Las cosas siempre se terminan
Todo llega a su fin en algún momento, desde el gas de una garrafa hasta el amor o la vida; ese instante no suele depender de nosotros ni ser el menos propicio
El problema no radica en que las cosas se terminan. Sabemos, o deberíamos saber, que nada es para siempre y tarde o temprano todo caduca. Desde lo más útil del mundo hasta lo menos importante en algún momento culmina su ciclo y desaparece. Las cosas hermosas y las desagradables dan lo mismo a los efectos de dejar de ser.
Ese no es el problema, en tanto sabemos de antemano que sucederá, el verdadero problema es que no sabemos cuándo. Eso es lo que transforma el fin de algo en una desgracia, a veces en una tragedia.
Algunas cosas parece que estuvieran esperando el momento en que su fin será más notorio. Una de ellas es el gas. Por regla general, el contenido de una garrafa jamás se acaba cuando estamos calentando un simple café o agua para el mate. Nunca. La garrafa se termina cuando estamos cocinando algo que no se puede preparar de otra forma y que irremediablemente no quedará bien cocido si se espera hasta que llegue el repartidor con una nueva.
Eso si es que está en la cocina. En caso de ser utilizada en una estufa, esperará a la noche más fría del año y, si es feriado, mejor. Como si esto fuera poco, las garrafas cuentan con la complicidad de los distribuidores, que hacen paro en el preciso momento en que los necesitamos.
El papel higiénico es otro claro ejemplo y no es necesario que le detalle en qué momento es que se termina, pero puede estar seguro de que no es cuando usted pretende sonarse la nariz. Sin salir del cuarto de baño, podemos decir con absoluta propiedad que el agua caliente se termina cuando estamos enjabonados y el desodorante entre una axila y otra.
La lana se le va a terminar cuando esté a punto de terminar el buzo, y seguramente no encuentre una madeja igual en toda la ciudad. La tinta de la impresora se va a agotar cuando tenga que entregar un trabajo urgente. En ese caso es probable que también se acaben las hojas. Las pilas quedarán sin carga en medio del apagón, precisamente cuando esté en el lugar más oscuro.
Lo mismo sucede con la batería del celular. Nunca se acaba mientras revisa los videos virales que algún amigo ocioso le envió por Whatsapp. Espera al momento en que tengamos que hacer una llamada importante para mostrar una sola rayita en el visor, un segundo antes de apagar el aparato. Y en el hipotético y poco probable caso de que le alcance para llamar, indefectiblemente se quedará sin cómputos antes de que pueda decir lo que tiene para decir. No falla jamás.
La lista de cosas que se terminan en el momento menos oportuno es interminable, sencillamente porque nada acaba cuando debe.
Nadie se ha quedado jamás sin nafta a menos de un kilómetro de una estación de servicio.
La leña se va a acabar en la mitad del asado, el vino en la mitad de la fiesta y el último resto de yerba no va a alcanzar para llenar el mate.
Todo se termina cuando más se lo necesita. El sueldo es tal vez el ejemplo más claro. No importa cuánto cobre, pero seguramente se termine antes de que le paguen de nuevo. A veces mucho antes.
La cinta adhesiva, cuando aún no terminamos de envolver el regalo y puede estar seguro de que la masilla se va a acabar antes que termine de poner el vidrio. Puede usted pensar que esto último no es un verdadero problema, porque puede ir a comprar un nuevo paquete de masilla. Pero usará muy poca y seguramente se le seque cuando vuelva a necesitarla. De no ser así, tampoco le alcanzará para el siguiente vidrio y así sucesivamente.
La paciencia desaparece en el momento menos oportuno, tanto en uno como en los demás. La juventud acaba cuando uno empieza divertirse. Eso es un hecho.
El amor termina cuando más lo necesitamos. En este caso no es importante cuándo acabe, porque siempre será en el peor momento, sobre todo si el que desaparece es el del otro. Y cuando nos damos cuenta de que el amor terminó, generalmente es porque en realidad se había esfumado mucho antes. Y cuando encontremos otro amor, comenzaremos con cautela, sin involucrarnos demasiado, porque ya sabemos lo mal que se pasa cuando se termina. Y en cuanto bajamos la guardia y nos entregamos totalmente, precisamente ahí desaparecerá.
Desde que uno nace, pasan por su vida cientos de miles de cosas que se terminan en el peor momento. Hasta que un buen día, como quien no quiere la cosa, se termina la vida misma. Justo cuando uno estaba empezando a entenderla.