"¿No está muy pequeña para toda esa nueva tecnología?", me preguntó la madrina de mi hija después que le compartí una foto de Aleyda jugando con un dispositivo de realidad virtual.
Lo tenemos muy limitado, le respondí. Y no es que soslaye su preocupación, porque yo misma me preocupo, hasta podría decir que tengo miedo, ese miedo a "algo" nuevo, "algo" que apenas se está desarrollando y explorado pero que ya se presenta como una prometedora industria de millones de dólares.
La realidad virtual llegó a casa
El visor de cartón de Google demuestra que puede ser económica, educativa y un asunto de familia