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Había sido un reclamo inusual para un presidente de Estados Unidos, y venía de sus propios correligionarios. Desde hace dos años que en los círculos demócratas de Washington le venían pidiendo a Barack Obama que cambiara su estilo. Le decían que debía ser más “combativo”, menos complaciente con los republicanos del Capitolio, que se han propuesto obstruir buena parte de su agenda y no les interesa dialogar con el presidente, sino orillarlo a abandonar sus proyectos de gobierno y los programas sociales que constituyen la espina dorsal de la ideología demócrata.

Desde que a principios de 2011 el Tea Party empezó a llevar la voz cantante de la bancada republicana en el Congreso, esa ha sido la tónica en Washington. Una pulseada ideológica que ha llevado a Estados Unidos, primero, al borde del cierre del gobierno, luego impensadamente a las puertas del default y por último a la cornisa de un precipicio fiscal que habría tenido consecuencias devastadoras para la economía de la primera potencia.
Son apenas 50 legisladores los del Tea Party, pero llegaron al Capitolio hace dos años como una fuerza arrolladora, con la promesa de “cambiar la forma de hacer política en Washington” sobre la ola triunfante de la disciplina fiscal, el recorte del gasto público y la reducción de los programas sociales.

Si bien han perdido fuelle desde que su candidata Michele Bachmann sufrió una humillante derrota en las internas presidenciales republicanas, y sobre todo después de que Obama fue reelecto en noviembre, los jóvenes congresistas del Tea Party han sido durante todo este tiempo la gran piedra en el zapato del presidente.

Ningún presidente de Estados Unidos había enfrentado antes una resistencia tan acometedora y combativa desde el Capitolio, otrora habituado a presionar o ceder según las tradicionales reglas del juego político, pero ni remotamente dispuesto a arrastrar al país a los peligrosos confines del default y el abismo fiscal por negarse a negociar.

Si bien Obama cedió en un principio a la avalancha de un Tea Party envalentonado por su victoria en las legislativas de 2010, más tarde el presidente no se dejó torcer el brazo, aunque siempre en su estilo transigente y conciliador, proclive al consenso y los acuerdos. Y esto es precisamente lo que le reprochaban muchos demócratas, el ser demasiado blando con quienes se habían propuesto descarrilar su administración y su legado.

Ahora no. Obama parece haber cambiado y estar dispuesto a devolver golpe por golpe. Todos los medios, comentaristas y analistas hablaron el lunes —el día de su reasunción al frente de la Casa Blanca— del Obama “combativo” que los demócratas querían ver durante los últimos dos años.

Y en efecto, el mandatario norteamericano pronunció —al frente del mismo Capitolio que le ha dado tanta guerra— un discurso ideológico, defendiendo su visión de liberal de izquierda y los programas sociales de su gobierno, al tiempo que fustigó los ideales conservadores más caros de los republicanos. Por un momento pareció que todavía estaba en campaña y no convocando a la unidad, como se espera de todos los discursos en una toma de posesión de un presidente.

Así parece haber marcado la tónica de lo que será su segundo mandato: combativo. Antes ya había dicho que no negociará con los republicanos sobre el límite de deuda, debate parlamentario programado para el mes de marzo. Obama considera un chantaje que los republicanos le condicionen la extensión del techo de endeudamiento a recortes en el gasto público y a la reducción de los programas sociales. Y ha prometido mantenerse en sus trece. Pero será una dura batalla, de la que si los Tea Party se salen con la suya, el presidente quedará debilitado para llevar adelante el resto de su agenda.

Y se trata de una agenda bastante ambiciosa en lo social. El presidente ha decidido centrar su legado en la política interna de Estados Unidos. Obama, que conoce la historia de su país, sabe que los grandes presidentes norteamericanos han dejado su impronta en política exterior, pero son venerados por lo que hicieron fronteras adentro: es el caso de Franklin Delano Roosevelt y Ronald Reagan.

Así, en política exterior, Obama sabe que lo máximo a lo que puede aspirar en este momento es a dejar un legado de paz. Hacia ello conduce inequívocamente su segundo mandato, como lo atestiguan sus nombramientos de Chuck Hagel, al frente del Pentágono, y de John Kerry, en el Departamento de Estado. Lo mismo que su decisión de retirar las tropas de Afganistán para 2014. Así lo dijo también el lunes en su discurso: “Una década de guerra está llegando a su fin”. Y a eso se la juega, a sabiendas de que el de hoy es un mundo volátil, que en cualquier momento le puede estallar en la cara: con la amenaza de Irán, con el conflicto en Siria, con Medio Oriente en general en riesgo permanente de un conflicto a gran escala, con Europa empantanada en la crisis, con el ascenso de China, India y Brasil y un largo etcétera.

Ha preferido por ello ponerle todas sus fichas a un legado fuerte en política interna, donde hoy su poder puede ejercer un mayor control sobre los resultados. Pero se trata sin duda de una agenda muy ambiciosa. A juzgar por lo que adelantó el lunes, Obama parece buscar una suerte de New Deal en su segundo mandato: reforma migratoria, inversión en infraestructura, control de armas, mantenimiento de todos los programas sociales, combatimiento del cambio climático y derechos de los homosexuales.

En todas esas iniciativas, enfrentará una tenaz oposición en el Congreso. Pero con el reciente debilitamiento de los republicanos y su propia interna —que incluyó una asonada del Tea Party en la bancada republicana de la Cámara de Representantes durante las negociaciones por el abismo fiscal—, es probable que Obama pueda llevar varias de sus iniciativas a buen puerto.

Sin embargo, su legado no estará a salvo hasta tanto no logre resolver los problemas más acuciantes de Estados Unidos y para los que hasta ahora no ha ofrecido soluciones. No ha planteado las reformas estructurales que se necesitan para reactivar el crecimiento. No ha esbozado un plan concreto para combatir el desmedido déficit fiscal, ni para reducir la deuda de 16 billones de dólares que se pasea por el Departamento del Tesoro sin solución a la vista. Más allá de la intransigencia del Tea Party, es un hecho que Obama no ha dicho tampoco cómo va a reducir el gasto público. Lo que ha dicho hasta ahora es solo cómo lo va a mantener. Y por último, tampoco ha dado pistas de cómo va a paliar el desempleo, que se espera vuelva a crecer en el primer trimestre.

Obama tiene muchas batallas políticas por delante, pero la principal de su segundo mandato habrá de librarla con algo que le ha sido esquivo en estos cuatro años: la economía.

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