desde el silencio en un luchador incansable para emparchar problemas y zanjar el camino; y los dirigentes porque, a diferencia de temporadas recientes, en las que se desangraron en luchas intestinas y gastaban tiempo de trabajo en discusiones absurdas, se alinearon con el técnico y los jugadores y sumaron a la causa en lugar de restar.

Es en ese contexto es que surge mi convicción acerca de que Peñarol puede ganar esta noche su sexta Copa, pese al buen poderío de Santos. El equipo de Aguirre no es favorito, ese lugar le corresponde a Santos, como antes Vélez o Inter, y ocupar esa posición a los aurinegros le sienta muy bien. Peñarol debería tener hoy su noche de fiesta y para ello es necesario que se despojen de las presiones que acompañaron a los jugadores en la primera final, que disfruten el partido, que jueguen con la misma convicción que en los últimos tres de visitantes, que Aguirre los motive en la charla previa con lo que es la historia de Peñarol y que los 11 se levanten con el pie derecho. Ah, eso no exime al hincha de sufrir hasta el último segundo. Es parte de esta historia.