La suba del dólar: un alivio tardío
Pérdida de rentabilidad de empresas posterga la contratación de personal
Para algunos fue un alivio tardío, para otros una señal de que todo lo bueno se termina. La suba de 2% en la cotización del dólar en las últimas dos semanas no fue un salto significativo, pero sí dejó una sensación en algunos agentes de que la situación empezó a normalizarse, que el escenario atípico de los últimos meses en el cual la moneda uruguaya –junto al real y al peso argentino– quedaba al margen del proceso de recuperación del dólar a nivel internacional, podía haber llegado a su fin.
En los últimos meses, a las voces de siempre en reclamo de acciones deliberadas para que el dólar suba, se sumaron otras que normalmente no se pronuncian sobre estos temas. No solo desde la Unión de Exportadores o la Asociación Rural miraban con recelo las pizarras, también desde el PIT-CNT se escuchaban los reclamos: "Lo que es bueno para controlar la inflación, que es mantener un dólar por debajo tal vez de lo que debería estar, es malo desde el punto de vista de la
competitividad de los sectores productivos", decía el secretario general de la central de trabajadores, Marcelo Abdala, a fines de mayo, en Carve.
La lectura del escenario cambiario no es lineal. Si se compara con destinos relevantes como Estados Unidos, Europa y Asia, Uruguay se encareció en los últimos meses. Y lo hizo a un ritmo que para algunos expertos, resulta preocupante. Los sectores agroexportadores y la industria alimenticia enfocada en esos mercados sienten el golpe de costos en dólares que crecen, agravados por aumentos de impuestos y subas de salarios acordadas en momentos en los cuales las perspectivas de aumento del tipo de cambio eran muy diferentes.
Esto implica una pérdida de rentabilidad en el sector que se traslada a una postergación de decisiones de contratación de personal e inversión, y en algunos casos la reducción de plantillas e incluso el cierre de empresas. No es una situación dramática y generalizada, pero hay un importante sector de actividad con gran impacto sobre el empleo y fuerte derrame al resto de la economía, que no está viendo los beneficios del rebote del crecimiento.
Eso se vio compensado, sin embargo, con una mejora de la competitividad respecto a la región, porque si Uruguay se encarecía respecto al resto del mundo, Argentina y Brasil lo hacían a una velocidad mayor.
Eso implicó para muchos –en particular para el sector turístico–, un beneficio directo, que en el promedio maquillaba los problemas de los sectores perjudicados por el atraso cambiario con los destinos de extrarregión.
Los más beneficiados
Es innegable que el dólar bajo tiene un efecto muy favorable para algunos agentes en el corto plazo. El atraso cambiario genera en los consumidores una sensación de riqueza que trasciende las decisiones de compra de bienes transables y en los hechos, ayudó en los últimos tiempos a diluir restricciones del gasto autoimpuestas en el breve período de estancamiento económico que atravesó la economía uruguaya hasta mediados del año pasado.
El aumento de las compras de autos cero kilómetro, la reactivación del mercado inmobiliario, el aumento de los viajes al exterior, son algunos de los beneficios que deja el atraso cambiario para el que compra, pero también para el que vende.
No hay mejor indicador de síntesis que la inflación para ilustrar este fenómeno. Una parte importante de la moderación inflacionaria –en junio del año pasado, los precios al
consumo subían a un ritmo de 10,9% interanual y un año después, el aumento es de 5,3%– se debió a la baja del dólar y su traslado a precios en los bienes y servicios transables.
En un escenario de aumentos de salarios acordados en términos nominales –sin importar la inflación–, una suba más moderada de los precios implica un mayor incremento del poder de compra para los trabajadores y eso es una buena noticia no solo para las familias uruguayas sino también para el comercio y la industria doméstica.
Pero no todos se benefician de esta primavera de precios. Desde el gobierno se ve con preocupación el efecto que pueda tener este fenómeno sobre el presupuesto. Es que la inflación se lleva muy bien con las cuentas públicas. Cuando suben los precios, los ingresos del Estado aumentan a una velocidad más rápida que los gastos y los intereses de deuda de corto plazo en pesos nominales –emitidos por el Banco Central– se licúan por obra y gracia de la inflación. Cuando el ritmo de aumento de los precios se modera, ese mecanismo por el cual el déficit fiscal se va diluyendo de a poco, deja de operar y representa un obstáculo para lo que las autoridades económicas definieron como su principal prioridad.
El ministro de Economía, Danilo Astori, lo señaló en su exposición ante la Comisión de Hacienda en el Parlamento a fines de junio. "Una cosa es tener un presupuesto con alta inflación, porque esta licúa los compromisos que se asumen a lo largo del tiempo. Una inflación reducida desafía al presupuesto, porque aumenta su costo real: no permite diluir los compromisos a medida que los precios van aumentando", explicó.
En definitiva, hay margen para permitir que una suba del dólar lenta pero persistente reacomode las finanzas del sector exportador, recomponga la confianza y aliente la toma de decisiones de contratación e inversión, al tiempo que facilite el proceso de
ajuste fiscal en curso. Hoy en día hay margen para una política más activa que permita agilizar la transición hacia un tipo de cambio más competitivo sin comprometer por eso la estabilidad de los precios.