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Juan José Millás es más conocido en Uruguay por su pluma periodística en El País de Madrid que por su prolífica literatura, fundamentalmente de novela. La literatura de Millás es intimista y muy psicológica. Quizás por ello resulta escurridiza. En El mundo, una novela autobiográfica de su infancia y adolescencia –con la que ganó el premio Planeta en 2007–, es difícil sino imposible discernir entre realidad y ficción. En lo que sí hay certeza es que la dictadura de Francisco Franco marcó como una yerra a este escritor y periodista nacido en Valencia el último día de enero de 1946 y que desde los seis años vive en Madrid.

Yo viví en la dictadura hasta los 28 años, por ahí. Una dictadura que marcó a toda mi generación. De pequeño, a todos nos parecía que eso era lo normal. Mis padres eran de derecha y por eso no lo vivía como una contradicción. Yo empecé a enfrentarme mentalmente a esa realidad por los 17, 18 años. Y en la universidad me encontré con gente que pensaba igual y me fui dando cuenta de las atrocidades que estaba viviendo. Hubo un proceso de desapego, incluso de la propia familia. En aquella época podían detenerte por cualquier tontería. Podían arruinarte la carrera, echarte de la universidad. Era una situación, como en toda dictadura, de miedo continuo. Tuve que hacer un trabajo muy grande porque había sido educado en valores nefastos en todos los territorios. En el territorio de las relaciones con las mujeres recibí una educación misógina. Toda mi generación tuvo que hacer una revisión de todo en lo que habíamos sido educados y volverlo al revés para convertirnos en personas decentes. Fue una época muy oscura.

Millás dice que le parece impactante la literatura de Juan Carlos Onetti, a quien releyó cuando estuvo en Montevideo en marzo pasado para hacer un reportaje sobre José Mujica. Es que esté donde esté, él siempre lee.

Yo leo de todo. Leo todas las tardes, entre dos y tres horas. Siempre fui un lector muy desordenado y un lector de impulso. Veo una referencia de algo que me interesa e inmediatamente lo compro. Me gusta mucho la literatura científica, la filosofía de la ciencia. Y me sigue gustando comprar como compraba en mi adolescencia. Llego a una librería, veo las novedades, abro un libro, leo la primera página para ver la textura de página que tiene ese libro y si me gusta, me lo llevo. No me importa que sea contemporáneo o no. Siempre me gustó ese tipo de pesquisa.

Millás carga con más horas de teclear en una máquina de escribir que las que desde hace años ya pasa frente a un computador (un ordenador como le llaman en España). Ni que hablar de la ventana reciente que abrió internet.

Internet a mí no me lleva tiempo. Miro el corro electrónico. Cada dos o tres días hago un repaso a la prensa digital y no utilizo las redes sociales porque son una pérdida de tiempo. No tengo ni Twitter ni Facebook. Tengo la impresión de que eso realmente no me enriquecería en absoluto. Internet está empobreciendo el lenguaje. Se escribe muy mal. Uno entra en un chats y la gente escribe sin puntos, sin comas, sin acentos. Y eso es un deterioro muy evidente del lenguaje y por lo tanto del pensamiento. No se puede escribir mal y pensar bien. Los periódicos en internet no le prestan el cuidado al lenguaje que todavía se le presta en la versión de papel. El deterioro es enorme.

Hay un poema de Octavio Paz que se titula Las palabras. Que empieza así: Dales la vuelta,/ cógelas del rabo (chillen, putas),/azótalas,/ dales azúcar en la boca a las rejegas,/ ínflalas, globos, pínchalas,/ sórbeles sangre y tuétanos,/ sécalas,/cápalas (...). Así podría ser el vínculo de Millás con el lenguaje si uno se atiene a las referencias constantes al lenguaje en su literatura.

Lo que me preocupa es que en la relación que creemos tener con el lenguaje es justamente la contraria de la que tenemos con él. Nosotros nos creemos los dueños del lenguaje mientras somos sus servidores. Yo comparo muchas veces la lengua con Frankestein. Frankestein crea un monstruo para que le sirva pero es él quien acaba sirviendo al monstruo. La lengua es una creación de los seres humanos, pero es un sistema autónomo al que uno debe adaptarse. Y este es un aspecto que generalmente no se toca. Uno no tiene ninguna libertad respecto a la lengua. La obligación del escritor es enfrentarse a ese poder tan grande de la lengua.

Aunque es más conocido en América Latina –por lo menos en Uruguay- por sus columnas y reportajes en El País de Madrid, Millás ha escrito una veintena de libros de ficción. Dice que convive a gusto con las dos profesiones.

El periodismo me gusta muchísimo y no considero que sea algo menor respecto a la novela. Me siento cómodo en la variedad, en ir, caminar de un territorio a otro, enriqueciendo a cada uno con lo que encuentro. Si yo solamente escribiera novelas, entonces no me levantaría de la cama porque me parecería muy patológico. No soportaría tener todas las energías puestas en un sitio. Puedo trabajar en una novela dos horas diarias, como mucho; luego me canso y tengo que cambiar de actividad. Entonces escribo una columna, escribo un reportaje... Y ese cambio es lo que me ayuda a levantarme de la cama.

Como escritor de ficción o como periodista, parecería que Millás siempre toma partido. Otros periodistas quizá serían más cautos y más equilibrados.

En un reportaje, primero voy con una mirada ingenua para saber dónde debo colocarme. Es decir, sin un juicio previo. Para saber dónde debo colocarme para contar esa historia. Yo trabajo mucho lo que en el cine se llama el emplazamiento de cámara. Es decir, el punto de vista, desde dónde voy a contar esa historia. Y yo no puedo empezar a escribir hasta que no sé desde dónde se va a empezar a contar esa historia. Y esto es un espacio moral. François Truffaut dijo alguna vez que la decisión de dónde colocas la cámara es una decisión de orden moral.

Hacer un reportaje como el que hizo en Montevideo le lleva unos 10 días al Millás periodista. Sería mucho menos si se tratara de una entrevista. Pero Millás se rehúsa a escribir artículo de preguntas y respuestas porque dice que no lo sabe hacer. ¿Cómo es esto de que un periodista no sabe preguntar?

El género de entrevista me gusta mucho y me parece muy difícil. A mí lo que me gusta es hacer reportajes, estar con un personaje tres días y, además, filtrarlo por mí. Contar mi experiencia con ese personaje. Cuando nos llevan a la chacra de Mujica, nos dicen “tenéis dos horas”. Pero yo no sé hacer entrevistas. Yo lo que hago son reportajes. Además, a Mujica se le ha preguntado todo lo que se le tiene que preguntar. Entonces, en un momento determinado de la reunión en la chacra, se me ocurrió que ahí sí podía funcionar algo que era la sinceridad. Entonces apagué el grabador y le dije “mire esto que estoy haciendo no lo sé hacer”. Eso provoca un estupor en el jefe de prensa. “Me traen de España a un gilipollas”, habrán pensado. Pero mi sinceridad con el presidente fue muy eficaz.

Millas se define como un hombre de izquierda. Quizá por ello, su retrato de Mujica está escrito con cierta simpatía por el mandatario uruguayo y contiene el mensaje implícito de que es posible una forma de gobernar diferente –y que él aplaude– a la que conoció su país cuando el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) tuvo las riendas del poder.

Yo fui a Montevideo sin un juicio previo sobre Mujica. Ahora, me encontré con que es un hombre que, en un contexto de derechas, está haciendo una política de izquierdas. Bajó la pobreza, la inflación está contenida, ha conseguido que las tormentas financieras de Brasil y Argentina no afecten tanto como le afectaban antes. Uruguay ahora tiene una fortaleza económica porque se ha preocupado por la economía real. Porque no ha puesto el acento en la economía financiera, sino en la economía real. El mundo contemporáneo es un mundo globalizado, en el peor sentido de la palabra porque la globalización ha hecho mucho daño a los pobres. Y en un entorno capitalista, sin embargo, Mujica ha conseguido hacer una política de izquierda. No tiene atadas las manos y los pies. Mujica es un modelo. Y claro que me gustaría un presidente como Mujica en España. En todo el mundo me gustaría un presidente como Mujica.