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La oportunidad de Tabaré

En esta letal mezcolanza local de democracia con socialismo populista y gramscismo social, Tabaré Vázquez tiene una oportunidad

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14 de noviembre de 2017 a las 05:00

Las negociaciones que viene realizando el Ejecutivo por la posible radicación de una nueva planta de la pastera UPM permiten algunas reflexiones sobre el modo de enfocar aspectos importantes de la economía. Esas consideraciones podrían resumirse en una pregunta: ¿No sería bueno aplicar el modelo que se usa en este caso a varias de las situaciones cruciales que hacen al crecimiento económico, a la creación de empleos y al bienestar de la sociedad?

El camino expeditivo seguido por el presidente en esta oportunidad –prescindir de la multi-auditoría del Frente Amplio y no someter las negociaciones al escrutinio permanente de la oposición y de la opinión pública sino hasta el final del proceso– bien podría utilizarse en otros casos en que oportunidades importantes se licúan en la negociación en malón. Es obvio que tal mecanismo supone una rendición de cuentas a posteriori. Se dirá que este estilo impide los controles democráticos. Luego de evaluar si esa observación es en serio, valdría recordar que hasta ahora, siguiendo el sistema de la gestión por comités o por directorios multitudinarios, con intromisión de la misteriosa poliarquía, tampoco se ha lucido la transparencia. Sólo han reinado la ineficacia y el dispendio.

También es relevante la reivindicación de la gestión privada empresaria que se hace en este caso puntual. ¿Por qué no extender el criterio a otros rubros clave? Empezando por las obras de infraestructura que se exigen para instalar la planta. La idea del Ejecutivo es la utilización del sistema PPP, que no es un esquema privado, más bien un semiprivatismo vergonzante, que tampoco ha demostrado resultar de interés para nadie, contaminada la viabilidad por la participación del Estado. Una licitación internacional para la construcción y explotación de un sistema ferroviario a riesgo privado sería mucho más coherente que hacer que el Estado, es decir el presupuesto, es decir el contribuyente, tuviera que enfrentar el costo no sólo de las obras, sino de la explotación. Y si no hubiera interesados, habría que repensar la conveniencia de la aventura.

Una empresa ferroviaria o portuaria privada está en mejores condiciones de negociar con UPM o con quien fuere, las tarifas por sus servicios. Difícil concebir algo bueno de una negociación permanente de tarifas y otros costos entre la finlandesa y las seudoempresas estatales. A menos que todo el proyecto esté basado en un permanente subsidio del Estado al transporte de la pastera, en cuyo caso habrá que analizar en detalle la relación costo-beneficio del emprendimiento, porque la administración uruguaya se estaría lanzando una vez más a una actividad de riesgo empresario cuyos resultados en el pasado no han sido halagüeños.

Un caso para observar es el del proyecto privado de crear una terminal propia de Buquebus, luego de haber sido expulsado de las instalaciones portuarias estatales. Más allá de las simpatías o antipatías que despierte el empresario, es notoria la animosidad con que se castiga el emprendimiento. Se ignora no solo la vital importancia que tiene esta conectividad para el país, sino que la iniciativa produciría también nuevos empleos privados, más ingresos por impuestos y más turismo.

Más allá de estos proyectos específicos, la infraestructura ofrece muchas oportunidades de adjudicar mediante el pago de un canon la construcción y explotación de obras públicas, que el Estado no está en condiciones de financiar a costos razonables ni de gestionar, que también implicarían, como en el caso que discutimos, inversiones, aumento del PIB, fuentes de trabajo y actividades periféricas que pueden revitalizar a varias regiones. A menos que estos criterios valgan sólo para la radicación de la papelera. Se argumentará que la empresa privada es egoísta y se traerá el caso Pluna a colación. Habrá que responder que el caso Pluna es una flagrante demostración de la estupidez estatal. Y recorrer el listado de ineficacias (para ser benévolos) que jalonan las prestaciones del Estado.

Otro punto que debería replicarse o mejor, generalizarse, es el formato de "tregua laboral" que parece intentar utilizarse en este caso en exclusividad. Imagínese lo que implicaría en aumento del empleo y la inversión privados semejante tregua. ¿Por qué limitarlo a una empresa? Sería más serio, equitativo y legítimo extenderlo a toda la economía. Y definitivamente, produciría grandes resultados, seguramente mucho mayores que los 300 o 400 puestos de trabajo permanente que generará UPM.

En la misma línea está la herramienta de la exoneración impositiva específica. Cuesta trabajo justificarla para casos individuales, tanto en lo económico como en la igualdad ante la ley. La OCDE, a cuya lista negra le teme tanto Uruguay, fulmina estas prácticas ad hoc. Con alguna razón. Pero si se va a usar, sería mucho mejor aplicarla por ramas de actividad, o zonalmente. Imagínese lo que implicaría para una región o zona postergada que todas las actividades en su territorio tuvieran exoneraciones. Ahora imagínese si una zona determinada, ahora sumergida, tuviera simultáneamente exoneraciones impositivas, "tregua laboral" y permiso para que el sector privado construyese y gestionase obras de servicio público, todo esto sin el manoseo de las horcas caudinas del PIT-CNT y el Frente Amplio.

Tal idea seguramente será descartada por impracticable y por oponerse a mandatos ideológicos inmutables. Cuando China decidió dejar de lado los principios económicos voluntaristas y suicidas del marxismo, eligió copiar el modelo de Hong Kong en un experimento piloto. Así, impulsó la creación de ocho ciudades piloto, que reproducían ese modelo capitalista. Por supuesto que en poco tiempo esas ciudades pasaron a ser florecientes en todos los aspectos, en especial en la creación de empleo e inversiones. Sobre esas ocho ciudades, los chinos desarrollaron la pujante economía que hoy exhiben, el modelo de generación de empleo más importante y más inclusivo del siglo XXI.

Es cierto que China se cuidó de conservar el autoritarismo y la dictadura, que la libera de dar explicaciones a nadie y que le asegura no tener que lidiar con piquetes, tomas de fábrica, leyes laborales proteccionistas ni con el cuestionamiento permanente del sindicalismo trotskista, que tanto ayuda al desempleo y al estancamiento.

En esta letal mezcolanza local de democracia con socialismo populista y gramscismo social, Tabaré Vázquez tiene una oportunidad de dejar una huella indeleble en sus dos años finales. Solo tiene que mostrar en el resto de su gestión económica la misma determinación pragmática que muestra en esta radicación de UPM. El otro camino es seguir creyendo que Uruguay es un caso distinto al resto del mundo. l
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